“Caterine nunca tuvo nada de tímida. Desde que llegó aquí, en 1999, se le sintió la energía y la alegría característica del Urabá”, relata Ana Margarita Jiménez, quien ha sido una de las administradoras de la Villa de los deportistas de Indeportes Antioquia desde hace 18 años.
La primera imagen, de una pequeña Caterine que aún no definía su especialidad en el atletismo, fue usando un traje sencillo en la fiesta de 15 años organizado en ese recinto.
El primer número que marcó la estadía de la chica de Apartadó fue el 310, cuarto que compartió con la patinadora Lida Pérez, quien le pulió el orden. “Al principio ella era desordenadita con las cosas de su cuarto, pero Lida sí era muy rígida en ese aspecto por lo que la acogió, le tomó gran cariño y desde eso Caterine se caracterizó por ser ordenada”, cuenta Ana Margarita.
Y así, en medio de las levantadas a las 7:00 a.m. para desayunar, ir al colegio Ferrini en el cual respondía a sus deberes aunque no fuera la más destacada, almorzar y dirigirse toda la tarde al estadio de atletismo Alfonso Galvis, volver a comer y disfrutar de las noches junto a sus compañeros, se desenvolvía de la alegre adolescente.
Luis Antonio Garzón, el otro administrador, se ríe al recordar la “galladita” de 10 muchachos del Urabá que se tomaba la tranquilidad de la noche y, con música, gritos, risas y chanzas, se hacían merecedores de los regaños de “doña Ana”.
“Caterine era la líder de ese grupo. Había que decirle que le bajara un poco al volumen de su voz por cuestiones de incomodar a sus compañeros, pero para nosotros no era un problema mayor”, relata, al agregar que es de las pocas que aún los visita.
Uno de los implicados en ese grupo era Éder César Moreno, que recuerda con agrado a su amiga de Apartadó y sus andanzas en la Villa. “Siempre tomábamos la grabadora, poníamos nuestro reggae y nos sentábamos a charlar. Cate era la más alegre, bullosa y enérgica, nunca se le veía aburrida”.
Algunas afugias
No todo eran risas. Hubo momentos, relata la administradora, en los que la triplista sufría y entraba en llanto. “Más que todo tenía que ver con el momento en el deporte”.
Ana Margarita también recuerda que la única que se reportaba para saber de la niña era la abuela y que eso le producía algo de tristeza, más cuando doña Oyola no podía asistir, por falta de recursos, a los eventos de su nieta.
Otro de los momentos en los que sufría eran las noches de soledad. Sentía miedo de salir a los pasillos porque, de acuerdo a la leyenda, se aparecía el fantasma de Antonio Roldán Betancur, exgobernador de Antioquia y dirigente deportivo asesinado en Medellín el 4 de julio de 1989. La Villa lleva su nombre.
Hasta que llegó un día de 2006 en el que Ibargüen tomó la decisión de abandonar la casa que habitó por siete años y emigrar a Puerto Rico.
Hoy, en ese sitio que recibe menos deportistas -en esas épocas podían haber hasta 300 alojados en cuartos de tres y cuatro camarotes-, con wifi y cable de televisión, aún se sienten las risas, la energía y las mismas ilusiones de la atleta. “Hace poco me di cuenta que ocupo el cuarto al cual ella llegó. Es una motivación pensar que de aquí salen campeones como Caterine”, relata Gicela Hernández, la futbolista que hoy es dueña de la habitación 310.