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Por Juan Manuel del Corral - opinion@elcolombiano.com.co
En cada elección en Colombia hay una pregunta que siempre aparece, ¿por qué tantos ciudadanos deciden no votar? La respuesta fácil es afirmar que por apatía o desinterés. La realidad es más profunda. Detrás hay millones de colombianos que no se sienten parte del país. No porque no les importe, sino porque el país nunca ha contado con ellos.
Es una población que ha vivido al margen de oportunidades. Familias que luchan cada día por conseguir lo básico, jóvenes sin acceso a educación ni a empleo, campesinos olvidados y desprovistos de todo. Para muchos, la vida no se mide en debates políticos, sino en algo urgente, conseguir su sustento del día. Hay muchos colombianos que no tienen garantizadas sus tres comidas. Son aquellos que salen cada mañana a “rebuscar” el diario y regresan en la noche sin certeza del que vendrá mañana. En esas condiciones, la política se siente lejana. El Estado no existe para ellos y por supuesto, la democracia les es ajena.
La Colombia de la que hablamos e imaginamos es una y la que viven millones de ciudadanos es otra. Existen varias, la formal, la de las instituciones y la legalidad, la de la informalidad, que crece y sostiene a millones de familias, la de economías ilegales que capturan territorios y oportunidades y la de los invisibles. Esos que van y vienen, subsisten como pueden, jóvenes que pasan días en parques de pueblos y ciudades, conectados a redes, pero desconectados de oportunidades, sin estudio y empleo, esperando que alguien les ofrezca un camino, cualquiera que sea.
No es que no les importe el país. Es porque el país no tiene nada para ellos. Esa realidad no puede ignorarse. Tampoco puede aceptarse como normal. El desafío no es solo pedirles que participen. Es preguntarnos qué hacemos como sociedad para integrarlos como parte esencial de un país con oportunidades y retos. La abstención no es solo un problema ciudadano. Es un llamado de atención a quienes aspiran a gobernar. Si millones de colombianos no votan, es porque no han encontrado en la política respuesta a sus necesidades.
Hoy, los liderazgos del país tienen responsabilidad de hablarles con claridad, en su lenguaje, entendiendo su realidad. No con promesas abstractas, sino con propuestas concretas de empleo, acceso digno a la salud, a la educación de calidad que les abra caminos, condiciones básicas de vivienda y seguridad.
Para muchos colombianos la vulnerabilidad no es teoría. Y si no se sienten protegidos, incluidos y respetados, difícilmente se sentirán motivados a participar en elecciones. La participación no puede construirse sobre la presión, el miedo o la compra de votos. Cuando el voto se negocia, se pierde la dignidad y se debilita más la democracia.
Recuperar la participación implica recuperar el valor del voto libre. El país que soñamos necesita cerrar brechas, generar oportunidades y reconstruir la confianza; que más ciudadanos se reconozcan parte de la solución, no solo beneficiarios, sino como protagonistas. Cuando millones de personas sienten que no cuentan, el país seguirá fragmentado, pero cuando comienzan a sentirse parte, el país cambia. Y en una democracia, ese cambio empieza por la participación.