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Por Alejandro De Bedout Arango - opinion@elcolombiano.com.co
La Real Academia Española (RAE) define “harén” como el “conjunto de todas las mujeres que viven bajo la dependencia de un jefe de familia” en la cultura musulmana. Aunque en la modernidad esta figura ha perdido relevancia con el acceso de las mujeres a la educación y el trabajo, la práctica de aislarlas y someterlas sigue vigente en diversas partes del mundo. En Colombia, Armando Benedetti ha construido su propio harén, convirtiéndose en el jefe de la familia petrista que controla a las mujeres en la política.
No se trata de un harén en el sentido clásico, sino de su versión más perversa: un entramado de manipulación donde la lealtad de ciertas congresistas no se basa en principios, sino en conveniencia. Como un viejo sultán, Benedetti no seduce con encantos, sino con poder. Y ellas, en lugar de cuestionar su historial de violencia y misoginia, le han servido en bandeja de plata su primera gran victoria como ministro del Interior: la reforma a la salud. 30 mujeres congresistas votaron a favor, Benedetti consiguió el respaldo que le faltaba en la Cámara de Representantes para aprobarla.
Lo más indignante es que, entre quienes lo respaldan, están mujeres que se autodenominan feministas. Llegaron al congreso ondeando banderas moradas y verdes, hablando de sororidad, derechos y justicia para las mujeres. Pero, ante Benedetti, su discurso se desmoronó, quedó por el piso. No es coincidencia que haya sido él quien negoció la reforma con las congresistas: sabía que tenía terreno seguro. Sabía que su harén respondería. Y así fue.
Ahora, la reforma pasará a la Comisión Séptima del Senado, un escenario que Benedetti considera estratégico para avanzar en su negociación, no solo porque maneja temas clave como la reforma a la salud, sino porque en ella hay una presencia significativa de mujeres. Con su conocida habilidad para la manipulación y el uso del poder como moneda de cambio, puede activar la influencia de su “harén político” para asegurar los votos necesarios.
Paradójicamente, cuanto más grosero, violento y corrupto se vuelve Benedetti, más seguidoras tiene en la política. Esto no solo evidencia una crisis ética en la representación femenina, sino también la instrumentalización del feminismo cuando conviene y su abandono cuando se trata de preservar el poder.
Pero el problema con Benedetti no se limita a su relación con las mujeres del Congreso. Su prontuario es extenso: presuntos hechos de corrupción en el caso Fonade, investigaciones por enriquecimiento ilícito y cohecho, vínculos con el contrabando, tráfico de influencias, interceptaciones ilegales e, incluso, violencia intrafamiliar. Su verdadero talento no está en la construcción de políticas públicas, sino en la supervivencia política. Ha saltado de un bando a otro sin perder protagonismo: fue uribista, luego santista y ahora es uno de los hombres fuertes del gobierno de Petro. Ha pasado por el Partido Liberal, la U y, finalmente, el Pacto Histórico, donde lidera el llamado “Frente Amplio”.
La misión que le encomendó Gustavo Petro a Benedetti es clara: garantizar, a toda costa, el triunfo del petrismo en 2026. Y ya ha comenzado a dar pasos agigantados, sacando adelante las reformas y reclutando adeptos, en especial entre las congresistas.
Al final, Benedetti es el reflejo de un problema más grande: en Colombia, los políticos no caen por escándalos de corrupción ni por violencia contra las mujeres, sino cuando pierden apoyo dentro del poder. La reforma a la salud no ha sido un debate técnico, sino una lucha por el control político. Benedetti, ha jugado un papel estratégico como negociador y operador, moviéndose entre bandos para mantenerse vigente. No es un líder con ideales, sino un hábil politiquero que, mientras tenga respaldo del presidente Petro podrá seguir moviendo fichas y liderando el juego del poder.