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Un café con la verdad incómoda

hace 8 horas
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  • Un café con la verdad incómoda

Por Juan Carlos Manrique - opinion@elcolombiano.com.co

¿Cómo me imagino un café entre Mark Carney (1965) primer ministro de Canadá, Roger Scruton (1944-2020) filósofo británico y Václav Havel (1936-2011) político checo?

Scruton y Havel felicitaron a Carney por su discurso de esta semana en Davos.

—Gracias —dijo Carney—. Les propongo comenzar con la hipótesis central del discurso: no estamos viviendo una transición del orden mundial, sino una ruptura.

Scruton asintió con calma.

—Eso es una oportunidad. Ahora más que nunca necesitamos menos idealismo. El idealismo es la más peligrosa de las arrogancias morales y la forma más sofisticada de coerción.

Havel levantó la taza sin beber.

—La coerción no empieza en las normas. Empieza cuando aceptamos vivir dentro de la mentira. Cuando repetimos rituales que ya nadie cree, pero que todos obedecen.

Carney sonrió con ironía.

—En Davos dije que el multilateralismo se volvió una liturgia. Se repite porque tranquiliza, no porque funcione.

—Las liturgias —respondió Scruton— sustituyen al juicio. Y cuando el juicio se apaga, el poder avanza en el vacío.

Havel miró por la ventana.

—En los sistemas que conocí, comprobé que la vida en la mentira puede constituir el sistema; la vida en la verdad lo amenaza. El verdadero problema no es que la gente no sepa, sino que sabe y aun así actúa como si no supiera.

—Pues ya es hora de aceptar —intervino Carney— que la economía se ha convertido en un arma brutal. Para las grandes potencias, la integración económica es coerción. Pero hay que ser realistas. Si no estás en la mesa, estás en el menú. Sin embargo, la docilidad no garantiza la seguridad.

Scruton alzó las cejas.

—Describir la realidad es hoy un acto conservador, aunque suene subversivo. Aceptar límites y defender instituciones no es pesimismo; es una forma de esperanza responsable.

—El problema —replicó Havel— es que se confunde esperanza con ilusión. La esperanza no es creer que todo saldrá bien. Es saber que algo tiene sentido, salga como salga. Y ese sentido exige verdad y valores.

Carney cerró su libreta.

—Por eso hablo de realismo con valores. No renuncio a los principios. Renuncio a la fantasía de que se sostienen solos.

—Ahí coincidimos —dijo Scruton—. El idealismo cree que el fin noble excusa el medio. Que el desacuerdo es herejía. Así, la libertad ya ha perdido.

—Y cuando la libertad pierde —añadió Havel—, no siempre lo nota. Primero se acostumbra. Luego agradece la comodidad. Después llama “normal” a la mentira.

Hubo silencio.

—Entonces —preguntó Carney—, ¿qué hacemos cuando seguimos obedeciendo reglas que ya no nos protegen?

Havel terminó su café.

—Usted ya lo dijo. La nostalgia no es una estrategia. La autonomía compartida sí. Las coaliciones variables también. Y la responsabilidad comienza donde termina la excusa. No más excusas.

Scruton tomó aire.

—No más excusas y no más falsos entusiasmos. La civilización depende más de la autocontención que del entusiasmo.

Carney miró la taza vacía.

—Yo invito.

No resolvieron el mundo. Pero acordaron algo poco común: que la política decente empieza cuando se dice la verdad incómoda y que la actual ruptura exige algo más que adaptación.

En tiempos de consignas, ese café fue un acto menor. Y precisamente por eso, necesario.

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