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Yo marché

Siempre habrá alguien presto a afirmar que las únicas causas válidas son las suyas, que sólo sus manifestaciones representan al pueblo y que “mi marcha es más grande que la tuya”.

23 de abril de 2024
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Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho

Yo marché, por primera vez, en Francia. Estaba estudiando cuando escuché un ruido afuera de casa y, al asomarme, vi a miles de personas que colmaban las calles. Eso no sucedía en la Colombia en la que crecí, así que salí maravillado a mezclarme con la multitud que exhalaba democracia. Los franceses protestaban contra una reforma inconveniente que, después de varias marchas, fue retirada por el gobierno. Me pareció maravilloso ver que la manifestación de descontento social servía de algo.

Viviendo aún en París marché también en la legendaria manifestación No más Farc; algunos compatriotas nos acusaron entonces de apoyar el paramilitarismo. Meses después se hizo una manifestación llamada No más Auc; allí estuve también, acompañando la causa, pese a que varios nos señalaran de comunistas y guerrilleros. Los insultos no me quitaron la alegría de militar colectivamente por propósitos nobles, por el contrario: regresé a Colombia con una visión entusiasta de la democracia y la participación ciudadana.

Desde entonces marché con la Ola Verde y por el plebiscito de la paz, marché en las fiestas del orgullo gay y en la conmemoración del día de la mujer; “marché” sobre ruedas por la promoción de la bicicleta en Medellín y, por supuesto, marché por el DIM cuando la situación estuvo crítica. Marché contra el gobierno de Duque, porque me pareció mediocre, indolente y no hizo gran cosa contra la corrupción; hablando de corruptos, también protesté contra Quintero y su gobierno de chanchullos y mentiras, aunque al hacerlo tuviese consecuencias políticas.

En todos los casos, siempre hubo alguien que juzgó a los manifestantes, acusándolos de vendidos o de brutos o de gamines o de ignorantes. Siempre habrá alguien presto a afirmar que las únicas causas válidas son las suyas, que sólo sus manifestaciones representan al pueblo y que “mi marcha es más grande que la tuya”, como si fuera una pelea de patio de colegio. Pero eso no importa cuando uno marcha con convicción.

El domingo pasado marché de nuevo, esta vez preocupado por el gobierno nacional. El país no va bien y el gobierno tampoco: la seguridad, la energía y la salud están en crisis; la ejecución presupuestal es deficiente, la corrupción no ha visto ningún cambio y la infraestructura no avanza, mientras Gustavo Petro insiste en pelear contra el metro de Bogotá y las vías 4G. En temas en los que podría estar de acuerdo con el presidente, como el énfasis en políticas medio ambientales o el cambio en el discurso sobre las drogas, sus resultados son ínfimos en comparación con los grandilocuentes discursos internacionales. Además, el presidente se enfrenta frecuentemente -a veces de manera grosera- a contrapesos institucionales como las altas cortes y el Congreso y, con sus recientes y constantes alusiones a la necesidad de una nueva Constitución, da a entender que este Estado (que tan bien debería conocer) ya no le sirve. Por eso marché.

Las marchas son síntomas de salud democrática y no deben ser capitalizadas por ningún partido o candidato, tampoco deben ser menospreciadas por los opositores a ellas y, mucho menos, ignoradas por los gobernantes. El presidente tiene poco tiempo para recomponer el camino y dejar un legado digno de los propósitos nobles del progresismo; de lo contrario, pasará a la historia como el hombre que le puso el palo a la rueda del cambio..

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