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Columnistas | PUBLICADO EL 08 diciembre 2022

El derecho al insomnio

Estos reglamentos tienen en común que cuelgan de la pared como el cuadro del Corazón de Jesús en sus épocas de vacas gordas, antes de pasar al cuarto del reblujo.

Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguez@outlook.com

Pobre Código de Policía: es un ladrillo solemne que pocos leen pero al que todo el mundo le da patadas por debajo del ombligo.

Es tan emocionante leerlo como los reglamentos de trabajo o de propiedad horizontal. Para ahorrar anestesia, a cualquier paciente le podrían leer un texto de estos. Y que venga el cirujano con su bisturí.

Estos reglamentos tienen en común que cuelgan de la pared como el cuadro del Corazón de Jesús en sus épocas de vacas gordas, antes de pasar al cuarto del reblujo.

No sé por qué razón, pero los documentos mencionados me recuerdan los himnos de los países que cumplen la obra de misericordia de hacer berrear a quienes lo cantan. Lo vemos en el mundial de fútbol.

Hablando de himnos, ¿cómo puede uno seguir siendo el mismo después de cantar versos como: “La Virgen sus cabellos arranca en agonía...”? Pero las estrofas del Himno Nacional llegaron para quedarse en el disco duro.

Contra ellas no se atreve el señor Alzheimer que tampoco hace nada por borrar el famoso “faltan cinco pa las doce el año va a terminar...”. O las tutainas, tuturumainas y demás clásicos del género como “pastorcitos del monte venid, pastorcitos del valle llegad...”.

Llegué a las anteriores conclusiones documentándome para protestar contra el ruido que sale de un coliseo que se levanta cerca de donde escribo estas líneas.

La tripa de investigador se me abrió la noche que sonó el timbre del apartamento. Nacho, mi chihuahua, y yo, siguiendo el protocolo, miramos primero a través de la cerradura con ojos de voyeristas jubilados para indagar de quién se trataba.

No era la policía; tampoco un acreedor ni un testigo de Jehová interesado en salvar nuestras almas, versículo en mano. Era una perpleja señora que nos invitaba a participar en una reunión de vecinos jartos del ruido que desde hace varios años nos estropea el derecho al sueño y al insomnio.

El bullicio se origina en el coliseo dizque con silenciador que montaron al lado del picadero del Club El Rodeo. Callaron durante la pandemia pero ya volvieron: menudo diciembre nos espera.

No sé cómo llegó a mi pequeña biblioteca el Nuevo Código de Policía y Convivencia. Lo pillé agazapado al lado del Almanaque Brístol, de una delicia de libro llamado Diccionario Jilosófico del Paisa, de Luis Lalinde Botero, y de un diccionario de química que nunca consulto.

Hurgando en el Código llegué a la tierra prometida del artículo 33 que regula “comportamientos que afectan la tranquilidad y relaciones respetuosas de las personas y por lo tanto no deben efectuarse”.

Ese artículo 33 será mi aporte a la reunión de propietarios e inquilinos. Como sé que invocar ese artículo es como quejarse ante una lápida del cementerio vecino al Club, asistiré por el sánduche con doble jamón que regalan...

Óscar Domínguez Giraldo

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