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En El Edén, José le canta al cultivo de los frutos rojos

José Joaquín Berrío Molina es un caficultor de Caicedo que se esfuerza por producir café especial. Sigue mejorando su finca para optimizar ganancias.

  • En cosecha, José Joaquín contrata a seis jornaleros. mantiene atento a que ellos tengan buenas prácticas. FOTO Juan Antonio Sánchez
    En cosecha, José Joaquín contrata a seis jornaleros. mantiene atento a que ellos tengan buenas prácticas. FOTO Juan Antonio Sánchez
En El Edén, José le canta al cultivo de los frutos rojos
20 de noviembre de 2014
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Del café siempre he vivido. Recuerdo cuando era niño, a los abuelitos: ellos sembraban café Pajarito. También caña. Después llegó el caturro y variedades especiales.

José Joaquín Berrío Molina canta sus versos en el patio de su casa, sembrada en medio de un cafetal. Con una guitarra visiblemente trajinada y con el pulgar de su diestra coronado por una uña artificial que mantiene en el bolsillo para posibles toques.

Es uno de los cultivadores de café especial, en su finca El Edén, de la vereda El Hato, de Caicedo, la cual fue formando, comprándoles a sus hermanos los predios que habían heredado de sus padres, muertos hace tiempos.

“Cuando yo era niño, mi papá, Juan Gregorio llamaba él, que en paz descanse, murió cuando apenas tenía 35 años, manejaba café pajarito. Nos mandaba a mi hermano Virgilio y a mí a coger el café de unos palitos que tenía en el potrero y nosotros nos íbamos muy contentos; no sabíamos para qué era eso”.

Murió el papá y José Joaquín no conoció la escuela. Por lo tanto, comenzaron para él días de terror. Eran los tiempos en los que palabra de cura era palabra de Dios y uno de Guasabra, corregimiento de Santa Fe de Antioquia muy cercano a El Hato, “decía que el que no supiera leer ni escribir se podía colgar como a un perro. Y en silencio yo sufría. Y, trabajando en el cafetal, le decía a Virgilio: ‘¿cómo se escribe mamá’. Mamá me enseñaba a juntar letras, diciéndome: ‘ellas van hablando’”.

Después, su mamá alcanzaría a enseñarle hasta las operaciones aritméticas, con las cuales lleva las cuentas de El Edén.

Esmero

Recuerda que él vino a preocuparse por el café, cuando se enamoró. “Cuando me dio por enamorarme me enamoré del café también, porque ya uno necesita platica para invitar a la muchacha y el cafecito siempre le da a uno con qué”.

Cuenta que al café Pajarito no le entraban plagas. Ni la roya, ni la broca; nada. Después apareció el Caturro, continúa explicando, que si lo dejaban crecer, crecía tanto, que necesitaban escalera para coger el de las ramas más altas.

“Ahora estamos esforzándonos por sacar cafés especiales —habla en plural, porque en este proyecto está incluida su esposa, Egidia Rodríguez, a quien, como dijo, por enamorar lo hizo enamorar del cultivo, cuando él tenía menos de 25 años—. Esto requiere ponerle más cariñito al cuento: desyerbar con machete, llevar registros de abonos y florescencias; recoger los granos que maduran adelantados; separar los cucarrones, que son esos granos quemados; lavar con agua muy limpia varias veces; no almacenar café húmedo, porque se daña. En fin, tiene su proceso. En realidad creo que no sale más caro. Uno, como pobre, lo puede hacer, pero, eso sí, requiere más esfuerzos y cuidados de parte de uno”.

Señala que no hace más de cinco años que comenzó su empeño por sacar café especial. Un día, llegaron a su finca unos técnicos con la idea y entendió que podía dar pasos para alcanzar esa producción.

“Pero a esto todavía le falta —reconoce—. Debo ampliar la tolva y mejorar los tanques. También voy a construir unos espacios para el secado en el tejado de la casa, para más cantidad al mismo tiempo...”

José Joaquín dice que la del campo siempre ha sido una vida dura, pero que, a diferencia de otros productos, el cafecito nunca lo abandona.

Toma su guitarra y canta:

Recuerdo que los abuelos molían en piedra. Un curita dijo que el café era el futuro.

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