Beatriz González: la artista, la historiadora, la intelectual de provincia

Con la muerte de Beatriz González se cerró uno de los capítulos de la historia del arte colombiano. En esta semblanza, Carlos Uribe da pistas para entender la relevancia cultural de la artista y crítica de arte.

hace 4 horas
  • Beatriz González en su última exposición en Medellín. Foto: El Colombiano.
    Beatriz González en su última exposición en Medellín. Foto: El Colombiano.
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Beatriz González [1932-2026] murió y con ella tristemente se cierra el telón de fondo de su reinado en el arte colombiano. Lo afirmo, no de forma crítica, cuestionando su legado, sino reconociendo que luego de la muerte de Débora Arango, ella pasó a ser la artista colombiana más influyente y visible en la escena internacional del arte. Ahora su corona la ostenta -con mucho mérito-, su discípula Doris Salcedo.

González nació en Bucaramanga el 16 de noviembre de 1932, hija de un intelectual y político de carrera santandereano y de una mujer proveniente de una familia de pedagogos liberales. Ellos le proporcionaron una educación con “ternura e inteligencia”, como ella misma lo relató. Luego de terminar su bachillerato en 1956, viajó a Europa por primera vez y comenzó sus estudios de arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia, de los cuales declina a los dos años. “Supe que mi carrera no era la arquitectura; las matemáticas y el dibujo estaban bien, pero no me gustaba la obra negra...”, dijo. Tal vez, por esto mismo, se dedicó con esmero a la “obra blanca”, a partir del dibujo y la pintura. Con su estancia en Bogotá, y dadas sus inquietudes, asistió a los tempranos cursos de historia del arte dictados por Marta Traba en la Universidad de América.

Ingresó a la Facultad de Artes de la Universidad de Los Andes en 1959, donde se graduó como Maestra en Bellas Artes en 1962. Realmente, tenía en mente otro camino, distinto al artístico. “Yo tenía intenciones de dedicarme al mundo de la publicidad en Bucaramanga, cuando entré a la universidad lo hice porque había una materia de publicidad. En 1959 la Facultad era muy deficiente. Yo no la encontraba muy diferente a una academia de provincia. Pero tenía dos clases excepcionales: historia del arte y humanidades [...] también tuve clases con Roda [Juan Antonio], quien nos dio toda clase de visiones del arte y sus posibilidades. Él nos estimuló mucho. Marta Traba nos enviaba a ver exposiciones y así escribíamos las primeras críticas”. Viajó a Washington y a Nueva York en un programa de movilidad dirigido por la misma Traba, para conocer de cerca el expresionismo abstracto y las nuevas tendencias del arte moderno, donde tuvo el privilegio de conocer in preasentia las obras de Robert Rauschenberg y Frank Stella. Para 1960, el arte Pop y la abstracción geométrica apenas daban sus primeros pasos, pero esta experiencia visual y estética marcaría inevitablemente su horizonte como artista.

Beatriz González: la artista, la historiadora, la intelectual de provincia

En 1964 contrajo matrimonio con el arquitecto Urbano Ripoll. Junto a un grupo de reconocidos artistas, arquitectos y gestores culturales, hizo parte de la fundación del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Entre ellos estaba el pintor Alejandro Obregón, quien vio un cuadro suyo sobre las variaciones de Vermeer, y se le acercó y le dijo “que yo era el futuro de la pintura colombiana (nunca se imaginará cuanto se lo agradecí). En 1974 nos reencontramos y, al recordárselo, me dijo: ¿Por qué no lo fue? Las mujeres son tenaces para todo menos para el arte, me contestó él mismo”, relató la artista. Su lucha fue intensa desde entonces para encontrar y consolidar un lenguaje propio entre una tiranía decimonónica, excluyente y patriarcal de las academias y facultades de arte. Igual que Débora Arango, su otro arquetipo como artista y mujer de ruptura, González debió remar contra la corriente de su propio tiempo. Como anécdota y paradoja para su ulterior vida de rigurosa investigadora y precisión por la fuente histórica, es importante señalar que Carmen Ortega Ricaurte en su Diccionario de Artistas en Colombia, no la mencionó. La primera edición del libro es de 1965, fecha en la cual González había expuesto en el XVI Salón de Artistas Colombianos, recibido un Segundo premio en el Salón de Pintoras de Cali y reseñada en críticas de revistas y periódicos. Extraña e inadmisiblemente omisión de referencia.

