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Opinión: Luis E. García de Brigard

  • Opinión: Luis E. García de Brigard
Opinión: Luis E. García de Brigard
06 de febrero de 2021
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Luis E. García de Brigard
Ex Viceministro de Educación

En la década de los 40, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos enfrentaba un serio problema: sus pilotos y aeronaves estaban experimentando una tasa desbordada de accidentalidad. Gilbert Daniels, un joven teniente encargado de encontrar la causa de este trágico misterio, descubrió que las cabinas de los aviones habían sido diseñadas siguiendo un curioso método. La Fuerza Aérea había tomado las medidas corporales de más de 4.000 pilotos y había construido una cabina que se adaptaba al tamaño del piloto “promedio”. Aunque esta solución parecía razonable, el teniente Daniels descubrió que, en realidad, no había un solo piloto cuyo cuerpo correspondiera con el nuevo estándar. En otras palabras, en el esfuerzo de diseñar una cabina que funcionara para todos, habían diseñado, en cambio, una que no funcionaba para ninguno. Fue allí cuando surgió algo que hoy parece obvio: cabinas ajustables, capaces de adaptarse al cuerpo individual de cada aviador.

En buena medida, nuestros sistemas educativos han seguido una lógica similar a la de la Fuerza Aérea de hace 8 décadas. Los currículos, la didáctica e incluso la arquitectura y mobiliario educativos han sido diseñados para el estudiante “promedio”. El problema, como bien lo describe el Dr.Todd Rose, profesor de la Universidad de Harvard, es que el estudiante promedio simplemente no existe. La consecuencia de este diseño ha sido trágica. Generaciones enteras de estudiantes han invertido dos décadas de sus vidas navegando un sistema incapaz de adaptarse a sus intereses, necesidades y talentos individuales.

El futuro de la educación depende de que los educadores diseñemos y construyamos el equivalente pedagógico a las cabinas adaptables que salvaron las vidas de miles de pilotos gracias al trabajo del teniente Daniels. La premisa educativa de los colegios del futuro debe ser el reconocimiento de que cada estudiante es único. Este reto exige repensar estructuras que han sido, históricamente, la columna vertebral de los sistemas educativos.

Para empezar, el rol del maestro del futuro tendrá que convertirse en el de un facilitador del aprendizaje, que acompaña a cada estudiante en su recorrido individual de conocimiento. Atrás debe quedar la noción del profesor como repositorio de contenido, dictando la lección desde un tablero mientras los estudiantes toman apuntes. La educación del siglo 21 debe superar la idea de las materias como silos independientes de conocimiento, para evolucionar hacia un aprendizaje versátil e interconectado (y ello implicará revisar la tradicional lógica de “horarios” escolares). El diseño arquitectónico que ha predominado en la escuela (uniforme y cuadriculado), debe dar paso a espacios que estimulen la creatividad, el trabajo en equipo y el aprendizaje por proyectos. Los laboratorios y talleres deben ser la norma, y no la excepción en el día a día de los estudiantes.

Cómo no mencionar, por último, la enorme ventana de oportunidad que ofrece la tecnología para acelerar este tránsito al futuro. La nueva realidad digital ofrece posibilidades que eran inconcebibles hace apenas una generación. Esto no se logrará trasladando las estructuras tradicionales a una pantalla de Zoom sino, por el contrario, aprovechando las infinitas herramientas de personalización que prometen las nuevas tecnologías.

Por primera vez en la historia podemos soñar, a escala, con una educación que se adapte a cada individuo en lugar de forzar a los estudiantes a adaptarse a estructuras rígidas, obsoletas e inflexibles. El cambio no da espera, pues en la escuela del futuro reposa también el futuro de la humanidad

La premisa educativa de los colegios del futuro debe
ser el reconocimiento de que cada estudiante es único

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