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Columnistas | PUBLICADO EL 24 febrero 2015

Al manicomio, por su propio pie

Porhumberto monterohmontero@larazon.es

Estos son los rasgos de la esquizofrenia. Quienes padecen este trastorno sufren con frecuencia alucinaciones, experiencias sensoriales que se cuecen solo en su sesera sin ninguna relación con la realidad. Las alucinaciones se manifiestan a veces en forma de voces e incluso de trinos (alucinaciones auditivas), o de apariciones (alucinaciones visuales) que los cuerdos no perciben. Estos episodios van acompañados de ideas delirantes de toda clase, fundamentados en ideas falsas que solo los enfermos consideran reales por mucho que las pruebas indiquen lo contrario. Los esquizofrénicos padecen también una alteración permanente del pensamiento lógico y del habla, y tienen una percepción distorsionada de sí mismos y de lo que les rodea. La ausencia de tratamiento deriva en un agravamiento de la salud mental y un deterioro físico, y concluye en fases más severas que se manifiestan en delirios paranoides de que una o más personas están conspirando contra ellos. Además, los esquizofrénicos tienden a aislarse, se vuelven recelosos y reservados, tienen un sentido exagerado de su importancia (delirios de grandeza) y celos irreales.

Vaya por delante el respeto que tengo por todos los enfermos que tienen la desgracia de padecer esta aguda y compleja enfermedad, y por sus familiares. También el que siento por quienes creyeron alguna vez en el chavismo. Pero es hora de llamar a las cosas por su nombre. El caudillo venezolano padece todos y cada uno de estos síntomas. Vean si no. En octubre de 2013, Maduro anunció la aparición de la cara de Chávez en una de las paredes de un túnel en construcción en el metro de Caracas. Pero esto no es todo. Hasta en dos ocasiones ha reconocido que un pájaro le envió mensajes sobre Chávez. Lo sorprendente no es que el animalillo hubiera logrado servir de transmisor del expresidente sino la capacidad de Maduro para traducir el trino de las aves al español. Tenemos ya alucionaciones auditivas y visuales. Sigamos. Los delirios de grandeza del mandatario no le caben en el pecho. Él es Venezuela y todo el que le enmiende la plana y le tosa comete traición a la Patria. Sobre los cortocircuitos que sufre su lógica no es necesario extenderse mucho, basta con echar un vistazo a las cifras económicas del país y darse una vuelta por los supermercados, tan famélicos como los cubanos. Pero el rasgo más marcado por el que estoy convencido de que Maduro está enfermo es su manía persecutoria a lo Nerón. De seguir así, no es de extrañar que una noche salga a tañir la cítara mientras observa desde la balconada de Miraflores como arde Caracas. A fin de cuentas, basta un fósforo para que el país se prenda entero y no precisamente por el combustible que encierran sus entrañas.

En lo que va de mandarinato, Maduro ha denunciado no menos de una docena de golpes de Estado. Una asonada cada dos meses. De ser cierto, de por sí, este aluvión conspirativo debería llevarle a recapacitar sobre las ganas que le tienen algunos. Sin embargo, no hay insurgencia capaz de ser tan prolífica. Porque, seamos serios, montar un golpe de Estado lleva su tiempo y, por mucho que la oposición se dedique enteramente a ello, no hay margen para tanto complot salvo en sus sueños. El alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, a quien conozco personalmente y le pegan menos las intrigas que a James Bond un chándal, es el último damnificado de esta locura.

En este desvarío que va a más, este pobre enfermo fantasea con un supuesto eje Madrid-Bogotá-Miami para sacarlo a tortas del poder. Aunque nadie le cree, a él poco le importa. Su cabeza está llena de pájaros que trinan. “Todos te odian. Quieren envenenarte. No te fíes de nadie...”, repiten. Así, como Venezuela entera no entra en un psiquiátrico, el desgraciado enfermo va camino al manicomio. Por su propio pie.

Humberto Montero

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