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El clima cambió, la intensidad de las lluvias cambió, la frecuencia cambió y, aun así, nuestras ciudades y nuestras infraestructuras siguen pensadas para un mundo que ya no existe.
Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com
En este mismo periódico se publicó hace apenas unos días un artículo que citaba, a su vez, una publicación de 2022 que decía lo siguiente: “Hoy llueve más que hace diez años y todo indica que dentro de otros diez lloverá más que hoy. Aguaceros fuertes y prolongados se cernirán sobre la ciudad. Y no es un asunto meramente especulativo: hace una década se necesitaban 15 aguaceros para alcanzar 100 milímetros de lluvia; esa cantidad ya cae en apenas 10”.
Decían en el artículo que “ese vaticinio no solo se cumplió, sino que ahora es peor de lo que se esperaba”.
A mí me agarró él aguacero saliendo de mi casa, tuve que dar una vuelta tremenda y en el camino confirmé por redes que el escenario en el que se supone que tendríamos una conversación del Hay Festival, había volado por los aires, las 200 sillas que tenían en la plazoleta del MAMM ya no estaban cuando llegue y tampoco el escenario y la tarima.
“Todo salió volando, pero ya nos adaptamos y nos ubicaremos dentro del teatro”, me dijeron. Siempre hemos sido recursivos y en estas situaciones, esas actitudes tan nuestras salen a relucir.
Al cabo de una hora de haber dejado de llover, se expandía por la avenida El Poblado un rayo de luz que iluminaba las calles mojadas y los riachuelos que se habían causado por el aguacero. Salió el sol, el cielo estaba despejado y las calles iluminadas.
De un momento a otro pasamos de la oscuridad y la niebla a observar desde lejos el paisaje inundado y a preguntarnos: ¿por qué un aguacero hace colapsar de esa manera a la ciudad?
En 45 minutos fueron varios los comercios inundados, vimos videos de gente socorriendo a motociclistas y el asfalto levantado en un par de lugares generó un cauce de agua que hasta horas después de haber cesado la tormenta, seguía paralizando el tráfico.
Claro que existe una explicación técnica para lo que pasó: la zona tropical donde queda el Valle de Aburrá, la radiación solar y la humedad del suelo.
Pero más allá del dato, todo ese aguacero me llevó a pensar en lo rápido que pasamos de la excepción a la costumbre y en cómo seguimos reaccionando como si estos eventos fueran anomalías, cuando los informes, las proyecciones y la experiencia reciente llevan años diciéndonos que no lo son.
El clima cambió, la intensidad de las lluvias cambió, la frecuencia cambió y aun así, nuestras ciudades y nuestras infraestructuras siguen pensadas para un mundo que ya no existe.
Nos enorgullecemos, y con toda la razón, de nuestra capacidad de adaptarnos sobre la marcha, pero una cosa es la resiliencia improvisada y otra muy distinta es la preparación. Resolver no es lo mismo que anticiparse.
¿Cuántas veces más estamos dispuestos a sorprendernos por algo que ya sabemos que volverá a pasar?
No deberíamos seguir viendo el futuro como una rareza si ya está aquí, ya nos están pasando las noticias que los titulares de hace una década decían que pasarían, lo que pasa es que nos caen de golpe, como ese aguacero que nos dejó mirando las calles mojadas bajo el sol, preguntándonos si estamos preparados para lo que viene.