Por su parte, en su libro Procesos del Arte en Colombia, editado por el Instituto Colombiano de Cultura en 1977, Álvaro Medina tampoco la mencionó ni le otorgó una línea. No la destacó siquiera en el capítulo III, Trayectorias, donde sí dedicó un análisis crítico a María Paz Jaramillo, Óscar Muñoz y Juan Antonio Roda, contemporáneos suyos.

No obstante, su verdadera mentora fue, como se ha señalado, la crítica e historiadora del arte argentina Marta Traba. Ella no solo fue su profesora en la Universidad de Los Andes, sino que la orientó personalmente en su carrera artística y la reconoció como un espejo en sus inquietudes sobre la historia, el arte, los movimientos feministas y la política. Para González, la figura de Traba no fue intrascendente: se convirtió en un modelo a seguir. El aura intelectual y el respeto que como autoridad en el arte y la cultura irradiaba en un mundo dominado por los hombres, la halagaba y acogía dentro de sus convicciones. No solamente la graduó con sus compañeros de universidad con el título de “La Papisa”, sino que adoptó paulatinamente su corte de cabello y su fashion, así como su postura crítica, dura y rigurosa de historiadora y formadora de generaciones para el arte. De ella recuerda como una marca indeleble, los comentarios críticos en la muestra final de la universidad: “Recibí [de su parte] una crítica fuerte, aunque no destructiva. Marta Traba se refirió elogiosamente a casi todos los expositores menos a mí. Me acusó de permanecer en la neutralidad. Yo no entendí muy bien, pero me pareció adivinar que aquello de la neutralidad no era un elogio. Creo que de todo ello me di cuenta cuando regresé a Bucaramanga a pintar, ya sola, sin maestros y sin cátedra”.

Beatriz González: la artista, la historiadora, la intelectual de provincia

Nunca renunció, hizo parte de la segunda generación de los artistas modernos en Colombia, señalados por Marta Traba y refrendados posteriormente por otros historiadores y curadores del arte. Junto a ella despuntaron Álvaro Barrios, Bernardo Salcedo, Santiago Cárdenas, Felisa Bursztyn, Luis Caballero, Ana Mercedes Hoyos y Antonio Caro, entre otros, así como mujeres artistas que hicieron parte de su generación universitaria: Clemencia Lucena, Gloria Martínez, Camila Loboguerrero, Sonia Gutiérrez, Nirma Zárate, por mencionar las más destacadas.

Los obstáculos en su vida fueron muchos, y en el arte muchos más. Comprender el arte universal y la odiseica construcción de un arte propio la desvelaba y retaba constantemente. En alguna de sus entrevistas, señaló: “Marta Traba, como profesora de arte, nos inculcó una veneración por los artistas colombianos que ningún otro profesor había logrado. Nos los explicaba y hacía querer, y eso me fue convenciendo de que era imposible superar a Botero. Todo lo mío era una lucha por no hacer boterismo. Una reyerta cuerpo a cuerpo con el volumen. En un emblema de honestidad, tenía la formación de Roda, alguien muy vertical. Y el rigor de Marta Traba, es decir, el síndrome de la cuchilla encima [...] yo pintaba niñas, algo así como las meninas, pero eso no me llevaba a nada, no estaba satisfecha. Hasta que un día abrí el periódico y me encontré una foto con “Los suicidas del Sisga”. La obra la mandé al XVII Salón de Artistas Colombianos y fue rechazada, reconsiderada y premiada en el mismo evento. El tema de los suicidas y la reapropiación de imágenes de prensa fue una cantera inagotable que aún me nutre. Fue la llave que me llenó de alegría y me libró del agotamiento”. Así fue como González encontró un tono y una actitud cada vez más rotunda, sin ataduras, que la llevó a ser considerada y reconocida como una artista de renombre en el arte latinoamericano entre los años setenta del siglo pasado y entrado el siglo XXI. Modelada a contracorriente de las preferencias sociales y de los movimientos artísticos, optó por la deriva que abrían las nuevas tendencias “después del fin del arte” —parafraseando al crítico norteamericano Arthur Danto—, para deconstruir cánones como patrones, y así, redireccionar su mirada hacia las imágenes de la historia del arte, lo popular latinoamericano, la tragicomedia nacional, las contingencias de lo cotidiano y la ironía sobre el gusto burgués. Optó por nunca más ser neutral, ante nada y ante nadie. A propósito, su amigo y compañero de estudios, el pintor Luis Caballero, le dijo en su momento: “Usted es la única que ha sido capaz de pintar a los colombianos”.

