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En una sociedad que necesita cohesión y encuentro, la apuesta no debe ser por la división de los procesos educativos en esfuerzos aislados.
Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com
No sin cierta inquietud, constato en algunas familias la reticencia, la desconfianza y el distanciamiento de aquella institución que se encargó durante siglos de nuestra educación formal: la escuela. Este distanciamiento busca sustituir la escuela por la casa y a los maestros por los padres. Las versiones aisladas que se escuchan aquí y allá se convierten en un gran conjunto, que se alinean a su vez con una tendencia de orden mundial de un fenómeno que no para de crecer: hay millones de familias que, recelosas de la escuela, ya no envían a sus hijos a las instituciones escolares. Han resuelto la educación de sus hijos, convirtiendo la sala de su casa en el aula de una clase.
Homeschooling, como es conocida esta modalidad de educación, hace referencia, en los términos de la UNESCO, a aquella educación para niños en edad escolar obligatoria, dirigida por los padres o por quienes tengan la potestad sobre ellos. Esta educación se desarrolla la mayor parte del tiempo en casa y reemplaza la formación presencial en la escuela, por una formación regular en el hogar. Creer que esta forma de educación comprende un intrascendente cambio de lugar es dimensionar imprecisamente la importancia de la escuela, de los maestros y de los compañeros de clase.
La decisión de reemplazar la educación en la escuela por la educación en casa no puede efectuarse sin ciertas renuncias y ciertos sacrificios. Quiero concentrarme en uno: educarse en casa es privar a las generaciones más jóvenes de ese lugar común que debe compartirse con otros compañeros, diferentes a los hermanos, y que está a cargo de otros adultos, diferentes a los padres. Estructurada según sus propias reglas y según sus propios esquemas, la escuela es una oportunidad para que los niños asimilen que hay un mundo más allá de los límites del propio hogar.
Philippe Meirieu, pedagogo francés, no pudo ser más claro: “La escuela tiene por misión enseñar al niño que la familia, eminentemente necesaria para su crecimiento, no es no puede ser su único universo de referencia”. Dewey, filósofo estadounidense, afirma que una de las tres funciones de la escuela es “tratar de que cada individuo logre una oportunidad para librarse de las limitaciones del grupo social en que ha nacido y para ponerse en contacto vivo con un ambiente más amplio”. La escuela, ese microcosmos social como la definió Durkheim, tiene la tarea de preparar a las generaciones más jóvenes para una vida social futura en su adultez. Constatado por cualquier adulto, la vida social supera con creces las lógicas de la casa, las costumbres del hogar y las reglas de la familia.
En una sociedad que necesita cohesión y encuentro, la apuesta no debe ser por la división de los procesos educativos en esfuerzos aislados, orientados bajo la hegemonía particular de cada familia. Ante comunidades que exigen del encuentro, no debemos decantarnos por la separación. Dada la segregación de una población que converge cada vez menos, el camino debe ser la promoción de lugares para encontrarnos. Como la escuela.