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El Cambio

Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. El cambio es el tema de este mes, el hilo conductor para celebrar que regresamos renovados.

  • Uno de los dibujos que hacía Manuel Mejía Vallejo. Foto: Achivo familiar
    Uno de los dibujos que hacía Manuel Mejía Vallejo. Foto: Achivo familiar
  • Dibujo de Manuel Mejía Vallejo. Foto: Archivo personal
    Dibujo de Manuel Mejía Vallejo. Foto: Archivo personal
  • Uno de los dibujos que hacía Manuel Mejía Vallejo. Foto: Achivo familiar
    Uno de los dibujos que hacía Manuel Mejía Vallejo. Foto: Achivo familiar
  • Dibujo de Manuel Mejía Vallejo. Foto: Archivo personal
    Dibujo de Manuel Mejía Vallejo. Foto: Archivo personal
Edición del mes | PUBLICADO EL 02 abril 2023

Don Manuel, escritor y dibujante

La mejor manera de recordar a un escritor es leyéndolo. Aquí unos fragmentos de su obra y también una entrevista hecha a retazos con lo que dijo en algún momento a periodistas de El Colombiano.

Una entrevista hecha a retazos

“Muchas veces lo mejor se nos queda en sueño”

Entre sus más viejos recuerdos están los árboles, el agua, las nubes, los montes, las tempestades...

“Y un sentido especial de la muerte. Yo recuerdo

que se veían los farallones del Citará y entre ellos las tempestades permanentes hacia el Chocó. Entonces siempre hablaban de la muerte y yo pensaba que la muerte llegaría entre los farallones. Inclusive. ya grande, tuve algunas pesadillas en que yo veía a la muerte con su guadaña, que me venía a cortar el pescuezo... La muerte estuvo muy cerca de mí. Yo tenía un sentido de la soledad porque fui asmático hasta los catorce años. Recuerdo que mis padres me ayudaban a respirar, me levantaban los brazos porque quedaba desmayado, sin aire”.

Escribía desde niño

“Era niño todavía cuando serví como ‘secretario de los amantes’ entre un arriero y una de las del servicio de allá, en Pipintá: como ambos eran analfabetos yo redactaba los mensajes de amor y sus respuestas. Fueron mi primera obra. Luego, cuando cumplí trece años, mi madre envió una carta donde elogiaba mi manera correcta para describir una visita a la plaza de mercado, una visita de una tía, una visita a Dios en cualquier iglesia. Me puse a pensar qué era esa vaina de escribir bien, y de ahí nació mi vocación”.

¿Qué le falta por hacer?

“Ni en literatura ni en nada se alcanza a dar todo lo que se debería dar, solo hay una vida aunque haya mil posibilidades: somos seres inconclusos, como algunas obras, y muchas veces lo mejor se nos queda en sueño, en ambición frustrada, en esbozo de lo que pudo haber sido. Pero como seguiré vivo hasta el primer minuto de mi muerte, habrá tiempo de llenar algunos vacíos de lo que me falta por hacer”.

¿Tiene tics para escribir?

“Hay tics nerviosos como hay tics literarios. Me aburren los tics en el amor y la vida. Pero sobre todo en la literatura intento llegar a buscar, sino encontrar, nuevos ángulos de enfoque, nuevos puntos de vista para la conducta humana, para la visión de cada personaje. Detesto el ‘tipo cédula’ tan patentado en nuestra narrativa. Yo asumo la aventura”.

¿Cómo escribe?

“Yo trabajo mucho la obra, el idioma, la trama, la estructura. No soy facilista. No escribo de un momento a otro. Algunos de mis mejores capítulos me han salido con tragos, llego tarde en la noche y escribo a mano febrilmente. A la mañana siguiente, lo paso a máquina”.

Dibujo de Manuel Mejía Vallejo. Foto: Archivo personal
Dibujo de Manuel Mejía Vallejo. Foto: Archivo personal

Algunos fragmentos

Al pie de la ciudad, 1958.

—¿Cómo es un muerto?

—Uno que se queda dormido sin respirar, dormido del todo sin respirar.

—¿Y no se ahoga?

—No importa porque ya está muerto.

—¿La muerte duele?

—Seguro que no porque los muertos no se quejan.

—Mi abuela dice que en la travesía se oyen quejidos de un difunto que espanta.

—Le dolerá el alma cuando se la queman en los peroles del infierno.

—¿Cómo es el alma?

—Será como un chicharrón pero no la fríen sino que la asan en la Paila Mocha. No se ve ni se come, el diablo atiza con un tenedor la candela.

El día señalado, premio Eugenio Nadal 1963

Los brazos de la cruz señalan este letrero: José Miguel Pérez. Diciembre de 1936 - Enero de 1960.

Entre las dos fechas hubo una vida sin importancia. Nació porque un hombre dijo a una mujer que lavaba ropa en el río:

—¿Te irías conmigo a cualquier parte?

Y porque la mujer bajó los ojos jugando nerviosa con los dedos. Su resistencia fue apenas una invitación a que el otro la venciera.

Para José Miguel Pérez los días se hicieron estrechos como el camino del vientre al mundo. A toda hora tuvo que nacer y que morir un poco, sin darse cuenta. De niño dijo las palabras de los niños, de hombre hizo lo que los hombres hacen cuando no tienen más remedio.

Memoria del olvido, 2014.

Hay quiénes tienen soledades de juguete

para sus ratos tristes;

hay quiénes sacan del bolsillo

una seriedad de pañuelo

y se la estampan

antes de conversar;

hay quiénes piden permiso

para enamorarse,

para tararear una vieja canción,

para ir al baño;

hay quiénes viven de prestado

y cada día se cobran

su cuota semanal.

Hay quiénes siempre caminan en puntillas

Para no despertarse,

y al dormir doblan sus sueños

debajo de la almohada.

Hay quiénes jamás podrán morir

porque nacieron muertos desde antes.

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Revista cultural con 82 años de historia. Léala el primer domingo de cada mes. Vísitela en www.elcolombiano.com.co/generacion y en el Instagram revista_generacion

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