Perseo, el mito que rugió en la cumbre del rock paisa

Historia de una de las bandas de Hard Rock más importantes de los años noventa en Medellín.

  • Perseo, la mítica banda de hard rock que cambió la escena musical de la Medellín de los años 90. Foto: Cortesía.
    Perseo, la mítica banda de hard rock que cambió la escena musical de la Medellín de los años 90. Foto: Cortesía.
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Escuché hablar por primera vez de Perseo en 1992, tenía quince años. Era sábado. Al mediodía, tras un partido de fútbol en la cancha de La Mota, Jorge Velásquez —amigo— me preguntó:

—¿Has escuchado a Perseo?

Por entonces, yo consumía vorazmente rock inglés de los años sesenta y setenta, y algo de bandas estadounidenses; veía con desdén la escena local, dominada por ese sonido crudo del punk y del metal extremo, una cueva encendida que no entendía. —No —le respondí—. Supongo que es más de esa carne molida que vos digerís.

Jorge se rio. Luego, me dijo:

—Son unos manes de La Villa que están haciendo una música la hijueputa. Un rock pesado, pero con sonido clásico. A vos te gustaría.

Lo escuché con desconfianza y cautela. Recordé esa vieja manía de la gente de exagerar opiniones propias, acompañadas de gestos grandilocuentes para imponerse.

Todo mito empieza cuando alguien regresa a casa sabiendo que ha visto algo irrepetible. La noche anterior, Jorge los había escuchado. Ante cerca de dos mil personas, Perseo —fundada en 1986— se había presentado en el coliseo del Colegio San Carlos, teloneando a Juanita Dientes Verdes y a Ekhymosis. Cuando cayó el telón, el entusiasmo en aquel recinto no ardió con la misma intensidad. Su sonido potente y una puesta en escena ambiciosa —con luces, humo y un dominio de tarima poco común— empezaban a dejar huella en la historia del rock de Medellín.

—¡Y el vocalista! —exclamó Jorge—. Es un man en muletas, pero ¡qué monstruo para cantar!

Descubriendo el mito de Perseo

Ese día, Jorge me prestó un casete que incluía las tres canciones de No es tan sencillo (1990), primer EP de la banda. Entonces, la memoria irrumpió como lo hacen las revelaciones: sin aviso y sin pedir permiso. Era como si Carbure hubiese renacido una década después, pero con un sonido más maduro: identifiqué ecos de Judas Priest, Dio y Whitesnake.

Quise saber más de Perseo. En aquellos años, sin internet ni redes sociales, la información se buscaba en el papel —básicamente en El Colombiano y El Mundo—, pero, sobre todo, por la vía más mágica: la voz de la calle —casas de amigos, esquinas de Belén, compañeros del colegio y, cómo no, la plazoleta de La Villa de la Aburrá.

Así empecé a armar, casi sin darme cuenta, el mapa de Perseo y de sus integrantes: “Pitti” Mejía, “Repo” Restrepo, “Coco” Jaramillo (Q.E.P.D.) y “Simón” Cañola. Pero a su carismático vocalista se le nombraba sin rodeos, con respeto y admiración entre la comunidad roquera: Édgar Roldán, a secas, sin apelativos ni adornos, dueño de una voz irrepetible que rugía en cada canción, con ese timbre que no se aprende ni se imita, porque nace con el cantante, como un don que la vida concede a muy pocos.

Empecé también una suerte de reportaría empírica y apliqué mi manía de discófilo: leer créditos, identificar integrantes, sello, productor y compositores.

Un año después llegó a mis manos el EP Reina de la noche (1992). Grabado en los estudios MIDI Mix, bajo la supervisión de Víctor García —figura clave del rock paisa— y con la ingeniería de sonido de un joven Fernando “Habichuela” López, el trabajo mostraba que Perseo concebía la música con un rigor profesional inusual dentro del circuito independiente de la ciudad.

«Siempre apuntamos a ser algo más que cuatro peludos sobre un escenario tocando rock», recuerda Gabriel “Pitti” Mejía, baterista. «Queríamos un espectáculo completo, como las grandes bandas del mundo, pero adaptado a nuestro entorno: sonido, imagen y puesta en escena».

Para Juan Fernando Castaño —conocido como Dynamo— ver a Perseo en concierto era vivir una experiencia intensa e inolvidable: «El juego de guitarras entre Andrés Cañola y “Coco” Jaramillo era como tener a nuestros propios Glenn Tipton y K. K. Downing», afirma. «La armonía entre la batería de “Pitti”, el bajo de “Repo” y la energía de Édgar, desplazándose en muletas, encarnaba un espectáculo único», añade.

El mito que no se sostuvo: la paradoja de morir en el punto más alto

En 1994, Perseo volvió al estudio para cumplir un anhelo largamente postergado: publicar su primer álbum. A la postre, el único.

En contraste, grabado en Promix, y publicado por Codiscos, mostraba una versión más accesible y comercial del grupo, sin perder su esencia roquera. Temas como “Azúcar” o “Cuando sea grande” los perfilaba para abrirse a otras esferas y salir de esa gruta local, de esa escena profundamente endogámica, potente y apasionada, pero atrapada en su propio ecosistema. Pero todo, misteriosamente, se detuvo allí.

