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Los conservadores han hundido en el caos no solo a su colectividad sino al sistema democrático de la primera potencia del mundo mientras en el camino normalizan el irrespeto a la ley.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
El circo republicano del último mes, escenificado en el proceso de destitución del presidente de la Cámara de Representantes Kevin McCarthy y en las largas y frenéticas votaciones para reemplazarlo, dibujan el contorno de la realidad política estadounidense. Atrapados por los delirios de Donald Trump y el ala más radical de su partido, los conservadores han hundido en el caos no solo a su colectividad sino al sistema democrático de la primera potencia del mundo mientras en el camino normalizan el irrespeto a la ley, el desconocimiento a las normas constitucionales y la mentira como sustento de su poder.
McCarthy, un trumpista que el pasado enero había sido elegido después de un monumental lobby y 15 votaciones en el recinto, cometió el error de, una vez en el cargo, buscar consensos con los demócratas para aprobar el presupuesto y evitar el cierre del gobierno. Sus compañeros más radicales lo consideraron blando y organizaron su salida en pocas horas para poner en su lugar a una figura más extrema. Mike Johnson es el nuevo jefe, otro aliado de Donald Trump que incluso le siguió el juego al expresidente de intentar anular el triunfo de Joe Biden en las urnas en el 2020. El movimiento al interior de la Cámara, polémico y rastrero, dio frutos para los interesados, pero sumió al poder legislativo en tres semanas de desorden. Quedó claro que la extrema derecha tiene en Johnson a un representante que va a vender muy caro cualquier intento de acuerdo con su contraparte demócrata.
La radicalización republicana es el resultado de la captura del partido por el trumpismo más vehemente. El que fuera durante décadas un grupo político defensor de la institucionalidad se convirtió en un atacante frecuente de la constitución, agujereando la credibilidad de la democracia con mentiras evidentes y acusaciones estrambóticas y sin pruebas. Los dos hombres más importantes del partido hoy, Trump como candidato a la presidencia y Johnson como presidente de la Cámara, insisten en que al país lo gobierna un presidente ilegítimo, aún cuando todas las entidades encargadas de vigilar los comicios encontraron falsas las acusaciones. El grupúsculo republicano que no cree en esas falacias, que reconoce que los demócratas ganaron sin atenuantes, tiembla de pánico ante la patota mayoritaria y temen que sus puestos corran riesgo si se les ocurre llevar la contraria. Abundan los ejemplos que confirman su pánico.
A un año de las elecciones presidenciales el caos es la nueva normalidad estadounidense. Los conservadores han puesto a un personaje intransigente al mando legislativo que buscará réditos electorales en su terquedad. Será frecuente, en los meses por venir, escuchar sobre leyes rechazadas y peleas entre la Casa Blanca y el Capitolio en las que la imposibilidad de entendimiento llevará a sucesivas parálisis. Es un truco tan viejo como sencillo. Hacerle imposible el camino al presidente es la mejor forma de insistir que su gobierno ha sido un desastre.