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Era una foto enmarcada en la que de inmediato encontró aquella mirada de la que se enamoró a mitad de carrera.

hace 4 horas
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

—Tú solo eres una ama de casa—le alcanzó a escuchar a su esposo en el rutinario caos del domingo en la mañana. El bebé en sus brazos exigía con llanto que soltara ya los trastos del desayuno, dejara de voltear arepas y lo alimentara a él. Sus hermanos, los mellizos que ya tenían cinco años, tenían las pilas llenas y recreaban la que parecía la escena más ruidosa de una película de superhéroes que habían visto la noche anterior.

La frase venía desde la sala donde él bebía, con pleno convencimiento de que le funcionaría, una botella de electrolitos para hidratar la cordura que perdió en el tercer tiempo del partido semanal con sus amigos. Habían ganado y debían celebrar, otro de tantos triunfos. Él era el “exitoso” de la familia.

Trabajo estable, horario de ocho horas, prestaciones y la tranquilidad de que en casa no faltaba nada. A fin de cuentas, lo que merecía por haber terminado su carrera, dedicarse a sus prácticas con empeño y ser enganchado en la empresa cuando las terminó. No hacía mucho de ello. Ella quedó embarazada faltando solo cinco semestres para terminar la carrera en la que se conocieron y optó por confiarle a él su destino mientras ella cuidaba el destino de sus hijos y al hogar que nacía con ellos.

Al escucharlo no dijo nada. No discutió, ni se enojó. Al fin y al cabo era cierto. Así que continuó con lo suyo. Amamantó al bebé, atendió a los niños, recogió la mesa y puso frente al sofá en el que él estaba acostado su desayuno. Uno bendito para el malestar con caldo y jarra de jugo con los hielos medianos que le gustaban. Un acto bondadoso comparado a esa reseca respuesta que recibió al contarle que la invitaron a la reunión anual de sus excompañeros graduados de la universidad, a la que quince días después faltaría.

Convencido de que a ella se le olvidaría y que él tenía la razón, un mes después al llegar a casa encontró un paquete en la entrada. Tenía la medida de una bandeja grande y estaba envuelto en papel café. Curioso y sin recibir la algarabía de los niños que estaban distraídos en el segundo piso, lo abrió. No había tarjeta así que asumió que era suyo.

Era una foto enmarcada en la que de inmediato encontró aquella mirada de la que se enamoró a mitad de carrera. Era ella años antes rodeada de todos sus compañeros de entonces, quienes tras la reunión anual la firmaron y llenaron con mensajes que confirmaban que aquel domingo su marido tenía razón.

Le escribieron que era una madre maravillosa, que criar y ver crecer a sus hijos era el mayor privilegio, que envidiaban el poder hacerlo, que admiraban el valiente sacrificio de construir una familia de la que nunca se tomaba vacaciones. Incluso, un cirujano ahora muy reconocido, le dijo que si su mujer hubiera tenido su coraje y entrega, tal vez su hogar se hubiera salvado.

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