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Lo que necesita el campo es la dedicación plena de sus propietarios o arrendatarios para convertirnos en la potencia agroindustrial que podemos y que siempre hemos aspirado a ser.
Por Carlos Enrique Cavelier - opinion@elcolombiano.com.co
En varias ocasiones, antes y durante su campaña presidencial, Gustavo Petro citó a Hernán Echavarría y a su propuesta de aumentar el impuesto predial sobre tierras improductivas y, con seguridad, reducirlo para las que alcancen altas productividades.
En su primera alocución ante la Asamblea General de la ANDI, en agosto de 2022, hizo clara referencia a la propuesta de Hernán Echavarría. Esto sugería que la implementaría para lograr que, sobre todo, las 32 millones de hectáreas dedicadas a la ganadería de carne y leche aumentaran su productividad, pues actualmente presentan en promedio una de las productividades más bajas del mundo. Solo si estas tierras tuvieran 3 vacas por hectárea en vez de ~.8 hoy—es decir, 96 millones de cabezas— tendríamos el tercer rebaño más grande del mundo; solo detrás de Brasil e India, superando a los Estados Unidos. Obvio, nada de esto se hace con una varita mágica.
Es indudable que el incentivo para evitar mantener tierras destinadas únicamente al engorde es enorme al tener que pagar un impuesto predial significativo. No obstante, bastaría con aplicarlo inicialmente a la ganadería, por el número de hectáreas que ocupa.
Así mismo, la reducción de este impuesto mediante la demostración formal de productividad ante las alcaldías generaría municipios con mayores producciones de alimentos y, por ende, comida más barata, empleo calificado como consecuencia directa de esas producciones -acompañado de la definición de promedios de productividad para las 270 actividades agrícolas que define Finagro. Si alguien está por la mitad de la productividad, debería pagar el doble de predial; si excede 3 veces el promedio, solo una tercera parte, para dar una idea. Con un incentivo Mockusiano de dos años de prueba y error, y el 3o ya en firme.
Y no hablemos de la formalización que impulsaría el proceso: la constitución de empresas con registros contables veraces, su reporte anual oportuno ante la Supersociedades, mano de obra remunerada formalmente y los impuestos de renta correspondientes, que deberían reducirse al 10% en el campo por un periodo para facilitar estos objetivos.
Se trataría de una revolución agrícola “con un toque de Midas”, porque lo que necesita el campo es la dedicación plena de sus propietarios o arrendatarios para convertirnos en la potencia agroindustrial que podemos y que siempre hemos aspirado a ser.
Los avances tecnológicos recientes, con herramientas digitales capaces de medir las propiedades del suelo casi metro cuadrado por metro cuadrado, permiten prever rendimientos mucho mayores.
Es por ello también un tema de debate para los candidatos presidenciales. Ellos deben ayudar a cambiar la cultura de la “finca” como atractivo de recreo o disfrute estético únicamente, hacia uno también de activo productivo medible por indicadores críticos según el producto cultivado pero también los financieros como el EBITDA o el ROIC (retorno sobre la inversión). Además, la finca continúa siendo, un símbolo de prestigio, sobre todo cuando se trata de grandes extensiones.
Las grandes potencias, empezando por Francia varios siglos atrás, edificaron su poderío y riqueza sobre grandes cultivos y obras de infraestructura—vías y canales— que fomentaron el avance económico incluso en épocas monárquicas. Así, Francia llegó a tener la mayor población de Europa al contar con alimentos suficientes y evitar hambrunas como las que afectaron a Alemania o Irlanda.
Solo creo que habría que expedir esa resolución tras un estudio cuidadoso. Queda esta tarea, complementando el desatrase en los prediales que sobre todo los equilibraría de manera profunda. La esperamos muchos agricultores profesionales y esperanzados.