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Las economías que no crecen son aplastadas

Por más que queramos ignorar las pulsiones competitivas de la naturaleza humana, estas no desaparecerán, ni tampoco los intereses depredadores que de ellas se derivan.

hace 2 horas
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  • Las economías que no crecen son aplastadas

Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu

A diferencia de la mayoría de los economistas, yo no considero del todo descabelladas las ideas del decrecimiento. La crítica que formulan—que la obsesión moderna con el crecimiento económico ha causado daños profundos al medio ambiente, ha erosionado formas de vida tradicionales y ha reducido la diversidad cultural del mundo—es, en muchos sentidos, correcta. Más aún, estoy convencido de que el crecimiento económico casi siempre trae costos; costos que, además, se distribuyen de manera desigual. Por eso se me dificulta hablar del crecimiento como algo puramente positivo y no como un proceso cargado de dilemas morales.

Sin embargo, también estoy convencido de que el decrecimiento es una pésima recomendación de política pública. No solo para los países pobres—donde los ingresos per cápita son tan bajos que resulta difícil imaginar condiciones de vida dignas bajo un estancamiento deliberado—, sino también para las economías ricas. Las razones son múltiples, pero hoy quiero concentrarme en una de la que se habla poco: la supervivencia militar.

La relativa ausencia de conflictos armados entre países tras el fin de la Guerra Fría ha llevado a muchos a olvidar que las sociedades pobres son fácilmente conquistadas por las ricas. Y no hablaré de ejemplos obvios, como la expansión imperial británica sobre comunidades de cazadores-recolectores en África subsahariana—quienes debieron combatir con lanzas a ejércitos armados con ametralladoras modernas.

Quiero proponerles, más bien, que piensen en sociedades de gran escala que, durante períodos prolongados de estancamiento económico, fueron conquistadas por contrapartes en etapas tecnológicas similares. La caída del Imperio romano de Occidente a manos de las tribus germánicas, por ejemplo, fue precedida por el deterioro sostenido de su actividad económica. Algo similar ocurrió con la China Qing que, tras optar por el repliegue económico frente a Europa, terminó subordinada política y militarmente a ella.

Hoy, cuando la hegemonía de Estados Unidos se agota y los incentivos para atacar a otras naciones reaparecen, esta lógica vuelve a hacerse visible. Europa Occidental ofrece un ejemplo particularmente revelador. A pesar de mantener ingresos per cápita varias veces superiores al promedio mundial, sus economías llevan al menos una generación creciendo por debajo de ese promedio, una dinámica que se refleja en la pérdida de influencia internacional y en una creciente preocupación por posibles amenazas militares externas.

Y es que, frente a una amenaza militar, la riqueza natural, la diversidad cultural o el virtuosismo moral aportan poco. La guerra es, en última instancia, una competencia de recursos materiales, en la que, además, lo decisivo es la escala y no los promedios. No importa el PIB per cápita, ni el ingreso por hora trabajada—donde Europa no está tan lejos de Estados Unidos, por cierto—, sino el tamaño absoluto de la economía, que determina cuántos portaaviones, misiles, tanques o baterías antiaéreas una sociedad puede producir y sostener. En ese terreno, el PIB total—y, por tanto, el crecimiento sostenido—es crucial.

La guerra es, además, un terreno prioritario, porque cuando una sociedad pierde una guerra, sus habitantes no son celebrados por la armonía interna o los altos estándares de vida que alguna vez disfrutaron. Son sometidos, expropiados y humillados, cuando no exterminados.

Así, el caso europeo, que durante años parecía el contexto con mayor potencial para validar la bondad del decrecimiento, adquiere hoy un cariz distinto. Su desaceleración económica, interpretada por muchos como una elección civilizatoria, donde el ocio, la solidaridad y la armonía ambiental finalmente dominaban los impulsos productivistas del capitalismo, solo será sostenible si puede defenderse de amenazas militares externas. Lamentablemente, aquello exigirá, una vez más, sucumbir a aquellos odiados impulsos productivistas.

Más ampliamente, es inevitable concluir que las sociedades ricas, si quieren preservar su estilo de vida, no pueden dejar de crecer. No porque una mayor producción haga más felices a sus habitantes, ni porque el crecimiento sea moralmente superior o esté exento de costos, sino porque el mundo sigue siendo un lugar peligroso. Por más que queramos ignorar las pulsiones competitivas de la naturaleza humana, estas no desaparecerán, ni tampoco los intereses depredadores que de ellas se derivan. Una sociedad que no se prepare para enfrentarlos, simplemente será devorada por ellos.

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