En la memoria de Luis Alfredo Osorio se mantiene el enfrentamiento que en agosto de 2001 sostuvieron grupos armados ilegales en los alrededores de su finca, en la vereda La Inmaculada de Alejandría, Oriente antioqueño.
En esa época, él al igual que la mayor parte de sus vecinos abandonaron por miedo la zona. Aunque el recuerdo es constante, es solo eso: un pasado que se quedó atrás y ahora mientras limpia bajo la marquesina los granos de café, de la cosecha de final de año, Alfredo se declara optimista frente a su futuro como productor de café especial.
Aunque pasó mucho tiempo antes de regresar, Alfredo volvió con la firme intención de recuperar su cafetal y ponerlo a producir las 90 cargas que cosechó en los mejores tiempos.
Para lograrlo, obtuvo la certificación 4C que acredita que su cosecha cumple con ciertos requerimientos sociales, ambientales y económicos, lo que se traduce en un mejor precio a la hora de venderla. “De esas primeras cosechas, sacadas bajo esa norma, nos dijeron que la mayor parte se fue a Japón”.
No fue poca la lucha que tuvo con la roya y la broca, enfermedades que atacaron el cultivo y por lo que decidió renovarlo con la variedad Castillo para ganar esa pelea y el resultado muestra que lo logró.
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Uno de los componentes más importantes del mercado de los cafés especiales es el sobreprecio que se paga por la calidad o la categoría que el cliente desea. Pero los clientes también quieren saber que el mayor precio pagado llega al productor y no se queda en la cadena comercial.
Alfredo, sabedor de esas condiciones está comprometido con la producción y entrega de un café que se ajusta al requerimiento de trazabilidad, es decir que cumple cada uno de los pasos que el proceso del cultivo y beneficio demanda.
También sabe que es uno de los 184.000 caficultores que tienen fincas certificadas en el país y que para mantenerse en ese grupo no puede descuidar ningún detalle y por eso su interés en capacitarse permanentemente.
De su predio El Uvito, a 1.550 metros sobre el nivel del mar, resalta que salga un Café de Comercio Justo o Fair Trade, lo que le garantiza un precio mínimo de compra, que llega de la mano de sobreprecios de 40.000 o 50.000 pesos más por carga de 125 kilos.
Este año la cosecha se adelantó y Alfredo tuvo que contratar cinco trabajadores con quienes adelantó la recolección. “Recuerden coger solo granos rojos, nada de pintones ni verdes”, le recomendaba a la cuadrilla antes de volver a la faena.
Este labriego busca siempre asegurar que sus granos cumplan las condiciones de calidad que se exigen al café especial, se enorgullece de saber que contribuye a que el país muestre la calidad del producto y que parte de los beneficios lleguen directamente a su bolsillo.
No duda a la hora de invitar a otros productores a participar de los programas de apoyo y mejora de los cultivos. “Eso abre puertas y brinda la oportunidad para que los expertos evalúen la calidad del café, lo que hace posible una mejor venta que resulta provechosa para todos”.
Otra de las metas en que está empeñado este labriego es lograr que de las cuatro hectáreas que tiene de cafetal pueda alcanzar las 90 cargas que llegó a producir hace más de quince años. Las últimas cosechas han sido de unas 45 cargas, así que hace poco entendió que tendrá que elevar la densidad de árboles sembrados por hectárea, pues la actual de 5.202 es insuficiente.