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Tenemos hambre de certezas en una época marcada por el vértigo; por eso es pertinente priorizar la salud mental y la responsabilidad en los discursos.
Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho
“Doctor, un desaliento de la vida que en lo íntimo de mí se arraiga y nace, el mal del siglo [...] un cansancio de todo, un absoluto desprecio por lo humano... un incesante renegar de lo vil de la existencia [...] un malestar profundo que se aumenta con todas las torturas del análisis...”.
El gran poeta José Asunción Silva describió así, hace más de cien años, el malestar profundo que afectó a la sociedad occidental del siglo XIX. Los expertos en la materia atribuyen este sentimiento a un vacío existencial generado por el racionalismo de la Ilustración del siglo anterior; una crisis de valores explicada por el hundimiento de los grandes relatos que sostenían la sociedad tradicional: la progresiva caída de las monarquías y el cuestionamiento del papel central de dios dejaron a la gente de la época con preguntas sin respuesta y una sensación de angustia. De esto hablaron también en su momento Baudelaire y Goethe, entre otros; algunos de estos terminaron suicidándose.
Me atrevo a decir que hoy vivimos algo similar. En las nuevas generaciones se siente una desesperanza parecida: el mismo desaliento, el cansancio, el reniego. El pesimismo se coló de lleno en los discursos actuales; parece que vivimos en zozobra; se dice que estamos peor que nunca, aunque las cifras demuestren lo contrario. Quizás se debe, de nuevo, a una caída de los grandes relatos que ofrecían certezas y esperanzas: las religiones siguen perdiendo legitimidad, la democracia pierde adeptos, las promesas del capitalismo tardan demasiado en cumplirse, el matrimonio y la familia tradicional se encuentran cuestionados, las nociones del amor y la sexualidad están en mutación y el propio planeta dejó de ser un lugar seguro para crecer. Todo esto se da en medio de una globalización y un tsunami de información que superan, por su velocidad y magnitud, nuestra capacidad de asimilación.
Este panorama representa un perfecto caldo de cultivo para la nostalgia malsana, el individualismo y los populismos, quienes repiten: Dado que todo está mal, acabemos con lo que queda. Rompan todo. Refugiémonos en causas excluyentes. Desconfiemos de todos y del porvenir. Vigilémonos y acusémonos. Suframos diariamente por el futuro que no fue. Caminemos enojados con la cabeza gacha pues ya nada tiene sentido.
El resultado se expresa, más allá de los discursos pesimistas, en cifras aterradoras sobre salud mental, en un grave aumento de suicidios (la situación en Antioquia es particularmente delicada) y en la proliferación de líderes irresponsables que juegan con el miedo: agentes del caos que viven de la angustia, ganan votos y likes profetizando el acabose, construyendo bandos opuestos, autoproclamándose salvadores, dueños de la verdad, ocupantes del supuesto “lado correcto de la historia”.
El poema de Silva concluye con una prescripción médica: “camine de mañanita; duerma largo; báñese; beba bien; coma bien; cuídese mucho: ¡lo que usted tiene es hambre!”. Tenemos hambre de certezas en una época marcada por el vértigo; por eso es pertinente priorizar la salud mental y la responsabilidad en los discursos. Necesitamos serenidad y racionalidad, acción y propósito; requerimos liderazgos que trabajen con tranquilidad y empatía; nos urgen discursos integradores y optimistas que hagan brillar, de nuevo, la esperanza en la humanidad.