El domingo de elecciones la coreografía aparece sola. En el edificio, el ascensor baja lleno: una señora con camiseta blanca “por la paz” (por supuesto), un vecino con gorra de un color que no nombra ningún candidato pero lo dice todo, y alguien que lleva un sticker en el celular con un eslogan tan moralmente impecable que uno casi siente culpa de no estar bien peinado. En la portería, el celador pregunta por quién van a votar y nadie responde del todo, como si estuvieran negociando un tratado internacional. En la fila del puesto de votación, en cambio, aparece el milagro de la sinceridad: no se habla de propuestas, sino de gente. “Ese man no me inspira confianza.” “Esa vieja me parece peligrosa.” “Yo lo que quiero es que no ganen los otros.” Y entre esos “otros” y ese “yo” empieza a operar el mecanismo más útil y tramposo de la política: la necesidad de mostrar públicamente que uno es buena persona, o al menos del lado correcto.
Las guerras culturales son eficaces porque traducen problemas complejos en señales rápidas. La idea de “freedom fries” en Estados Unidos, a inicios de los 2000, fue menos una discusión sobre gastronomía que un ejercicio de señalización patriótica: rebautizar papas fritas para que el almuerzo también sirviera de declaración moral. Y las controversias periódicas alrededor del himno en eventos deportivos —pararse, arrodillarse, guardar silencio— vuelven un gesto de segundos en un examen de alma. Ahí la “causa” importa, sí, pero el mecanismo social es evidente: el gesto funciona como marcador tribal, como pulsera de acceso, como contraseña.
El ejercicio político se vuelve coreografía y se evalúa socialmente, la gente habla incluso cuando sabe que su poder individual es pequeño. ¿Por qué sentimos la urgencia de mostrar una postura si esto es apenas un grano en una playa? Porque el pronunciamiento rara vez se dirige al Estado; se dirige a la tribu. Sirve para afirmar identidad, ganar aprobación, evitar sospechas, reclutar aliados y proteger estatus. En otras palabras: la utilidad del discurso no es solo político; es social. Por eso hay debates que parecen diseñados para producir aplauso inmediato, no para resolver algo; el aplauso es un resultado, la solución es un proceso largo que no recibe aplausos.
En la guerra cultural no se disparan balas: se disparan gestos. Se dispara con camisetas, con hashtags, con banderas en la foto de perfil, con boicots de tres días y con silencios que duran exactamente lo que tarda uno en darse cuenta de que lo están mirando.
La virtud en vitrina
Hablemos de la señalización de virtudes, que en versión coloquial es pavoneo moralista. No se trata solo de tener valores, sino de exhibirlos rentable e incuestionablemente. Es ese impulso de decir en voz alta lo correcto, no tanto para que ocurra algo correcto, sino para que los demás vean que uno hace parte quienes que piensan lo correcto. No siempre hay mentira; a veces hay convicción auténtica. El detalle es que la convicción se vuelve una moneda social. Compra prestigio, consolida pertenencias y ayuda a señalar quién es “de los nuestros” y quién merece sospecha.
En una oficina cualquiera, alguien propone “un pequeño gesto”: cambiar la firma del correo, poner un lazo, subir un post institucional. Pero de pronto el gesto se vuelve obligatorio sin decirlo. Hay un minuto en que ya no se trata de apoyar una causa, sino de mostrar que uno apoya la causa. Quien pregunta “¿y esto qué cambia?” queda con cara de aguafiestas moral. Quien propone “hagamos algo concreto” recibe el silencio que se reserva para los herejes: ese silencio que no discute, solo registra.
En redes el mecanismo se perfeccionó: la moral se volvió interfaz. Un amigo comparte una consigna con tanta pureza que parece escrita por un comité celestial. Nadie sabe qué significa exactamente, pero todos saben qué comunica: “yo soy de los buenos”. Lo interesante es que casi nunca se discute la eficacia de la acción, sino la elegancia de la postura. Y la postura, en tiempos de guerra cultural, es la unidad mínima de pertenencia.