¿Por qué bandas tan talentosas e influyentes no alcanzan mayor proyección y se disuelven en su punto más alto? ¿Fueron Perseo un caso clásico de la agrupación cuyo impacto se mide más por lo que sembró que por lo que vendió?

Porque la influencia sola no paga las cuentas. Sostener el proyecto exigía una fortaleza anímica y una gestión comercial enormes.

Para Román González, músico, gestor cultural y documentalista de la historia del rock en la ciudad, Perseo fue víctima de una Medellín sin productores de rock con un rol creativo claro: «Para ellos la responsabilidad quedó en manos de operarios de sello, más técnicos que artísticos. A eso se sumaron presupuestos muy bajos y casi ningún apoyo en difusión; así que las bandas hacían lo que podían, muchas veces con recursos propios », explica.

Perseo tenía clara su estética y su sonido, aunque cedió a presiones puntuales de la industria. «“Azúcar” fue un caso evidente de una apuesta por un sonido más “comercial”, cercana a lo que entonces ocurría en México con Maná —explica González—. Aun así, la escena heavy no se los cobró con dureza, porque fue un desvío aislado, sin importancia, a diferencia de Ekhymosis, cuyo cambio fue total y aún hoy se le reprocha», concluye.

Y es que ser referencia no garantiza permanencia, menos en una escena como la de los años noventa sin canales de difusión: escenarios, festivales, sellos independientes o políticas públicas que respaldaran estas propuestas.

¿Se sumaba a ello la discapacidad de Édgar? No, pero siempre se supo que la mentalidad de los directivos de la época estuvo obsesionada con la imagen, temerosos, además, de que su presencia fuera leída como una explotación de la vulnerabilidad. ¡Como si una discapacidad riñera con el glamour del arte y del virtuosismo!

Por su parte, Juan Carlos Coronado, músico y guitarrista cercano a la banda, fundador de Emma Hoo y La Universal, coincide en que la propuesta de Perseo fue demasiado ambiciosa para un mercado reducido: «Tuvieron devotos, pero no inversionistas que les dieran un impulso nacional». Dice, igualmente, que «su ética artística chocó con una lógica de mercado que exige simplificación, repetición y presencia constante, y Perseo jamás se traicionó para sobrevivir comercialmente».

Entre la enfermedad y el recuerdo

Conocí a Édgar una noche de octubre de 2017, mientras tocaba en un bar de la Av. Jardín, en Laureles. Sentado con su guitarra, interpretaba covers a petición del público. Me acerqué a saludarlo y le agradecí por lo que él y su banda habían aportado al rock de la ciudad. Esbozó su sonrisa eterna —esa que no claudica—, se acomodó las gafas y, con la amabilidad que lo caracteriza, me confesó que le emocionaba encontrar personas que aún valoraran aquello. Antes de despedirme, lo felicité por su repertorio.

Luego me asaltó una tristeza inesperada. Pensé que leyendas del rock paisa como Édgar merecían un destino más generoso que cantar fines de semana en bares a cambio de algunos pesos y de aplausos efímeros. Una sociedad que olvida a sus artistas está condenada a vivir sin alma, diría alguien.

De niño, su cuerpo conoció la fragilidad: un día, las piernas dejaron de obedecerle. No fue una condición congénita, sino una enfermedad que llegó sin aviso y se quedó para siempre: la polio. Con los años, a esa marca física se sumaron otras batallas silenciosas: las estrecheces económicas y el desgaste de una vida que lentamente empezó a jugarle en contra.

A finales de 2022, esa realidad se hizo visible. Trilogía Bar organizó un concierto solidario. Lo recaudado se destinó a aliviar, aunque fuera momentáneamente, los gastos de salud y subsistencia que Édgar enfrentaba.

Desde entonces, su familia ha mantenido en discreción sus condiciones actuales. Sin embargo, hace un par de años empezó a circular, casi en voz baja, la sospecha de otra enfermedad que lo aqueja. Al principio, dicen, no quiso que se supiera; luego, ni siquiera que lo vieran, salvo su círculo más cercano.

Se trataría de un trastorno neurológico que va aislando el cuerpo del cerebro: la mente permanece lúcida mientras el cuerpo se va apagando por partes. Primero fueron las manos; desde el año pasado, también la voz.

No sabemos si hoy su vida —como en la angustiosa letra de un tango— se apaga lentamente, como la luz de un farol. Tal vez su cuerpo y su alma solo aguarden volver a vibrar, como escribió Virgilio: “ante los amistosos silencios de la luna”.

Para muchos jóvenes, la música de Perseo fue un refugio íntimo donde era posible respirar, pensar y compartir, lejos del halo de violencia que atravesaba la ciudad. Su rock potente, introspectivo y poético no necesitaba estruendo ni confrontación para ser intenso. La banda ofreció otras estéticas, amplió y legitimó el lenguaje del rock local en medio del ruido y la rabia social que destilaba la ciudad, y eso, en la Medellín de entonces, fue un gesto profundamente contracultural.

Perseo no fue una banda más: fue una de las cumbres creativas del del rock paisa, un oasis de sofisticación que hoy muchos recuerdan como la más refinada, talentosa y visionaria de su generación.

Más generación