viernes
2 y 8
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Una sociedad no es violenta porque dispara armas, sino que dispara armas porque es violenta. Existe, pues, antes que el acto violento una actitud anímica que origina y nutre la violencia. Y esa actitud es la intransigencia, que no es otra cosa que la negación del otro, su no aceptación como individualidad, como persona con sus cualidades y sus defectos, con su inalienable derecho a ser él mismo.
Los violentos matan o persiguen porque condenan la manera de ser o de pensar de los demás. Rechazan y condenan los defectos y pecados de los demás y llegan a la conclusión de que para corregir y borrar del mapa esos pecados y esas formas de pensar diferentes no hay otro camino que suprimir a quienes los encarnan.
Por lo demás, los violentos también matan o persiguen porque envidian las cualidades o las fortunas de los otros y creen que la única forma de que no las tengan es borrando del mapa al dueño de esas cualidades y de esas fortunas. Todo parte de la intransigencia, de la no aceptación del otro.
Pero como la intransigencia es irracional, es decir, es imposible de ser sustentada sanamente, entonces los intransigentes se disfrazan de cruzados. Acaban creyendo que defienden causas justas y en nombre de ellas puede matar, perseguir. Así nació la Inquisición. Por eso existen las guerras religiosas y, en general, todas las guerras. Por eso hay persecuciones, xenofobia, violación de los derechos humanos, rebelión, represión y todos los jinetes del apocalipsis que hacen invivible este dulce reino de los hombres.
La intransigencia, antes de matar o perseguir, asesina el pluralismo. Y vuelve maniqueo a quien la enarbola. Los intransigentes disfrazan su propia verdad, sea que ésta sea la verdad mayoritariamente aceptada o sea que esos intransigentes se inventen una propia verdad (que es lo usual) y le den carácter de absoluta. Los demás son los malos, los equivocados, los peligrosos, los vitandos. Pero no basta con excomulgarlos. Hay que llevarlos a la hoguera. Son herejes.
Existe, por lo demás, una intransigencia de cuello blanco. La violencia, entonces, se camufla con actitudes aparentemente inofensivas y asépticas, que dan la sensación de no inquietar la conciencia. Se suprime al otro con guante de seda. Muchas veces la pugnacidad del intransigente aparece simplemente como una broma, como un juego inocente. Pero en el fondo es la misma violencia que niega la existencia del otro con una despiadada repugnancia por la alteridad, por la otredad.
El intransigente, es bueno tenerlo en cuenta, suele sentirse y proclamarse agredido. El otro, por el solo hecho de ser distinto, es un agresor. Entonces, porque el guante blanco no quiere mancharse, a ese otro se le separa, se le discrimina. Si es santo, porque es santo; si es pecador, porque es pecador; si blanco, por blanco, si negro por negro, si rico, por rico, si pobre, por pobre, etc., etc. Nacen así las segregaciones, los “apartheid”, los racismos, las xenofobias, los ghettos, las desapariciones, las crucifixiones. Es el reino de la intransigencia.
Para conjurar la tentación de odio y la discriminación, solo hay una verdad: no me puedo realizar como yo sino en la aceptación gozosa del otro. Decía el poeta español Antonio Machado: “El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas, /es ojo porque te ve.”