“Amo el fútbol y vivo para él, pero la familia está por encima de todo”, se le escuchó decir, a finales de 2018, a Lionel Messi, el astro argentino al servicio del Barcelona. Su amor y entrega al fútbol es imposible de ocultar y las cifras así lo demuestran: 756 partidos, 651 goles y 280 asistencias con el club español, y 142 juegos, 71 anotaciones y 42 pases de gol con la Selección Argentina. Además, los 36 títulos y 77 distinciones hacen del zurdo un adalid del balompié moderno.
Sin embargo, para llegar a esos números y cautivar a cientos de seguidores con sus jugadas, el deportista de 33 años necesitó el respaldo familiar para encender su chispa, de ahí que la anteponga sobre cualquier circunstancia. “Todo lo que he logrado en mi carrera ha sido gracias al sacrificio, a dar lo mejor de mí y al apoyo de mi familia”, se lee en la web oficial del delantero.
Desde niño, cuando empezó a mostrar su magia golpeando el balón contra una pared en calle Lavalleja del barrio La Bajada, de Rosario, los suyos lo motivaron a creer en su talento innato.
La primera persona que confió en él fue su abuela materna, Celia, a quien todavía recuerda cada vez que anota un gol, pues remata sus celebraciones señalando y mirando al cielo para agradecer a quien siempre lo animó pisar a la cancha.
Fue la obstinación de esta mujer la que llevó al menor de los Messi a fascinar con su pegada a Salvador Ricardo Aparicio, el hombre de 62 años que dirigía las categorías menores del Grandoli, el club en el que Lionel tuvo su primer acercamiento con el fútbol.
A Salvador, que entrenaba a uno de los hermanos mayores de Lio, le faltaba un jugador para completar su equipo. Miró a la tribuna y vio al pequeño Messi, de 4 años, patear contra una pared.
“Mi abuela le decía: ‘ponelo’. Y le decía: ‘No, no, que está muy chiquitito’. ‘Ponelo, que te va a salvar el partido’, le decía. Me puso y al final hice dos goles en ese partido”, contó Messi en una entrevista a TyC Sports.
Pero también lo respaldó férreamente su padre, Jorge, quien lo dirigió después en el Grandoli y lo impulsó para llegar a las divisiones menores del Newell’s Old Boys, y luego libró junto a él la dura batalla de buscar quién le financiara un tratamiento para compensar la deficiencia de la hormona del crecimiento que evitaba que Lionel tuviera la estatura de los niños de su edad (11 años).
Newell’s los apoyo por un tiempo y River, club que también mostró interés por él, se negó a pagar el tratamiento, que rondaba los 900 dólares mensuales.
Sin otra alternativa en Argentina, a Jorge le tocó cruzar el Atlántico para tantear la última oportunidad de que el fútbol disfrutara del talento de su pequeño.
Lejos del resto de su familia, sus otros tres hijos y su esposa Celia –que llevaba el mismo nombre de su mamá– Jorge y Lionel se hospedaron unos meses en el hotel Plaza de Barcelona mientras el jovencito hacía pruebas para ingresar a La Masia.
Bastó solo un juego amistoso para que Carles Rexach y Josep Maria Minguella, quienes llevaban las riendas del club catalán en ese entonces, firmaran al nuevo prodigio, le ofrecieran el tratamiento hormonal y pese a varias trabas, financiaran la estancia del resto de su familia en España, aunque años después nuevamente se separaran.
Lionel creció 29 centímetros en 30 meses gracias al tratamiento y junto a su familia, en otro país, empezó a construir la carrera que hoy lo tiene en la cima.