Río abajo: historia de la biografía no autorizada de Francisco de Roux

Lo que comenzó como una entrevista escolar a los catorce años se transformó en una obsesión literaria de seis décadas de historia colombiana. En este artículo se cuenta cómo un hombre que carga con los pecados de sus antepasados llegó a sostener la base intelectual de la izquierda contemporánea, mientras el biógrafo lidia con la paradoja de un individuo cuya vida pública es insuficiente para explicar su misterio.

  • Francisco de Roux, sacerdote jesuita, fue el presidente de la Comisión de la Verdad, organismo que investigó las razones del conflicto armado en Colombia después de la paz que el Estado firmó con las Farc en 2016. Foto: El Colombiano.
    Francisco de Roux, sacerdote jesuita, fue el presidente de la Comisión de la Verdad, organismo que investigó las razones del conflicto armado en Colombia después de la paz que el Estado firmó con las Farc en 2016. Foto: El Colombiano.
bookmark

En el Colegio San Ignacio yo era un muchacho intenso y raro que estaba metido en cuánta cosa se le ocurría para capar clase. En mis escapadas me solía cruzar con Horacio Arango, el nuevo rector. Horacio solía dar largos discursos a las 6:45 de la mañana, sobre la esperanza y la injusticia, sobre honrar la vida en una sociedad destruida. La mayoría de nosotros dormíamos mientras Horacio hablaba, refugiados en el sueño del frío de la mañana.

Todo mi bachillerato, Francisco de Roux venía cada año para darnos un día de vacaciones y hablar de la guerra. Él era el provincial de la Compañía de Jesús. Con Francisco, por una vez, los ignacianos prestábamos atención. Después de saludar, pasaba rápidamente a los descuartizamientos, a las masacres, contaba de evisceraciones, pueblos arrasados y familias incineradas. Repetía y repetía la pregunta evidente: “¿Cómo permitimos que pasara?”. Sus palabras abrían la cortina a un vacío de cientos de miles de muertos.

Entre el silencio de la biblioteca, la intensidad de los descansos, la libertad de las canchas y los instantes de deliciosa anarquía, flotaban los dientes afilados que habían hecho nuestra civilización. Después del asesinato de Alfonso Cano, el colegio amaneció rodeado de anillos de militares. La sociedad paisa no podía estar mejor. Habíamos ganado la guerra y eso era patente en el estilo de vida de mis compañeros, en los murmullos sobre los padres de muchos, en el casual desprecio que sentíamos por el mundo exterior.

Portada del libro <i>Río abajo</i>, de Simón Murillo Melo.
Portada del libro Río abajo, de Simón Murillo Melo.

Gracias a Horacio Arango, entrevisté a Francisco en uno de los pasillos del San Ignacio. Tenía 14 años y fue la primera entrevista que hice en la vida. Salió horrible, pero, para mi sorpresa, Horacio la hizo publicar en El Mundo. En el bachillerato me llegaron pequeños resquicios de una historia que sabía entonces más grande. Me acerqué a una versión escolar del Servicio Jesuita a Refugiados e hicimos un curso sobre la guerra y el despojo, apoyado plenamente por Horacio. El vértigo de la violencia se me aparecía ahora en todas partes: en las esquinas iluminadas de algunas calles de Medellín, en la geografía vacía de la explotación que reemplazó a la selva en el Urabá y en el suroeste antioqueño. Mi primer año en la Universidad de Antioquia, el “No” ganó en el plebiscito por la paz.

Pensé en Francisco y su vida para mi trabajo de grado. Justo acababan de nombrarlo presidente de la Comisión de la Verdad. Nadie había escrito seriamente sobre él. Un día lo abordé a la salida de un Encuentro de la Verdad en Medellín: “Quiero escribir un libro sobre usted”. Él apenas me recordaba. Le hablé de la importancia de su vida, del peso de los suyos y la importancia de recogerlas antes de que se perdieran. Parecía muy incómodo. Le dije que él también había sido un actor en la guerra, una víctima. Mis palabras me parecieron extrañas, pero persistí.

