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Escrituras

hace 6 horas
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Al morir su mamá, con los años, una a una las hermanas fueron formando sus propios hogares y el hermano menor también tomó su camino. Ella permaneció allí, junto a su papá, en la casa que fue un hogar. No es que hubiera tomado la decisión de hacerlo, es que la vida simplemente la fue dejando en ese lugar de recuerdos y nostalgias.

Los cumpleaños, las navidades, la sensación de estar en casa después de un largo viaje, la niñez, la adolescencia, la enfermedad y la muerte seguían conviviendo con las memorias retratadas que colgaban de las paredes. El segundo piso se había convertido en algo anecdótico después de años de no ser útil para un anciano que no podía subir las escalas y una mujer que adaptó los espacios para permanecer lo más cerca posible.

Los días se convirtieron en una rutina para esperar lo inevitable con el esfuerzo necesario que exige una despedida digna. Visitas al doctor, tutelas para las medicinas, tratamientos paliativos, pañales y pensamientos contradictorios de como es de cruel la muerte cuando no llega del todo. Afortunadamente estaba ella para él, aunque él, hacía rato que no estaba para ella.

En el tiempo en el que imaginó que todo sería distinto, él había comprado esa casa para su señora y los hijos que estarían por venir. Cuatro en total. Escéptico como era, nunca creyó en eso del pan bajo el brazo con el que llegarían y se propuso brindárselos él.

Trabajó como un burro y fue comprando otras pequeñas propiedades pensando en ese futuro en el que no le faltara nada a ninguna de su hijas ni a su muchacho. Que tuvieran donde meter la cabeza por lo menos cuando cada uno hiciera su vida y les llevaran a los nietos para malcriarlos.

Los planos de la casa resultaron perfectos frente a los planes de su vida. Las hijas que se marcharon compraron otros sueños con el dinero que les dejó la venta de lo que su padre trabajó para darles. La vida que querían no estaba ni a mil kilómetros de distancia. Los nietos nunca llegaron. Lo más cercano a uno, fue el hijo de la mujer mayor de la que se enamoró el muchacho de la familia. Era de un matrimonio anterior y parecía mas su hermano que su hijastro.

No escuchó consejos ni ruegos para que fuera consciente del pasado de esa mujer. La misma que lo llevó a vender la casa donde metió su cabeza al irse, para montar un negocio que fracasó y que los había dejado en la calle. Por eso ahora exigía el desalojo y venta de esa casa de dos pisos que no le pertenecía sino al olvido. Las hermanas coincidieron desde la distancia.
Hay futuros que se aseguran con escrituras. Otros no las necesitan.

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