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Columnistas | PUBLICADO EL 13 junio 2021

COLOMBIA NADA EN COCA Y SANGRE

Por JUAN JOSÉ HOYOSredaccion@elcolombiano.com.co

Todas las noticias tienen al menos dos caras. El presidente Iván Duque anunció esta semana que Colombia ha logrado reducir en 7 % las hectáreas dedicadas al cultivo de coca. La superficie total pasó de 154.000 a 143.000 hectáreas al terminar el año 2020.

Las cifras hacen parte del informe anual del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos ilícitos de Naciones Unidas.

Sin embargo, el informe también revela que, como sucede desde 2014, la producción de cocaína sigue aumentando. Colombia se mantiene como el mayor exportador de cocaína del mundo y, a pesar de la reducción en las áreas de cultivo, también sigue siendo el mayor cultivador de hoja de coca, por delante de Perú y Bolivia.

Así lo confirma una investigación publicada por el periódico británico Financial Times el 22 de febrero de este año. “La producción de coca se ha disparado”, dice el periódico, citando un informe de la ONU que asegura que entre 2012 y 2017 esta creció en más del 250 %.

“El país produce más cocaína ahora que a principios de la década de 1990, cuando el líder del cartel de la droga, Pablo Escobar, estaba en la cima de su notoriedad” sostiene el periódico, uno de los medios más influyentes en el mundo de los negocios y la economía a nivel global. La ONU dice que Colombia produce el 70 % de la cocaína que se consume en el mundo. El gobierno de Estado Unidos estima que produce el 89 %.

El Ministerio de Justicia también informa que “en 2020 el potencial de producción de clorhidrato de cocaína pura alcanzó 1.228 toneladas”. Al mismo tiempo, la Policía, el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea incautaron más de 500 toneladas de cocaína: otro récord histórico.

Los expertos de la ONU dicen que este aumento inusitado de la producción se debe al mejoramiento en la capacidad y la eficiencia de los procesadores de coca para extraer el alcaloide y al mejoramiento de las prácticas agronómicas en el cultivo de la hoja, en el que se están usando nuevas tecnologías de ingeniería agrícola. También es producto de la introducción de variedades de arbustos de coca de mayor rendimiento, sobre todo después del fracaso de las fumigaciones aéreas con glifosato y la expansión de los cultivos a nuevas zonas.

Entre las mejoras técnicas, los expertos citan la autosuficiencia alcanzada por los narcotraficantes colombianos en el abastecimiento de precursores químicos, como el permanganato potásico, que ahora es producido por ellos mismos.

Esto ha permitido que la capacidad de extracción en promedio se eleve de 1,87 kilos de pasta básica de cocaína por tonelada de hoja en el año 2016 a 2,14 kilogramos en 2020.

Pienso que estas cifras de la ONU demuestran que, en su larga lucha contra el narcotráfico, casi todos los gobiernos de Colombia se han equivocado atacando el eslabón más débil del multimillonario negocio del narcotráfico, que son los campesinos cultivadores de coca que viven en territorios marginados y abandonados por el Estado.

Contra ellos ha lanzado gigantescas operaciones de fumigación aérea usando venenos que destruyen sus cultivos y atentan contra su salud. También, campañas de cerco militar y erradicación forzosa. Todos han fracasado.

Mientras tanto, los narcotraficantes se han enriquecido, han permeado la política, han financiado el paramilitarismo y hoy nadan en los millones, mientras los campesinos pobres y las comunidades negras e indígenas ven peligrar sus vidas y las de sus líderes en medio de la batalla entre las autoridades, los narcotraficantes y sus grupos armados.

Hoy ―además de enfrentar una pandemia y una rebelión juvenil―, Colombia nada en coca y en sangre... Y el gobierno tampoco se ha dado cuenta

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