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Una persona puede dominar herramientas sofisticadas y no saber escuchar, deliberar, cuidar ni reconocer al otro. Esa distancia entre saber hacer y saber vivir preocupa.
Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co
No hay nada más inútil que esos cuadros colgados en la entrada de las organizaciones donde reposan la misión, la visión y los valores, atrapados en una pared que pocos leen y muchos menos viven. En las universidades ocurre algo parecido. Casi todas incluyen en su misión la conocida expresión “formación integral”. La pregunta es inevitable: ¿realmente estamos educando de manera integral o esa promesa terminó convertida en una frase elegante para presentar programas y vender matrículas?
Educar integralmente nunca significó llenar la cabeza de información, Víctor García Hoz insistía en que la educación debía desarrollar de manera armónica las distintas dimensiones de la persona, lo que suponía formar desde el conocimiento, pero también desde el humanismo, la sensibilidad, el cuerpo, la cultura, la ética y la capacidad de convivir. Una universidad no debería limitarse a preparar alguien para la industria; debería ayudarle también a comprender quién es, cómo habita el mundo y su responsabilidad frente a los demás.
En tiempos de transformaciones exponenciales, valdría la pena desempolvar una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, profunda: ¿educar para qué y para quién? Hoy las universidades están sometidas a dos presiones que pueden desdibujar su razón de ser. Por un lado, llegan estudiantes que quieren títulos rápidos, horarios flexibles, conexiones remotas y trayectorias a la medida. Quieren aprender, pero muchas veces desean escoger únicamente aquello que consideran útil de inmediato, dejando por fuera saberes que no parecen tener aplicación evidente.
Por otro lado, el mercado reclama profesionales capaces de producir desde el primer día. Las empresas piden especialización, competencias técnicas y resultados medibles. En esa lógica, la filosofía, la historia, la ética, el arte o el pensamiento crítico pueden parecer adornos prescindibles. El riesgo es latente: hacer de la universidad una fábrica de títulos y mano de obra, olvidando que su tarea debería seguir siendo formar seres humanos capaces de pensar, decidir y convivir.
Porque una persona puede dominar herramientas sofisticadas y, aun así, no saber escuchar, deliberar, cuidar ni reconocer al otro. Esa distancia entre saber hacer y saber vivir debería preocuparnos mucho más que cualquier déficit de competencias laborales.
Tal vez recordar el significado del trívium y el quadrivium, pilares de la educación medieval donde el trívium reunía la gramática, la retórica y la dialéctica: aprender a comprender, argumentar y comunicar y el quadrivium que integraba la aritmética, la geometría, la música y la astronomía: aprender a reconocer el orden, la proporción y las relaciones del mundo, lo cual más que una receta antigua, expresa una idea poderosa: educar es enseñar a pensar antes de enseñar a ejecutar.
Es hora de que las universidades recuperen esa amplitud, Colombia necesita buenos profesionales, por supuesto, pero, todavía más, mejores personas. Las grandes universidades del futuro no serán únicamente las que dominen la tecnología, respondan al mercado o formen para empleos emergentes. Serán aquellas capaces de mantener un balance adecuado entre ser y el hacer, siempre en ese orden.