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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

La educación en su laberinto

El mercado laboral ya empezó a cambiar los títulos profesionales tradicionales por competencias técnicas específicas.

hace 4 horas
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  • La educación en su laberinto

Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

Durante décadas, la educación se resistió al cambio. En el fondo y en la forma, el sistema seguía amarrado a las dinámicas tradicionales: la presencialidad obligatoria, la clase magistral y la memorización como único método para certificar conocimiento. La academia vivía en una inercia cómoda que ninguna reforma interna lograba sacudir. Su mayor innovación por años fue cambiar la tiza de cal por el marcador. Al final, lo único que rompió esa resistencia fueron dos eventos que llegaron desde afuera del sistema: la pandemia y la Inteligencia Artificial.

La pandemia provocó que en menos de quince días, de forma textual, las universidades tuvieran que forzar una transformación digital. Las directivas acondicionaron rápidamente aulas, los profesores aprendieron a usar plataformas virtuales y los estudiantes se acostumbraron a conectarse desde sus pantallas. Muchas de esas herramientas quedaron institucionalizadas terminada la emergencia, pero la verdad es que todavía no se manejan con maestría. La educación híbrida, más que un modelo estandarizado, se convirtió en un caleidoscopio en el que cada cual ve cosas diferentes.

Por su lado, irrumpió la IA, no como una herramienta más, sino como un báculo del cerebro humano, transformando radicalmente nuestra relación con el conocimiento. De pronto, la vieja exigencia de almacenar datos en la memoria perdió sentido; ¿para qué desgastar la mente si una máquina puede recuperar y procesar información a una velocidad infinitamente mayor? Tareas como escribir, analizar, resumir, graficar, predecir y evaluar, históricamente consideradas el núcleo del desarrollo académico y el estándar del estudiante brillante; pasaron a resolverse en segundos. Esta automatización del esfuerzo mental puso en jaque a los modelos pedagógicos, obligando a una academia aturdida a preguntarse sobre cuál es la verdadera función de la educación y cómo se debe impartir.

Este cambio en la forma y el fondo ubicó a la educación en medio de dos fuerzas que jalan cada una para su lado. En un extremo los estudiantes, quienes advierten que sí quieren estudiar, pero ya no están dispuestos a pasar cinco años en un aula; quieren flexibilidad, decidir sus propios horarios y elegir qué materias les sirven y cuáles no. Por el otro lado presiona la industria, que busca personal capacitado en habilidades puntuales que generen productividad inmediata. De hecho, el mercado laboral ya empezó a cambiar los títulos profesionales tradicionales por competencias técnicas específicas. Atrapada en este tironeo, la educación tradicional ve como sus estructuras pierden vigencia ante un mundo que exige inmediatez y soluciones prácticas.

La solución real para salir del laberinto en el que está la educación no radica en la rapidez con la que se ejecuten acciones tácticas o improvisadas, sino en la calma para diseñar una verdadera estrategia. Este giro no solo debe apuntar a resolver la crisis financiera que hoy afrontan la mayoría de las universidades públicas y privadas, sino a construir una nueva forma y un nuevo fondo institucional. Solo desde esa reflexión profunda será posible que la academia responda, en el mejor de los casos, al propósito fundamental para el que fue concebida: formar seres humanos de manera integral.

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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

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