Luego vendría la apoteosis. Su participación en las bienales internacionales de arte de Medellín en 1968, 1970, 1972 y 1981. Declinó de mostrar sus pinturas en la última y pidió que se enarbolara un gran pendón con la frase firmada: “Esta bienal es un lujo que un país subdesarrollado no se puede dar”. Participó en las de Artes Gráficas de Cali; la Bienal de Arte de Sao Paulo en 1971; Pintura colombiana del siglo XX, Casa de Las Américas, Habana, 1977; XXXVIII Bienal de Venecia, 1978; Bienal de Grabado de Puerto Rico, San Juan, 1979; Bienal de Grabado de Tokio, 1979; Panorama de la nueva pintura latinoamericana, Buenos Aires, 1980. En los ochentas y noventas, más tamizadas, se dedicó a educar en el Museo de Arte Moderno de Bogotá y a ser curadora e investigadora para exposiciones en el Museo Nacional de Colombia y miembro del comité de Colecciones y Exposiciones del Banco de la República. En el nuevo milenio el destino la convirtió en un hito global: su obra conquistó los templos del arte desde la Documenta en Kassel 2014 hasta participaciones de su obra en exposiciones icónicas como, The World Goes Pop en la Tate Modern Gallery, Londres, 2015; se hicieron retrospectivas de su obra en el Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos, 2017, Museo Reina Sofía, Palacio Velásquez, Madrid en 2018 y el Museo de Arte de Houston en 2020, un colofón para su vida y obra más que merecido.Su carácter incansable y transgresor nos deja una obra invaluable cercana al millar de obras que hacen parte de colecciones públicas y privadas. Optó por la democratización del arte a través de la gráfica, se le reconoce igualmente la desacralización de la pintura llevándola al objeto y resemantizando la escultura, abriendo no solo con este gesto la dimensión instalativa, sino desde la misma pintura con sus telones 10 metros de Renoir, Telón de boca, Siga Ud.; cortinas de gran formato como Decoración de interiores, Zócalo de la comedia, y murales como Mural para fábrica socialista, la conquista del espacio tan escasa y compleja para los artistas.Es una lástima qué en sus últimos años, los años de la vejez y la solitud, su hijo, su único hijo Daniel, la hubiese encerrado y apartado del mundo y de los amigos que le brindaban su afecto y respeto. Tan especial y amiga de Medellín —la ciudad que la considera parte de su legado, ya que fue artista promotora y fundadora de la colección del MAMM—, vino por última vez en septiembre de 2022 al lanzamiento de la primera edición de su libro Ante el arte, compilación de crónicas y artículos sobre arte, editado por la Editorial Universidad de Antioquia, en el cual se encuentra, entre otros, su Carta a jóvenes artistas, un manifiesto por la ética, el oficio y los imaginarios. Se ha ido la maestra que nos enseñó a mirar y a comprender el arte. Gracias por su legado de memoria, su perseverancia y resistencia.

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