Donde unos ven fracasos, él aprecia oportunidades. Este principio guía la vida de José Luis Ortiz, caficultor de Támesis y quien se siente pleno de optimismo en el programa de los especiales.
Con un ejemplo explica su pensamiento: un fabricante de zapatos envió al África a un vendedor a ver qué se podía hacer en ese mercado, pero como toda la gente andaba descalza, se regresó diciendo que había perdido el viaje porque nadie usaba zapatos. El fabricante envió luego a otro que le trajo una visión totalmente opuesta del negocio: como nadie tiene zapatos, es la mejor oportunidad para venderles.
Campesino desde los 18 años y caficultor desde los 23, este manizaleño de 51 años tiene en la vereda San Luis, de Támesis, el cultivo de café más exótico del mundo: sus matas crecen en una montaña de rocas. No tienen sombra y curiosamente están prácticamente pegadas a las piedras. Todo mundo se sorprende.
“Je, je, tengo 35 mil matas sembradas, este lote lo tengo hace 11 meses y el cultivo hace dos años y medio”, cuenta.
Sostiene que el cultivo al aire libre se desarrolla con más facilidad y no necesita cargar tierras cuando se siembre. Por lo menos, en su caso, la experiencia ha sido altamente positiva y en el último concurso de la taza de café clasificó de 34 entre 506 exponentes. Para él es una proeza. Y un reto.
“Tengo que mejorar. ¿Cómo? El secreto del café especial está en la fertilización y la recolección, en eso no se puede ahorrar, porque el café en libre exposición exige más fertilizante, pero produce el doble que con sombrío”. Sus años de agricultor escarbando la tierra no han sido en vano. Su sonrisa y su elegancia lo asemejan a un Juan Valdés.
Hombre de proyectos
Hace frío en la montaña de Támesis. El predio cultivado con café son cinco hectáreas. La sonrisa amplia de José Luis florece casi más que el grano. Es un hombre de sueños, pero más que eso, de proyectos y de metas. Aunque se expresa con amplitud, no pierde el aire de campesino, esa frescura y sinceridad con las que habla.
“Mi papá compró esta finca hace 30 años, él la tenía con sombrío, pero yo cambié a libre exposición”.
Sus cinco hectáreas, dice, le pueden sostener 200 cargas al año, pero el lote es de renovación, es decir, todo el año produce el grano, lo que permite tener ingresos constantes.
Explica que para producir una arroba de café pergamino seco un caficultor necesita 60 kilos, “sólo necesito 54 kilos y creo puedo mejorarlo con un mejor manejo del cultivo”.
Ese optimismo irradia tanto, que ya su hijo Juan Felipe Ortiz, de 23 años, está listo para acompañarlo en su proyecto y, por qué no, relevarlo cuando sea el caso.
Hace poco terminó la secundaria y ya cursa estudios de producción agrícola en el Sena. Al tiempo, labora en otro predio agrícola en la región del Suroeste.
“Es un muchacho muy innovador y ya tiene esa vena de campesino, él es el que va a quedar con esto”, sostiene José Luis, a quien los que manejan el programa de cafés especiales en la Gobernación lo reconocen como un hombre “encantador”.
“Este predio es maluco pa’l trabajo por lo empinado, pero José paga bien aunque es exigente, hay trabajo todo el año”, dice Guillermo Bolívar, uno de sus recolectores.
“La higiene y un buen recolector son muy importantes en el cultivo del café especial”, asegura José Luis, subido en su montaña de café, con su sombrero vueltiao y su sonrisa ancha y transparente, un hombre admirado y muy respetado en las tierras tamesinas.
El recorrido de El Colombiano proseguirá por las montañas del Nordeste y el Norte antioqueños, donde haremos paradas en los municipios de Santa Rosa de Osos y Amalfi.