Pico y Placa Medellín
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Ese es mi temor: que al final quede una ciudad que a nadie le importe.
Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com
La Biblioteca Pública Piloto tiene un archivo de fotos en el que quienes no vivimos en la Medellín de los años cincuenta podemos imaginarnos cómo fue esa época en la que se construyeron los inicios de la ciudad que habitamos hoy.
Siempre me ha generado una nostalgia curiosa ver esas fotos, las miro y me imagino viviendo en ese momento en el que las casas tenían zaguán y patio; las miro uniéndolas con las historias que mi mamá y mi abuela me contaban. Hubiera querido vivir en esa época.
Había cierta sensación de comunidad, o al menos eso es lo que me transmiten las historias en las que me cuentan de las tocadas del timbre a los vecinos, de las calles que caminaban sabiendo quién vivía en cada casa.
Me gustaría salvar ese tiempo como si fuera propio: cuidar las relaciones que crecían en casas llenas y guardar recuerdos que no viví, pero que me contaron tantas veces que aprendí a verlos con nitidez. Me da la sensación de que antes era más clara la manera de pertenecer, la relación con el lugar que habitábamos todos.
Hoy no solo construimos distinto, sino que construimos para otros: para quien llega, para quien invierte, para quien visita, para ganar. Diseñamos la ciudad como vitrina y aprovechamos eso que nos describe en el resto del país: el trabajo y la visión de negocio. ¿Cómo no aprovecharlo? No voy a discutir eso, porque además tampoco estoy en contra del desarrollo natural de las ciudades y los cambios que eso trae consigo. Sin embargo, en ese proceso también hemos cambiado la forma de habitar.
Nos volvimos más lejanos, más anónimos, funcionales, dejando de ver eso que pasa invisible todos los días cuando habitamos un espacio, lo que finalmente nos hace ser, pensar y organizar las cosas de cierta manera.
Tal vez por eso he sentido que la nostalgia no se va, porque no es solo por lo que fue, sino por lo que ya no sabemos cómo recuperar: una forma de cercanía que no se diseña, que no se planea, que no se vende, que nos hacía lo que éramos.
¿En qué momento dejamos de construir una ciudad para vivirla y empezamos a construirla para otras cosas?
Esa Medellín de antes ya no existe. Intento contarle a mis hijos lo que había en uno u otro lugar, replicando esa frase que me decían mis papás y que es tan paisa: “eso ahí era pura manga”, mientras señalo una montaña repleta de edificios enormes.
Ya no es fácil imaginar lo que fuimos. Llenamos la ciudad de edificios, crecimos hacia arriba y, en el camino, nos distanciamos. Medellín empezó a pensarse para quien llega, no para quien la habita. Crecimos rápido, pero sin preguntarnos cómo queríamos vivir en esa ciudad que estábamos construyendo.
No es de echar culpas, y menos a quienes han administrado y gobernado a Medellín. A todos nos ha faltado buen debate sobre la propiedad, sobre cómo habitamos, y esto pasa también en ciudades europeas que hemos visto como referencia y que hoy padecen de lo mismo.
“No hay alquileres regulados, es un mercado que creció sin regulación, en el que a pocos les importa cómo vive la gente, no hay nadie que ampare a los ciudadanos”, decía una amiga escritora refiriéndose a Madrid. “Ahora mi propia ciudad me expulsa”, aseguraba.
Ese es mi temor: que al final quede una ciudad que a nadie le importe, con torres grises y sin espacios verdes, enorme, ampliada y llena de visitantes, pero sin nadie que diga: Bienvenido a mi casa.