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Columnistas | PUBLICADO EL 24 junio 2022

Debemos vencer el miedo

Por Henry Medina Uribe - medina.henry@gmail.com

Sucedió lo que debía suceder. Oí de mi padre decir hace muchos años algo como: en política no existen hombres extraordinarios, sino personas normales que aprovechan circunstancias extraordinarias. Hoy tenemos como presidente electo una persona nada extraordinaria, pero que tuvo la capacidad de leer el país y entender el querer mayoritario de una Nación, en circunstancias que exigen inmenso cuidado.

Se acabó la campaña y pronto llega la hora de la verdad. Será el paso de las promesas a los hechos, a las ejecutorias y a las realidades que no perdonan. Ojalá sea el momento de superar un pasado gris y la pugnacidad propia de una campaña política y mirar no por el espejo retrovisor que nos muestra años de violencia y destrucción del alma nacional, sino por el panorámico de la esperanza y la reconciliación. Hagámoslo posible, no porque sea una promesa política, sino porque resulta una necesidad social imperativa y de construcción colectiva, indispensable para caminar hacia la vigencia plena del contrato social estipulado en la Constitución Política de 1991.

Posiblemente el perfil psicológico de Gustavo Petro no sea el mejor, pero es la persona que la mayoría de los votantes eligió. Se le reconoce como resentido social, exguerrillero, orgulloso, terco, autoritario y populista; pero también como economista con olfato y experiencia política, persistente, estudioso de la realidad nacional y comprometido con causas sociales.

¿Y cuáles son las circunstancias extraordinarias que supo interpretar? Una sociedad cansada de ser gobernada con base en miedos, hastiada con lo tradicional, con la inequidad, la marginalidad, la violencia, el racismo y la corrupción. Un país con partidos políticos desgastados y en crisis, acostumbrados a gobernar desde el centro y para el centro, indiferentes a la periferia. Una región latinoamericana con una geopolítica en transición. Una modernidad con redes sociales que han posibilitado entender que tenemos capacidades, recursos y méritos para ser más que lo logrado. El riesgo que ahora nace es la decepción de la mentira o el fracaso.

Aunque los riesgos siempre existen, también existen caminos para ser minimizados. En este caso, es necesario darles preminencia a las ideas sobre las personas y comprender que una sociedad empoderada, solidaria y participativa es más poderosa que sus gobernantes, cuando se adoptan patrones de conducta social que obedezcan a guías estratégicas de alto valor conceptual.

En lugar de atizar el fuego de la incomprensión, deberíamos acordar avenidas de entendimiento en piezas iluminantes como el Acuerdo de Paz, los objetivos de desarrollo sostenible y las encíclicas Fratelli Tutti y Laudato Si del papa Francisco.

Vibremos en energías positivas altas. No podemos claudicar, ni perder la vocación de trabajo honesto y solidario. Los esfuerzos por crear pánico en los empresarios, asustar la inversión extranjera o salir del país con los ahorros suponen apostarle a la desgracia, lo cual no es inteligente ni propio de un buen colombiano. La apuesta no es que le vaya mal o bien al gobierno, sino que nos vaya bien a todos como Nación 

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