Empecé a recorrer en círculos su vida. Durante dos años hablé con quien se me ocurriera sobre Francisco. Pero no había intercambiado una palabra con él. En el 2022, un año delicado para la Comisión de la Verdad, finalmente lo perturbó el fisgón. Me desautorizó ante la Comisión, lo que nos llevó a una conversación dura, la primera que teníamos en varios años. No sé por qué, pero después de eso él decidió que siguiéramos adelante.

A veces conversábamos largo, usualmente en las mañanas en su casa en La Soledad, en Bogotá. Francisco se acercaba a los ochenta, pero no paraba. A las 4 o 5 de la mañana saltaba de su cama a trotar en medio de la calle. Después de correr, como es su costumbre desde hace décadas, Francisco medita por lo menos 30 minutos, intentando lograr el silencio, el vacío de su conciencia. Con frecuencia celebra la eucaristía después. La rutina la aprendió de muchacho de los jesuitas, que lo aprendieron de los Ejercicios Espirituales que imaginó Loyola en una cueva en la montaña. El practicante cuestiona varias veces al día las mociones de su alma, la profundidad de sus deseos, las posibilidades de la cotidianidad. Los jesuitas se pasan la vida prepárandose para sentir el oleaje divino, para liberarse de las ataduras del mundo, poder sentir lo que Él quiere y, finalmente, confundir la propia voz con la suya.

A mí me llevaba a dar vueltas por el barrio, a comprar una cosa al Carulla, o ir a donde el cerrajero. Creo que nos hicimos amigos, a pesar, o precisamente por lo peculiar de la situación, la distancia del tiempo. Algunas veces era abrumador para ambos.

No estaba interesado solamente en él. Si su abuelo perpetró la masacre de las bananeras, Francisco fue fundamental en el surgimiento del movimiento por los “derechos humanos” en el país y construyó la base intelectual que sostiene a buena parte de la izquierda política contemporánea y al sistema integral de verdad, justicia y reparación. Es probablemente la figura más consecuente de esa amplia y discreta corriente, la teología de la liberación, en nuestro país. Cuando dirigió el Cinep, el más atrevido centro de pensamiento del país, el movimiento de la séptima papeleta tuvo sede en sus sótanos. Él, siendo en últimas un pacifista, ha estado en combates, ha habitado y sufrido la guerra como pocos. Por décadas Francisco y los suyos fueron perseguidos por fuerzas del Estado. En él anidan muchos de los dolores y esperanzas que acecharon al último siglo.

Creo que la gran contradicción al centro de mi libro es que intento entender a Francisco a través de una vida pública que es insuficiente para explicarlo, mientras uso destellos de su interioridad para contar la guerra que tantas veces estuvo a punto de devorarlo. ¿Quién es él? Hoy tal vez no lo sepa. Nabokov escribió que el “mundo muere con el individuo”. Esa advertencia bien aplica para mi libro: no crean que mis palabras revelan ese misterio que es Francisco.

Empecé a escribir el libro en el 2022. El primer borrador era una historia temporalmente lineal, una en la que no omitía ningún detalle y en donde mi propia voz se aplanaba por el maremoto de hechos pasados. Mis pareceres saboteaban la historia. Era muy malo. Estefanía Carvajal lo leyó y pasó un rato puteándome por la atrocidad que estaba a punto de cometer. Paré y volví a empezar.

En junio de 2024 tenía listo un manuscrito que le mostré a Francisco. No le gustó. Se sentía traicionado por el libro. Hay momentos en que soy crítico con él, en que veo algunas de sus acciones e inacciones insuficientes con la arrogancia de la distancia. En otros momentos hago el andamiaje de su vida demasiado amplio: hay cientos de personas mencionadas con nombre propio en el libro. La red era tan grande que pudo estar pescando donde no era. Él lo leyó con escepticismo, otras veces con angustia.

