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La selección de cartas de este volumen ofrece la primera mirada sostenida a su vida interior, desde los últimos años de su adolescencia hasta su novena década.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Cuando un autor me gusta mucho, casi siempre busco sus diarios y correspondencias, es una forma de leer y comprender momentos esenciales y sencillos de esas vidas que sin el ánimo de ser memorables ayudaron a construir relatos valiosos. Eso me ha pasado con tantos que no tiene sentido enumerar en esta corta columna; mi biblioteca, gran parte, está dedicado a esa escritura personal que, cuando está escrita con sinceridad y emoción muchas veces puede superar la obra más grande de un autor. Por eso me alegré cuando recientemente pude leer “Recuerdo. Correspondencia seleccionada de Ray Bradbury”.
Cuenta Jonathan R. Eller, quien estuvo a cargo de esta selección, que Bradbury a menudo se lamentaba de haber llevado nunca un diario: con la salvedad de las brevísimas y muy ocasionales anotaciones que hizo en hojas sueltas al acabar su bachillerato, y de las esporádicas observaciones que dejaba en las páginas minúsculas de un calendario de mesa o en las cubiertas de los archivos de trabajo, jamás tuvo tiempo de documentar lo que estaba pasando en su vida. “Ay, Dios, ¿sabes lo que me fastidia? No haber llevado nunca un diario -le dijo a Eller-. Han pasado un montón de años, miles de días en los que he tenido mucha suerte, he conocido a muchísimas personas, pero no tengo registro de ello. Y me parece terrible no haber dedicado dos minutos todas las noches a anotar que había conocido a esas personas”.
Ahora, puede que Bradbury no haya escrito nunca un diario, pero sin duda las cartas son “primas hermanas de un diario, con la ventaja añadida de revelar las reacciones de otros a sus palabras y sus ideas”, agrega Eller, quien dividió este arduo trabajo por categorías con el fin de que los lectores captemos destellos de su larga vida iluminada por intervalos de sol en lo que en su mayoría fuera oscuridad. La selección de cartas de este volumen ofrece la primera mirada sostenida a su vida interior, desde los últimos años de su adolescencia hasta su novena década.
En este libro hay muchos momentos especiales, porque por su vida pasaron figuras culturales, autores, directores de cine, editores, gente que solo quería una voz de aliento, pero a mí me conmovieron, particularmente, las que compartió con jóvenes que tenían el deseo de ser escritores y a quienes él les dijo de múltiples formas: “trabaja, nunca te rindas, sé fiel a ti mismo, escribe mil palabras diarias...” Hay otras que me parecen hermosas, las que él se escribe a sí mismo, por algo el título de este libro, que lo entenderán mejor cuando lo lean, un mensaje para el futuro, para él mismo, Bradbury, sin duda, fue una mente reflexiva, alguien que, como le escribió a Stephen King, la magia, los magos, Lon Chaney y las bibliotecas llenaron su vida. Estas cartas dan ganas de seguir celebrando a quien no solo escribió ciencia ficción, sino que fue todo un artista, como le escribió Graham Greene en 1984.