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Columna Destacada | PUBLICADO EL 05 septiembre 2022

¡Paren el mundo, quiero bajarme!

¡Paren el mundo, quiero bajarme!
Por Juan José García Posada - juanjogp@une.net.co
Infográfico

A Mafalda y Quino se les atribuye esta frase tan célebre: ¡Paren el mundo, que me quiero bajar! Aplicada a la actualidad, podría explicar el sentido de la recomendación universal que ha hecho la metafísica ministra de Minas para que los países avanzados frenen su crecimiento económico. Ha puesto a la orden del día la teoría del decrecimiento, defendida por el pensador rumano Nicholas Georgescu-Roegen y ampliada por el francés Serge Latouche, quien sintetizó el objetivo del decrecentismo en la consigna de abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento mismo.

Ese cambio total de sistema se encuadra en la bioeconomía y el posdesarrollo, conceptos muy bondadosos y altruistas, ajustados a la humanización del poder que al parecer inspira al gobierno de Petro, pero por ahora catalogables dentro de las utopías construidas por pensadores o soñadores divorciados de la realidad. Utopías útiles al menos para dorar la píldora, desviar la atención de la gente pragmática y acosada por la ansiedad de cambio, la austeridad en el uso de recursos, la igualdad y la justicia social. Con todas esas finalidades axiológicas puede uno estar de acuerdo, a pesar de que resulten contraevidentes a la hora de pasar de la fantasía a la práctica. ¿O será que van a hacerle caso a la señora ministra los gobernantes del primer mundo y van a reunirse hoy mismo para diseñar con nota de urgencia una estrategia global de decrecimiento?

A la calma, a la prudencia, al manejo de las palabras como horma exacta de las ideas debería invitarse no sólo a la señora de Minas, sino a los demás funcionarios que se dejan soltar la lengua por colegas que los acosan en las escalas con cámaras y micrófonos. Así, un ministro del Interior no retaría con el dicho del genial Paspi, el que entendió entendió. Un ministro de Hacienda no perdería la serenidad en la difícil sustentación de la reforma tributaria, propuesta de impopularidad inevitable hasta en las naciones más civilizadas. Ponderación, control emocional, extensivo al embajador en Venezuela, para moderar la felicidad del encuentro con el dictador Maduro y su séquito y eludir expresiones ridículas de lambonería. La abrazoterapia no siempre obra prodigios en la diplomacia. Respeto a la tradición democrática y la distancia crítica frente a las tiranías, que debería mostrar el veterano canciller. Les convendría a todos, ahí sí, un decrecimiento de los egos y del ánimo revanchista. Austeridad republicana, decían Carlos E. Restrepo y Uribe Uribe. Gobernar con el ejemplo de la ecuanimidad sapiente.

La teoría del decrecimiento es una belleza. Tengo esa impresión ahora cuando he estado leyendo a Latouche, en La apuesta por el decrecimiento. Esta y otras obras afines podrían anexarse a cautivantes programas de gobierno que privilegien la justicia social y el rescate de lo humano. Pero no tanto como para corear a la genial pero ilusa Mafalda por si no nos hacen caso los países más crecidos, para que “paren el mundo, que me quiero bajar” 

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