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La batalla cultural

El discurso progresista, tan calculador, tan medido al milímetro del amaño, no dejó bienestar.

hace 1 hora
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  • La batalla cultural

Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com

Piense en esto. Probablemente a usted le gustaría que los territorios de Colombia sean espacios seguros, donde se pueda desarrollar todo el potencial que tienen. También, que el gobierno no sea un despilfarrador profesional y que sea responsable con los recursos que son de todos, precisamente porque son públicos.

Esa debería ser una regla social: espacios seguros y recursos públicos bien cuidados. A eso no hay que pensarle mucho, porque, al final, se trata de algo que no es difícil de comprender: el sentido común. Ah, pero bienvenidos a una realidad agobiante en la tierra del Divino Niño. Si usted quiere territorios con seguridad, pues es porque es un fascista y guerrerista. Si quiere que el gasto público sea sensato y responsable, es porque favorece a los ricos. Si usted piensa así es porque en su corazón habita la extrema derecha.

Eso nos deja la posverdad del progresismo: narrativas amañadas a su propia verdad que enrarecieron el ambiente. Si quiere confirmarlo, hágale una prueba ácida a la cuenta de x.com del mismísimo Gustavo Petro. Lo que ahí habita es herramienta para aferrarse al poder populista, donde la evidencia y los argumentos se sacrifican para esconder la verdad del bien común e imponer la propia, la de la mirada de ombligo, la que crea sociedades dogmáticas. Y aquí conviene detenerse en el término Batalla Cultural, porque de tanto repetirlo lo volvieron insulto. La batalla cultural dice que el poder no se sostiene solo con leyes, presupuesto y policía, sino con sentido común. Lo paradójico es que el término no nació en la derecha: lo acuñó Antonio Gramsci, comunista italiano al que el fascismo metió a la cárcel. Es interesante mirar con buenos ojos la batalla cultural que dará el gobierno de Abelardo de la Espriella y lo que significan los nombramientos de Paola Holguín como ministra de Cultura y del profesor Enrique Serrano como asesor de la Presidencia.

Nada tiene de malo corregir el caminado de las narrativas culturales e incluso podríamos darnos la concesión de pensar en ese camino sin la truculencia del cálculo político e ideológico. El nombramiento de Paola Holguín, más allá del juego político, termina siendo un mensaje claro: la cultura no es asunto exclusivo de intelectuales ni de personas arraigadas en saberes ancestrales. La cultura puede ser un asunto práctico: espacios, programación, obra concreta, cosas que se ven y que dejan algo donde el país lo necesita. En cuanto a Enrique Serrano, se ve que hay una apuesta de fundamentos para recuperar la capacidad, como dijo el propio gobierno electo, de “razonar y hacer razonables los debates que nos unen como colombianos”.

Nada tiene de malo que en este país se pueda hablar de otra forma y que lo narrado trascienda a un gobierno y a un presidente y constituya una base de valores para ese colectivo llamado Colombia. El discurso progresista, tan calculador, no dejó bienestar. Dejó dolores y rabias sembradas, gente peleada y una realidad desconfigurada y alejada del sentido común. Poco importó si el país progresaba, mientras la narrativa rindiera. Lo que necesitamos, así le duela a la oposición, es lo contrario: despertar a Colombia desde el sentido común.

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