Las bromelias quedaron ocultas bajo la sombra de las orquídeas. Ni su fuerza —representada en la forma en que anudan sus hojas en el centro— ni sus colores vibrantes —de tonos casi artificiales— les han sido suficientes para rebasar la fama de la flor nacional.
Pese a esto, y con la intención de reivindicar su valor, en el Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe de Medellín se han dado a la tarea de coleccionarlas. Se trata de una labor difícil por sus dimensiones: las bromelias son el segundo grupo de epífitas —después de las orquídeas— con el mayor número de especies a nivel global: 3.600 aproximadamente, de las cuales cerca de 600 están en Colombia.
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En el Jardín hay ahora alrededor de 38 —algunas todavía en vivero— distribuidas en lo que llaman el Bosque Andino. Todas pueden observarse desde un sendero de madera que atraviesa el espacio que ocupan ceibas, inchis y nazarenos. Las bromelias se abrazan a los troncos retorcidos, sin distinción se trepan en los altos y en los enanos. A todos los adornan.
Son endémicas del neotrópico, es decir, de Sudamérica, explica Juan David Fernández, coordinador de Colecciones Vivas del Jardín Botánico, mientras las señala una a una. Todas encarnan una paradoja sorprendente frente a las orquídeas: contrario a estas, que tienen representación en todos los continentes, las bromelias han decidido crecer solo aquí, en Latinoamérica.
Se han especializado, se han adaptado a ciertas características y tienen requerimientos específicos que solo encuentran aquí, aunque bien podrían crecer en casi cualquier lugar del mundo.
Evolución y fuerza
Pueden brotar y mantenerse en extremos atmosféricos: desde el nivel del mar, pasando por el cableado eléctrico en las ciudades (ver foto), hasta los 3.000 metros de altura (en ecosistemas de páramo). Han evolucionado de forma tal que, contrario a la mayoría de plantas que se alimentan a través de las raíces, las bromelias solo utilizan las mismas como mecanismo de soporte. Lo que necesitan para vivir lo toman directamente a través de las hojas, alcanzado un grado de especialización muy escaso en el reino vegetal.
Bajo el microscopio se aprecia cómo cada una de las hojas tiene cientos de entradas —similares a sombrillas invertidas— que llevan el agua hasta el interior. Por eso, una mañana con neblina húmeda les es suficiente para absorber el agua necesaria del día.
Florecer y morir
La flor de una bromelia brota solo una vez en la vida y, después de hacerlo, toda la planta se aboca hacia la muerte. Todos los esfuerzos y nutrientes los concentran en la formación del fruto y las semillas, de ahí que después la inflorescencia, las raíces y las hojas empiecen a tornarse descoloridas y secas. Su tiempo de vida varía entre especies. Están las que duran apenas dos años y las que llegan hasta los ocho.
En el Bosque Andino del Jardín se desprende un 10 % de las plantas al año (los vientos las tumban de los árboles, por ejemplo), lo que lleva a pensar que, en un período de diez años, en un bosque sano, todas las que mueren logran ser remplazadas por las venideras, un rasgo que da cuenta de su ingenio. Antes de morir dejan algunos “hijos” en la base (laterales) y semillas en las hojas. Como otras plantas se rebelan contra su destino, dice Maurice Maeterlinck en La inteligencia de las flores: “Ese mundo vegetal que vemos tan tranquilo, tan resignado, en que todo parece aceptación, silencio, obediencia, recogimiento, es por el contrario aquel en que la rebelión contra el destino es la más vehemente y la más obstinada”.
Vigilantes del aire
Aunque ninguna bromelia necesita de los árboles para sobrevivir (también crecen en macetas de forma ornamental), en los bosques prefieren los lugares elevados para captar mejor la luz y el agua. De ahí que se suban a los troncos.
Esa ubicación privilegiada las ha vuelto, sin embargo, vulnerables y, por ende, biomonitoras del medio ambiente.
Si se las estudia pueden dar cuenta de qué tan contaminado está el aire en el habitan. Absorben gases y metales pesados que quedan en evidencia cuando se analizan sus hojas en el laboratorio.
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De igual modo, si hay cambios bruscos de humedad, no podrán absorber el agua de la atmósfera y se les notará. Si hay lluvias torrenciales pueden terminar en suelo del bosque y morir (todas posibles consecuencias de la crisis climática).
También son indefensas ante la transformación del paisaje, por ejemplo, por la tala de árboles. “Las afecta la deforestación, lo bueno es que de esto último hemos podido rescatarlas”, continúa Ana María Benavides, líder de Conservación del Jardín, “justo antes de que hayan ocurrido varias talas en el Valle Aburrá, hemos alcanzado a llegar para tomarlas, traerlas aquí y darles otra oportunidad”.
Las bromelias son comunes en casi todo el departamento, sobre todo en el Oriente antioqueño y en sitios como San Pedro de los Milagros, Barbosa y el Parque Arví. Como buenas vecinas, de espíritu comunitario, prestan servicios vitales a otros seres vivos. Pequeñas ranas, insectos, culebras y lagartijas habitan en ellas. Otras, como las guzmanias (ver foto de portada), además de estratificar los bosques (llenarlos de diversidad) sirven de alimento al oso de anteojos.
La belleza de la naturaleza fácilmente embelesa, dice Joaquín Antonio Uribe en uno de los apartados de Cuadros de la naturaleza, pero además de eso, la misma suele ser una maestra, “cuyas enseñanzas son altamente útiles, pues llevan a la mente las ideas más nobles, y despiertan o excitan en nosotros sentimientos que dormían o estaban aletargados”. Solo es preciso abrir el corazón.
Actualmente no hay otro espacio o Jardín Botánico en el país que conserve en sus instalaciones un número tan alto de especies de bromelias. Poco se valoran. Comparten pues con las orquídeas el calificativo de epífitas, que hace referencia a su cualidad de treparse a los árboles. No los lastiman, los enriquecen y embellecen.
600
especies de bromelias han sido registradas, hasta la fecha, en Colombia.