Tuvimos otra conversación larga en el Colegio San Ignacio. Me dijo sus reparos, algunos puntuales, otros generales. Particularmente, sentía que su interioridad, que su vida espiritual, estaba relegada a la infatigable sucesión de acontecimientos, catástrofes y maravillas que siempre lo han rodeado y que me concentro en narrar. Esa primera versión del libro tenía además cierto énfasis en la ética sacrificial común a los sacerdotes: Francisco dijo que había tratado de abandonar esa concepción, que él, en vez, había intentado que su existencia fuera un manantial de vida.

Hice cambios en el manuscrito, pero dejamos de hablar por algunos meses. Solo retomamos nuestra conversación cuando el periodista Juan Pablo Barrientos le armó un escándalo de “encubrimiento” de un abuso sexual cometido casi 50 años atrás por un hombre que él apenas conocía. Los medios de comunicación replicaron la acusación sin vergüenza ni duda. Me pareció un chiste cruel. Francisco había caminado toda su vida una cuerda floja ética: algo imprescindible para quien su trabajo es la paz. Con frecuencia Francisco trata con asesinos múltiples, salvajes criminales y gélidos señores de la guerra. En él no hay ninguna de las certezas morales que tanto suelen aflorar en estos días de impostada pureza. Un excomandante guerrillero me dijo que Francisco es único porque “camina en el borde del volcán”.

Escribí algo sobre eso en El Espectador. Francisco la leyó y pudo haber pensado que me interesaba algo más allá de exponerlo. Volvimos a encontrarnos. De nuestras conversaciones salieron una serie de nuevas versiones del manuscrito. Él hacía correcciones, expandía algunas ideas, se quejaba de algunos párrafos. Aunque a veces le hacía caso y otras veces no tanto, esa exhaustiva revisión mejoró significativamente el texto, lo hizo más claro, más directo y verídico.

Finalmente, en junio del 2025, tuvimos una conversación telefónica. Todavía insatisfecho, Francisco me dijo un jesuitismo: “Hay muchas cosas que no comparto del libro. No puedo darle mi aval, pero sí mi amistad: publíquelo de una vez”.

Meses atrás yo había empezado a tantear cómo hacerlo. En el libro, que ya se llamaba Río abajo, señalo los vínculos de los generales Jorge Enrique Mora, Iván Ramírez, Harold Bedoya y Manuel José Bonnet en el asesinato de Mario Calderón y Elsa Alvarado; hablo de la relación de María Fernanda Cabal con la destrucción del bajo Atrato y sus gentes; menciono la participación de la Compañía de Jesús en el genocidio yareguí. A ninguna editorial le interesó.

Fue gracias a una cena con mi amiga Sara Fernández que el camino se abrió. Sara hace lilibroarte y es una editora formidable. Fue por ella que el manuscrito cogió forma y se convirtió en un libro bello. Una de las mejores partes de este proceso de casi seis años fue haber podido trabajar con ella. Si a estas alturas puedo dar un consejo a cualquier prospecto de autor, es que se autoediten. La mayoría de editoriales hoy apenas ofrecen algo de valor y se quedan con toda la tajada.

A algunas personas que confiaron en mí y son parte de esta historia les ha gustado el libro. A otras no. ¿Estoy mirando con honestidad? ¿Cuántos errores puedo estar cometiendo? ¿Son injustos mis encuadres? Nací más de cincuenta años después de él, pero esta es la historia que me tocó. Los escritores inventamos y buscamos historias, pero hay algunas que son parte de nosotros, que llegan, injustamente tal vez, a nuestro regazo.

“El mundo muere con el individuo”; surgimos de lo que heredamos, rechazamos, transformamos. Francisco, que cambió nuestra sociedad de tantas formas, siempre ha estado acompañado por un signo de interrogación que traza cada día en su alma. Extrañamente, todo tal vez se reduzca a una pregunta, a la pequeña certeza de poder pronunciarla, a unos minutos de silencio en el frío de la mañana.

Más generación