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La IA no va a parar, el freno
lo pone usted

Somos nosotros los que decidimos cada vez que creemos, dudamos o rechazamos lo que aparece en una pantalla por cuenta de la IA.

hace 1 hora
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  • La IA no va a parar, el freno lo pone usted
  • La IA no va a parar, el freno lo pone usted

Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com

Hace poco más de un mes, en Pekín, más de dos mil robots compitieron en los Juegos Mundiales de Robots Humanoides. La verdad, casi todo terminó en memes: uno perdió una pierna en carrera, otro chocó contra una colchoneta y se incendió, y otros, tirados en el piso, seguían corriendo en el aire. ¿Y qué me dice de los robots boxeadores?

Daba risa verlos imitar torpemente algo que dominamos desde Olimpia. Pero, al final, algo llamó la atención: un robot corrió cien metros en 9,39 segundos y superó el récord de Usain Bolt de 9,58. Si aún torpes ya nos superan, ¿qué pasará cuando los perfeccionen y la IA les dé autonomía?

La angustia creció a comienzos de septiembre, cuando Jacob Coxon, un ex investigador de OpenAI y Anthropic, lanzó en X un mensaje bomba: quienes desarrollan la IA creen que esta podría acabar con la humanidad al terminar esta década y acusó a ambas empresas de anteponer la competencia a la responsabilidad.

A los dueños del balón se les prendieron las alarmas. Dario Amodei, jefe de Anthropic, pidió frenar la carrera. Sam Altman, de OpenAI, coincidió y Elon Musk escribió en X: “Dario tiene razón”. Donald Trump les pateó la lonchera: dijo que la IA solo necesita un presidente “fuerte e inteligente” y Jensen Huang, de Nvidia, remató diciendo “ese miedo carece de base científica”.

Cada uno, claro, cuida su carrera. La cosa es que frenar no va con la ambición humana. En 1962, Kennedy dijo que irían a la Luna no porque fuera fácil, sino difícil. Siete años después, Neil Armstrong la pisó. Para muchos, el cielo es el límite de la IA. Puede ser... pero el cielo es una distancia, no un límite ético. Ese quizá lo marque algo tan sencillo y escaso como el sentido común, ahora que la IA dejó de ser cosa de laboratorio.

El New York Times contó el caso de un campesino de 67 años en Anhui, China, que siguió el plan de fumigación de una IA y perdió diez hectáreas de ajonjolí: cerca de 22.000 dólares. En Hangzhou, Vivian Lyu dejaba a Doubao, el asistente de ByteDance, entreteniendo a su hija de cinco años mientras hacía oficio. La niña terminó viéndolo casi como a una mamá. Así de metida está la IA en la vida cotidiana. El freno a la IA no está solo en Silicon Valley o en Washington. Está en nosotros, en lo que le pedimos, lo que le creemos, lo que le entregamos. El campesino de Anhui no perdió su cosecha porque la IA fuera malvada, sino porque confió en ella. Eso pasa cuando dejamos de preguntar, contrastar y dudar.

Nada de esto es nuevo. Irene Vallejo cuenta en El infinito en un junco que Sócrates desconfiaba de la escritura porque temía que nos volviera olvidadizos. Es humano sentir que algo nuevo puede acabar con nosotros. Sin embargo, eso que tanto le preocupaba a Sócrates -la escritura- terminó preservando la memoria de la humanidad.

Al final, somos nosotros los que decidimos cada vez que creemos, dudamos o rechazamos lo que aparece en una pantalla por cuenta de la IA, porque si el freno lo dejamos en los que compiten por ganar la carrera, terminaremos “despopirrados”, como el robot que perdió la pierna en plena competencia: en el piso y corriendo en el aire.

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