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Ultracrepidarios

Venezuela aparece aquí como el caso más reciente —y sensible— donde esa dinámica se vuelve evidente.

06 de enero de 2026
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  • Ultracrepidarios

Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com

En un episodio inquietante de Black Mirror, empieza a morir gente que ha lanzado opiniones y condenas públicas en redes sociales.

Primero muere una periodista que criticó la inmolación de una activista. Luego, un rapero famoso que había insultado a un seguidor en público. Y así, uno a uno, mueren quienes habían usado un mismo hashtag: #deathto, que traduce literalmente “muerte a”.

Las muertes son causadas por pequeños dispositivos en forma de abejas: localizan a la persona mediante reconocimiento facial y la asesinan.

Lo vi hace años y me produjo terror. Hacia el final, parecía que iba a morir todo el mundo: familias, niños, personas mayores, “gente buena”. Porque todos, en algún momento, habían condenado a otro en público usando ese hashtag.

Esta semana, tras el acontecimiento histórico en Venezuela, recordé ese episodio, eso que me había parecido pura ciencia ficción, sentí que era peligrosamente cercano.

No habían pasado ni dos horas de lo ocurrido y ya había gente en redes discutiendo con euforia, señalando a unos y a otros de imperialistas, ignorantes o traidores. Acusando desde perfiles con fotos que apenas permiten saber quién está del otro lado.

No es que hoy opinemos más, es que sentimos la obligación de opinar sobre todo, de inmediato y en público. Y esa urgencia —alimentada por el miedo a quedarnos por fuera — está erosionando la conversación. Nos empuja a trincheras, activa alarmas que no siempre existen y reemplaza el entendimiento por ruido.

Venezuela aparece aquí como el caso más reciente —y sensible— donde esa dinámica se vuelve evidente. La emoción es legítima, lo absurdo es la velocidad con la que esa emoción se convierte en certeza y en pelea pública.

En Meditaciones, Marco Aurelio escribió esta frase: “La vida es una opinión”. Se refiere a que nuestra experiencia no es la realidad objetiva, sino la interpretación que hacemos de ella. Para los estoicos, no son los hechos los que nos perturban, sino la opinión que formamos sobre ellos.

Trasladado a este contexto, la manera en que reaccionamos frente a un argumento contrario dice más de nuestra madurez emocional que de nuestra posición política. No debatimos para entender; debatimos para ganar.

Eso es lo que está pasando ahora.

Abundan los ultracrepidarios.

El término viene del latín ultra- (más allá) y crepidarius (relacionado con zapatero, de crepida o sandalia) y también de una buena historia: “Se cuenta que un zapatero señaló a Apeles, un pintor, un error en un zapato de uno de sus cuadros. Apeles corrigió el error, pero el zapatero empezó a criticar otras partes de la obra. Entonces Apeles respondió: Ne sutor ultra crepidam, “que el zapatero no juzgue más allá de sus sandalias”.

De ahí surge el término: personas que opinan sobre asuntos que no conocen ni dominan.

En español empezó a usarse a comienzos del siglo XX, hoy describe con precisión a muchos de nosotros, a casi todos en redes sociales, a quienes olvidaron que antes de opinar hay que comprender y que, para comprender, hace falta una pausa: para leer, para mirar, para escuchar.

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