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El último estadista oligarca

Dentro de unos años estaremos añorando la oportunidad perdida de haber tenido como presidente al último estadista de la oligarquía.

hace 3 horas
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  • El último estadista oligarca

Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com

Con la temprana partida de Germán Vargas Lleras, las reacciones de la opinión han coincidido en buena medida: que murió sin llegar a ser el presidente que merecía ser, que nos quedamos sin la única figura política a la que le cabía el país en la cabeza, sin el último gran estadista, verdadero transformador y visionario dentro del Estado colombiano.

No puedo sino coincidir: mi primer voto, en 2018, fue —a mucho honor— por Vargas Lleras. Los colombianos más visionarios son quienes votaron por él en 2010.

Pero sorprende ver cómo los rasgos que durante años el escarnio público presentó como defectos se convirtieron, de repente, en virtudes: su bogotanismo, tozudez, maquiavelismo político, condición de delfín y temperamento brusco solo se los perdonó Colombia tras su muerte —las mismas características que, desde el coscorrón, habían acompañado su desvanecimiento político.

Porque conviene recordar el contraste. El Vargas Lleras que llegó a gozar de una popularidad del 70% según la Invamer/Gallup Poll al empezar el gobierno de Santos, que fue el congresista más votado del país en 2006, que consolidó una de las bancadas decisivas del Congreso durante las dos primeras décadas del siglo, que fue contradictor inclaudicable de las FARC —hasta el costo de su integridad física— y una de las pocas figuras nacionales capaces de disentir con Uribe en el pico de su popularidad, vio, tras su segunda campaña presidencial fallida en 2018, cómo su favorabilidad se desplomaba a menos del 20%, su incidencia en las elecciones de 2022 se volvía un lastre y su bancada de Cambio Radical en el Senado se reducía elección tras elección.

Para una persona que hace menos de una década había vivido el pico de su poder, con todo para ser presidente, la evidencia final de su desgaste llegó el pasado marzo, en una campaña en la que él ya estuvo totalmente ausente: Cambio Radical quedó reducido a 7 senadores —ninguno de ellos sus alfiles más cercanos—, en un partido que pasó de mezclar voto de opinión con figuras de peso nacional, a ser una coalición de feudos políticos regionales sin verdadera vocación de poder.

Todo esto no por culpa de él, que hasta el final fue lo que era, sino porque el arreglo institucional del que era su última gran expresión se fue desvaneciendo antes de que su turno llegara: ese que, como lo describió bien el Nobel James Robinson, combinaba instituciones tecnócratas y modernizadoras en Bogotá con arreglos clientelistas en la periferia, sostenido por un pacto tácito en el que las élites bogotanas le daban al país estabilidad macroeconómica, instituciones democráticas duraderas y un progreso lento pero seguro, a cambio de delegar el gobierno de las regiones en los cacicazgos locales.

Vargas Lleras —nieto de presidente, rolo hasta el tuétano y preparado durante toda su vida para seguir el camino de su abuelo— encarnaba como pocos esa cara capitalina y tecnócrata del arreglo, aunque implacable en la política manzanilla: capaz de sacar adelante transformaciones profundas del Estado mientras transaba con la realidad de un país donde la única forma de gobernar había sido pactar con los Ñoños y demás caciques de cada departamento.

Los consensos que sostenían ese arreglo han ido desapareciendo, como lo mostró el resultado de 2022 y como lo confirma la tendencia hacia 2026. Con mucho pesar me temo que, en esta nueva era política de influencers, izquierdas de trinchera y barones electorales sin la conciencia institucional de sus predecesores, dentro de unos años estaremos añorando —ya no por las apariencias, sino de verdad— la oportunidad perdida de haber tenido como presidente al último estadista de la oligarquía.

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