Aquí entra Geoffrey Miller con su idea de que la política también es exhibición. En su libro “Virtue Signaling: Essays on Darwinian Politics and Free Speech” mira esta dinámica con lentes evolutivos: como el pavo real despliega plumas no para volar mejor sino para ser visto, los humanos desplegamos opiniones morales y políticas para ubicarnos en el mapa social. Suena cínico pero explica cosas que de otra manera parecen inexplicables, como esa capacidad humana para indignarse con fervor por causas remotas mientras se le olvida saludar al vecino. En tiempos electorales, además, el plumaje se vuelve obligatorio: el silencio se interpreta como complicidad, y el matiz como traición.
El pavoneo moralista persigue dos cosas, la inmediata es el prestigio: ser percibido como decente, inteligente, compasivo, valiente, moderno —lo que sea que esté cotizando alto en su círculo. La final y más valiosa: pertenecer a una tribu y reforzarla. Las elecciones son el ritual perfecto porque convierten la vida pública en un gigantesco mercado reputacional. No solo se elige un cargo; se compite por superioridad moral. Y cuando la política se convierte en competencia moral, el debate deja de ser intercambio de razones para convertirse en prueba de lealtad.
Escenas de vida real
La señalización funciona mejor cuando cuesta. En campaña se premia al que parece “arriesgarse” por una causa: una frase que desafía a un enemigo difuso, un rechazo teatral a la corrección del otro bando, una renuncia simbólica a algo. Pero las campañas aprendieron hace rato que se puede fabricar costo sin pagar demasiado. Es el arte de la valentía con airbags: parecer disruptivo para los propios, sin arruinar el capital social.
Se ve en escenas pequeñas, porque la política también es pantomima. Un candidato visita un barrio con cámara y sonido; abraza a una señora, escucha veinte segundos una historia, asiente con gravedad y repite una frase que cabe en un trino. El gesto es real, la señora existe, el abrazo ocurrió; lo que es artificial es la proporción: la emoción ocupa el lugar que debería ocupar la explicación. En otro evento, una senadora entra a un debate con una libreta llena de cifras, pero el titular del día termina siendo un “enfrentamiento” por una por “su tono”. En una rueda de prensa, un alcalde anuncia un plan; lo que se viraliza no es el plan sino cuando “paró en seco” a un periodista o “puso en su sitio” a un contradictor. En una discusión municipal sobre migración o seguridad, por ejemplo, preguntar por cifras te vuelve “inhumano”, pedir matices te vuelve “cómplice” y señalar costos te vuelve “enemigo”. Ya no importa si el argumento es sólido, sino qué “tipo de persona” pareces ser por formularlo. La política como gestión es aburrida; la política como batalla moral es entretenimiento.
Por eso la indignación se volvió la gasolina más barata y más potente: es una emoción que grita “yo no tolero esto” y, por tanto, “yo soy bueno”. Lo incómodo es que rara vez se dice “yo entiendo cómo arreglar esto”. La gestión —política pública, presupuesto, implementación, renuncias inevitables— suena poco heroica y se vende mal. De modo que la campañas se vuelves fábricas de gestos morales y el ciudadano corre el riesgo de votar por el mejor actor bienpensante.
La política se vuelve detector de pureza: se evalúa carácter, no consecuencias. Y ahí el pavoneo moralista prospera, porque el gesto simbólico vale más que la consistencia. El resultado es una democracia que habla como si todo fuera apocalipsis. Cada elección se vende como el último combate entre el bien y el mal. La narrativa es seductora porque la gente prefiere sentirse protagonista de una épica que gerente de una realidad. Y la épica tiene una ventaja: permite odiar con buena conciencia. Lo tribal no solo une; también autoriza. Si el otro bando encarna el mal, no hay necesidad de comprenderlo; basta con señalarlo. Y señalarlo, en tiempos electorales, es un deporte de alto rendimiento.
