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Una cosa es aceptar conscientemente “lo bueno, lo malo, y lo feo” de nosotros mismos, y otra, crear prácticas encubridoras.
Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com
La manipulación es un mecanismo astuto y solapado de intervención, mediación o control, que desvía la atención para eludir la verdad y la justicia. Sirviendo a intereses particulares y, semejante al Photoshop, edita, retoca, maquilla, aumenta, disminuye y oculta la realidad en múltiples escenarios: informativos, políticos, transaccionales, religiosos, familiares y sociales.
Aportando una quebradiza sensación de seguridad, y pese a que el conflicto original continúa intacto, también se utiliza cuando aquello que despierta ansiedad o vergüenza se percibe tan duro, despiadado o comprometedor, que inconscientemente hay que ignorarlo, negarlo, trivializarlo, o modificarlo. Es decir, cuando manipulamos la propia consciencia.
Se trata del autoengaño, mecanismo de defensa psicológico de doble filo que, por un lado, protege contra el mundo interno y externo, tiene valores de supervivencia, por ejemplo, cuando afirmamos no tenerle miedo a nada, restaura el equilibrio emocional por algún tiempo, y adapta a algunas situaciones nuevas al evitar pensamientos y emociones que no ayudan, o no son beneficiosas en situaciones difíciles. Así mismo, influye en la creación artística, el humor y el altruismo.
En cambio, por el otro, distorsiona las señales que el cerebro le envía al psiquismo y al cuerpo a través de los órganos de los sentidos, interpretando a su conveniencia los hechos. Pues una cosa es aceptar conscientemente “lo bueno, lo malo, y lo feo” de nosotros mismos, y otra, crear prácticas encubridoras que, reduciendo la conciencia, enceguecen la mente, encubren las emociones, perjudican seriamente la toma de decisiones, y menoscaban las relaciones familiares, laborales y sociales.
Engañarse a uno mismo-a, ocurre cuando no vemos la propia incapacidad y la proyectamos en los demás, al atribuirnos los éxitos pero no los fracasos, cuando humillamos al otro para ocultar el problema real, cuando se hace una cosa y se piensa otra, al intelectualizar los problemas para evitar encarar la verdad que los desencadena, al redirigir los pensamientos y las emociones y desahogarse donde no corresponde, cuando se desmiente o niega algo, a alguien, o a los crímenes de lesa humanidad e, igualmente, cuando nos llenamos de fantasías y justificaciones para no afrontar una realidad difícil de digerir.
“Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, “ojos que no ven corazón que no siente”, son célebres refranes que señalan cómo es preferible negar lo que da miedo, vergüenza o angustia, en lugar de encararlos. Sin embargo, “ver con un solo ojo” o “hacerse el de la vista gorda” tarde o temprano derivará en insensibilidad, dependencias, bloqueos físicos (enfermedades), cognitivos, emocionales, espirituales, o todas las anteriores.
Sacar a la luz la verdad que se esconde bajo el manto de la mentira, puede perturbar la frágil estabilidad existente. Sin embargo, no hacerlo arruina la comunicación a nivel político y social, además de excavar zanjas profundas entre las personas que se quieren.
No encarar con la verdad los desafíos que trae la vida, es un mecanismo acobardado de evasión, un autoengaño altamente perjudicial que urge ser enfrentado y, a las urgencias, hay que atenderlas.