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¡Es el estómago, no soy yo!

26 de octubre de 2024
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  • ¡Es el estómago, no soy yo!
  • ¡Es el estómago, no soy yo!

Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com

Hipócrates, el padre de la medicina (460aC - 377aC), fue el primero en referirse a los efectos que las emociones generaban en el cuerpo. Afirmaba que “mientras la ira contrae el corazón los buenos sentimientos lo dilatan”, “cada sentimiento gobierna un órgano”, “si el alma se enciende el cuerpo se consume”, “la alegría siempre es buena”, entre otras.

El ensayo De Homine de Descartes publicado hacia 1662, aborda la psicología fisiológica, rama de la psicología que hoy en día estudia las bases neurobiológicas de procesos mentales específicos. En aquel entonces, se llegó a pensar que la mente y el cuerpo eran dos sustancias separadas que interactuaban. Faltaba llegar al siglo XX, para explorar los vínculos del cerebro y los fenómenos psicológicos, y a medida que la investigación científica y la tecnología tomaban terreno, la puerta que permitió encontrar la relación del cerebro, los pensamientos, las emociones, el comportamiento y el cuerpo, se abrió.

Aunque es tentador creer que, evitando nuestra responsabilidad, el cuerpo se enferma por sí solo o por causas externas, el descubrimiento de que es tan solo el vehículo que las enfermedades utilizan para expresarse, revela que tiene poco que ver con sus causas y, para bien o para mal, somos nosotros quienes lo conducimos.

Por una parte, el cuerpo no puede hacer casi nada en relación a las funciones vitales vegetativas del cerebro (regulación de la respiración, temperatura corporal, etc.). Por otra, el cuerpo es el reflejo de los juicios morales, miedos, límites, deseos y aspiraciones, fuerzas y debilidades, sugestiones y simulacros del psiquismo consciente e inconsciente, del lenguaje familiar, del entorno, en fin, del sistema de creencias que condiciona las emociones, los pensamientos, y el comportamiento. Todos, factores indisociables.

Desde la perspectiva freudiana, los síntomas de muchas enfermedades representan lo que hemos reprimido en el inconsciente, que va desde lo que más se teme a lo que más se anhela y, dándose voz, se libera a través del cuerpo. Dado que el malestar representa aquello que la persona no es capaz de llevar a la luz de la conciencia, la salud se recupera haciendo consciente lo inconsciente.

Hoy en día, el aporte de la teoría cognitivo-conductual a la psicología de la salud, se encamina a la modificación de los comportamientos que enferman, apoyándose en los principios del aprendizaje, y cambiando o fortaleciendo hábitos o habilidades personales y sociales.

Desde el punto de vista metafísico -más allá de lo físico- la enfermedad se presenta por sentir una culpabilidad duradera o inmerecida, por buscar atención o huir de situaciones conflictivas, por tener bloqueos mentales, emocionales o de ambos, por exceso de presión o haber llegado al límite de nuestras capacidades, o para cambiar creencias que no nos benefician.

Desde esta perspectiva, la enfermedad surge en el momento preciso para desplazar la necesidad de “tener” y darle lugar al predominio del “Ser”, vivir de adentro hacia afuera, responsabilizarnos de nuestras acciones, cuestionar nuestras creencias, amarnos a nosotros mismos y recuperar el equilibrio interior.

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