Hay otro detalle fino —y muy contemporáneo—: no todos nos relacionamos igual con las normas de conversación. Miller sugiere que ciertos estilos cognitivos más directos, menos diplomáticos, más literales pueden chocar con entornos donde lo importante es decir “lo correcto” con la entonación correcta. En política, la consecuencia es que se premia al que domina el idioma ceremonial de la virtud, no necesariamente al que entiende la complejidad del problema. El candidato que nunca dice algo incómodo puede ser simplemente competente en evitar costos reputacionales. Y el ciudadano confunde esa fluidez con calidad moral. Es como enamorarse de alguien porque sabe brindar: elegante, sí; garantía, no.
Ciudanía crítica
Una sociedad plural no puede funcionar si exige unanimidad emocional. La diversidad real produce desacuerdos reales. Si cada desacuerdo se convierte en ofensa moral, la conversación pública se encoge. La gente aprende a callar o a repetir consignas. El pavoneo moralista florece en esos ambientes porque ofrece seguridad: decir la frase correcta te protege. Pero la protección viene con un precio democrático: perdemos la capacidad de discutir límites, costos, prioridades. Todo se vuelve absoluto. Nadie admite dudas. Nadie cambia de opinión. Y la política, sin posibilidad de corregirse, se vuelve fanatismo con logística.
Lo más tramposo de la señalización de virtudes en elecciones es que suele presentarse como “conciencia”. Y claro que puede haber conciencia. El punto es que, mezclada con incentivos de prestigio y tribalismo, la conciencia se vuelve también instrumento de competencia. En vez de preguntar “¿qué funciona?”, preguntamos “¿qué me hace ver bien?”. En vez de construir acuerdos, acumulamos señales. Y esas señales, a menudo, no apuntan al problema sino al espejo.
Conviene, entonces, mirar con lupa la dramaturgia electoral, esos momentos cuidadosamente diseñados para que el público concluya que el candidato “es buena persona”. No es que sean irrelevantes; es que son insuficientes. Un gesto simbólico no es un plan. Una indignación conmovedora no es una estrategia. Y una pureza moral sin capacidad de gobernar puede ser una forma sofisticada de irresponsabilidad.
También conviene vigilarse a uno mismo, que es la parte menos divertida. Porque el pavoneo moralista no es solo cosa de candidatos; es tentación ciudadana. Todos queremos pertenecer. Todos queremos prestigio. Todos queremos que el mundo nos reconozca como del lado bueno. En campaña, ese deseo se intensifica, y el juicio moral se vuelve forma de ubicarse socialmente: se habla para recibir aprobación o para evitar el castigo de ser confundido con “los otros”. Ahí, la libertad de pensar se reemplaza por la obligación de alinearse.
Entonces, ¿qué hacer con todo esto sin volverse un ermitaño que solo vota y se va? Tal vez una manera razonable —y bastante subversiva— de atravesar la temporada electoral sea aprender a distinguir entre la virtud en vitrina y la política en obra. La vitrina brilla, seduce, suma prestigio, marca tribu. La obra es lenta, sucia, llena de concesiones y rara vez produce aplausos. Pero es la obra la que arregla (o daña) la vida cotidiana.En el puesto de votación, no hay que ser cínico, basta con entender el mecanismo. La pregunta útil no es “¿qué tan virtuoso suena esto?”, sino “¿qué resuelve esto, qué cuesta, cómo se implementa y qué pasará cuando se acabe el aplauso?”.
Porque el país no se administra con plumas. Se administra con decisiones. Y las decisiones, a diferencia de las señales, no siempre hacen ver bien a quien las toma. A veces son impopulares. A veces son grises. A veces son razonables. Y en una democracia madura, esa debería ser una recomendación, no una sospecha.
