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Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

Mi mamá no estudia conmigo

Todo esto hace que las escuelas jueguen un papel determinante en la vida de muchos niños por una razón tenaz e incómoda: todo cuanto en la escuela se les enseñe, será lo único a lo que podrán acceder.

hace 7 horas
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  • Mi mamá no estudia conmigo

Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

El ejercicio era, entre muchos otros, el siguiente: yo le señalaba una letra y el niño emitía su sonido. Con escasos seis o siete años, este niño a penas sí sabía un par de letras: reconocía difícilmente algunas vocales y confundía algunos de sus sonidos. El sonido de la “u” se lo asignaba a la “o” y trastocaba el de la “i” con el de la “e”. Nos encontrábamos realizando una prueba diagnóstica al inicio del año escolar para detallar, al final del curso, la efectividad de un programa de alfabetización para niños en una de las subregiones de Antioquia.

El niño se rindió prematuramente. Tras un par de intentos, renunció a la prueba y, dedicando el escaso tiempo que le quedaba a esgrimir una defensa, justificó sus faltas y su silencio así: “mi mamá no estudia conmigo”. A lo que yo le pregunté: “¿Y tú papá?”. Confundido y cabizbajo, el niño responde: “Tampoco”. Apelando al escaso o nulo tiempo que su madre y su padre les dedicaban a las tareas, a sus propias tareas, el niño sustenta así su desconocimiento: “no me sé esas letras porque mi mamá no estudia conmigo y mi papá llega del trabajo, se acuesta y juega en el celular”– dijo, tras fracasar en un par de intentos. Las conexiones que el niño hizo entre su incapacidad y el tiempo; entre sus dificultades y las responsabilidades de sus padres es, por su capacidad de análisis, notable.

En su defensa, el niño pone en discusión cuestiones clave para la educación y para la escuela. El análisis del niño denota la comprensión de una idea que, aún hoy, no ha sido suficientemente apropiada: la responsabilidad de educar no recae exclusivamente sobre una institución, la escuela, ni es un ejercicio exclusivo de un conjunto de personas, los maestros.

Sin embargo, educar a los hijos no es solo una determinación que se toma o un hábito que se cultiva. Hace siglos, uno de los más importantes pedagogos, quizá el primero, reconoció el escaso tiempo de los padres como una condición para justificar, precisamente, la existencia de los centros de educación y la de los maestros: “puesto que muy raramente los mismos padres tienen condiciones o tiempo para educar a los hijos, debe haber, por consiguiente, quienes hagan esto exclusivamente y por lo mismo sirvan a toda la comunidad.” Dijo Comenio, el pedagogo checo.

Sea porque no se tiene mucho tiempo o porque padecemos un menosprecio generalizado por lo que significa educar, lo cierto es que para muchos niños y muchas niñas que nacieron y están creciendo en entornos vulnerables, la escuela es quizá la única fuente de educación y de aprendizaje. Todo esto hace que las escuelas jueguen un papel determinante en la vida de muchos niños por una razón tenaz e incómoda: todo cuanto en la escuela se les enseñe, será lo único a lo que podrán acceder. En términos más concretos: aquello que los niños no aprendan en la escuela, no lo aprenderán en ningún otro lugar.

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Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

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