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Por Federico Arango Toro - @fedearto

Urge una reforma electoral

De no corregir estas distorsiones, seguiremos confundiendo pluralismo con dispersión, y democracia con mercado electoral.

hace 58 minutos
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  • Urge una reforma electoral

Por Federico Arango Toro - @fedearto

Desde un plano filosófico, la democracia se define como el gobierno del pueblo. Pero poner en sus manos lo que este simple y loable enunciado implica, requiere complejos vehículos y mecanismos desde dos perspectivas. De un lado está la necesidad de contar con partidos políticos con contenido ideológico, propósitos y valores éticos y morales; del otro, tener reglas y mecanismos electorales con sólida institucionalidad y que sean funcionales, confiables y sencillos.

La jornada electoral del pasado domingo finalmente se desarrolló con destacable normalidad y con la Registraduría Nacional demostrando independencia, organización y capacidad logística acordes con el reto, y proveyendo información de resultados con notoria prontitud. Sin embargo, reconocer lo anterior tampoco puede llevarnos a dejar de considerar notorias deficiencias subyacentes al proceso.

La realidad de estas elecciones develó la existencia de graves problemas relacionados principalmente con la cantidad de partidos políticos y alianzas, y la proliferación de candidatos. La alarmante fragmentación del menú electoral puso a prueba tanto la paciencia de los votantes como las capacidades de la Registraduría. Considerando todas las circunscripciones electorales, Colombia acaba de enfrentarse al utópico berenjenal de que para elegir 286 curules en Senado y Cámara, existían 3.144 candidatos, repartidos en 524 listas que, por ser mayoritariamente abiertas, multiplican exponencialmente las opciones para escoger.

El origen de tal complejidad reside en la reglamentación electoral que posibilita listas abiertas, las cuales promueven individualidad en detrimento de consolidación ideológica y política de los partidos. Este mecanismo, que no es de nuestra exclusividad, propicia personalismos tóxicos entre candidatos, quienes por sobresalir en una jauría de miles, optan por ser innovadores diciendo lo que se les antoje, saliendo muchos con obviedades, tonterías o disparates, incluso, en contra de postulados de la colectividad avalista y, aún, de compañeros de lista.

Pero más grave que la bulla y contaminación que causan, está la degradación ética que esta práctica ha traído a la política en forma de corrupción electoral, la cual, aguas abajo, se ramifica adquiriendo variadas formas en el ejercicio parlamentario. Esta ocasión dejó a la vista serios indicios; entre ellos, el vergonzoso traspaso previo de candidatos entre partidos o movimientos, el alto número de aspirantes cuestionados e investigados, la cantidad de personas capturadas moviendo miles de millones para compra de votos, los resultados en la Costa Norte donde de 195 municipios, 122 tuvieron votaciones superiores al 60% del censo electoral, versus 49,6% del total nacional.

Al actuar como ruedas sueltas, se rompe el pacto democrático con el elector, pues la curul deja de ser una representación programática para convertirse en un “bien personal” del ganador de la curul. Si no recuperamos a los partidos como instituciones fundamentales, seguiremos atrapados por elegidos sin norte pero con intereses individuales. La democracia se fortalece garantizando que los favorecidos con las mayorías respondan a un ideal colectivo y no a su propia ambición en el mercado de votos.

De no corregir estas distorsiones, seguiremos confundiendo pluralismo con dispersión, y democracia con mercado electoral. Urge una reforma que adopte listas cerradas y aumente sustancialmente umbrales de entrada para reducir los “ego-partidos”.

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Por Federico Arango Toro - @fedearto

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