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Sobre How Asia Works, de Joe Studwell

La conclusión tampoco es que nuestro país debería aplicar las mismas políticas que los países asiáticos: ya no somos un país rural, sino una economía de servicios.

hace 9 horas
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  • Sobre How Asia Works, de Joe Studwell

Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com

¿Por qué, si en 1960 Colombia era, en términos per cápita, significativamente más rica que Corea del Sur, hoy los surcoreanos cuadruplican la riqueza de los colombianos?

Es una pregunta fundamental para Colombia, y que el libro How Asia Works, publicado en 2013 por Joe Studwell, ayuda a responder, al menos en lo que respecta al caso coreano: en poco menos de 300 páginas, Studwell recorre las políticas públicas que impulsaron, tras la Segunda Guerra Mundial, el crecimiento económico acelerado de Corea del Sur, Japón y Taiwán.

El libro se puede resumir en tres grandes políticas que estos países aplicaron en mayor o menor medida.

En primer lugar, la reforma agraria: redistribuir tierras de extensas haciendas de terratenientes a campesinos en países todavía en gran medida rurales y orientados a la agricultura. En economías extremadamente pobres como eran Corea o Taiwán en los años de posguerra, donde el único recurso abundante era la mano de obra, esta reorganización permitió establecer pequeñas parcelas intensamente cultivadas, capaces de generar altos rendimientos por hectárea. Esto no solo mejoró los ingresos rurales y la producción de alimentos, sino que también liberó excedentes laborales y económicos que facilitaron la posterior industrialización de estos países.

Como segundo paso, una política industrial orientada a la disciplina exportadora, que condicionó los beneficios estatales y la protección arancelaria a la capacidad de las empresas para competir en mercados internacionales. El respaldo del Estado no era un cheque en blanco: debía traducirse en ventas reales en el extranjero, lo que permitía aplicar una “selección natural empresarial”, premiando a los ganadores y retirando apoyo a quienes fracasaban en el mercado global. El resultado —a diferencia del fracaso de las políticas de “sustitución de importaciones” de América Latina, que nunca creó empresas capaces de mostrar su valor al resto del mundo— fueron economías exportadoras y compañías ganadoras a nivel mundial como Hyundai, Toyota o Samsung.

Y, finalmente, un sistema financiero dirigido, en el que los bancos fueron obligados a canalizar el crédito hacia los sectores productivos y exportadores, priorizando la alineación con la política industrial y poniendo arandelas al participación de las instituciones financieras en sectores como el inmobiliario.

El recetario que Studwell expone se aparta del “Consenso de Washington” y de la liberalización económica adoptada por gran parte del mundo a partir de los años ochenta, así como de las políticas promovidas por el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. También, indirectamente, cuestiona el enfoque “institucionalista” que en años recientes ha ganado eco en los debates de desarrollo económico: la mayoría de las políticas que aplicó Corea se dieron en épocas de dictaduras, golpes de Estado y atentados contra presidentes, mientras Colombia gozó de la democracia más estable de América Latina, y ello no se tradujo en mayor crecimiento económico.

La conclusión tampoco es que nuestro país debería aplicar las mismas políticas que los países asiáticos: ya no somos un país rural, sino una economía de servicios, y partimos de un país mucho más rico que Corea, Taiwán o Japón a mediados del siglo pasado.
La lección, quizá, está en que el camino al desarrollo no pasa por recetas impuestas desde afuera —el Banco Mundial se opuso en su momento a la mayoría de las políticas de estos países—, sino, probablemente, por algo que se adapte a nuestra realidad de país, a nuestro lugar en el mundo y a nuestras ventajas competitivas.

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