“Sigo siendo la niña a la que abusaron, pero también soy otras mil cosas”: Neige Sinno, autora de Triste Tigre

Invitada a la Feria del Libro de Bogotá, Neige Sinno es la autora de Triste Tigre, un libro que reflexiona sobre el abuso, el silencio y el trauma.

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Neige Sinno es la autora de Triste Tigre, un relato sobre el abuso del que fue víctima durante su infancia. Foto: Manuel Saldarriaga.

Por Ángel Castaño Guzmán y Alejandra Ovalle

La escritora francesa Neige Sinno visitó Bogota y Medellín durante la primera semana de la Feria del Libro de Bogotá. Traductora y autora de ensayos, un libro de cuentos y una novela, es conocida por los lectores en castellano sobre todo por Triste Tigre (Anagrama, 2025), un ejercicio de escritura en el que tuvo la valentía de mirar su herida, de describirla con una prosa poderosa. Siendo niña, Niege fue abusada por su padrastro. El libro trata de eso, pero también sobre el silencio, los traumas y la forma de repararse o no, a pesar de los estragos del mundo.

Por un problema de voz, Niege contestó estas preguntas de EL COLOMBIANO por escrito. Sin embargo, durante una breve charla, mientras le hacían las fotos para esta nota, contó que tardó treinta años en pensar su historia. Luego, apenas presionó la primera tecla del relato, se demoró año y medio en volverlo lenguaje y libro.

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Escribir nuestras propias historias resulta toda una apuesta porque implica no solo mirarse a sí mismo, sino escarbar en el pasado, en las cicatrices y en la memoria...

“Es cierto que hay un desafío en encontrar un equilibrio a nivel emocional para poder usar la biografía, lo vivido, como un material de escritura sin distanciarse demasiado. Se trata de observar y describir el dolor sin que este dolor te aplaste, te deje sin voz ; y a la vez para poder observar bien, hay que ir al lugar oscuro donde una no quiere mirar. Se necesita cierta crueldad para poder realmente hacer esta indagación.

Pero por otro lado hay algo que facilita la escritura en lo autobiográfico o la no-ficción, es que, obviamente, el material está dado, el trabajo no es inventar, está en otra parte – lo que no significa que no se usa la misma facultad de imaginación que en una novela, pero funciona de manera diferente”.

En Triste tigre, la escritura implica una narración fragmentada: un montaje de reflexiones, lecturas y recuerdos, retazos que encajan o no. ¿Por qué esa estructura?

“Quería romper el patrón de linealidad que se ha impuesto en la literatura testimonial – esa idea que hay un pasado oscuro, luego un momento de narración doloroso para finalmente llegar al futuro feliz o esperanzador o pacificado a través del ritual catártico de la narración. Quería recurrir a una percepción más subjetiva del tiempo, que hace que el pasado no está atrás siempre, a veces está enfrente, a veces está de lado, a veces está arriba o abajo, o aquí mismo. Es una estructura fragmentada en cuanto al relato pero quise también crear una sensación de homogeneidad en la voz, dar la sensación al lector que está viajando en un flujo imparable, que lo lleva un río. En este río flotan todo tipo de cosas que se van incorporando, y esas cosas son fragmentarias, pero la percepción general quería que fuera la de una inmersión en una consciencia, una mente”.

Dices que “no eres la niña a la que abusaron”, sino la mujer que analiza ese hecho. Esa voluntad de ponerte en tercera persona mientras escribes en primera, ¿te permitió encontrar las palabras precisas para nombrar el dolor o fue un recurso necesario para distanciarte emocionalmente?

“Bueno, sigo siendo la niña que abusaron, pero también soy otras mil cosas. Y el libro está escrito desde el punto de vista de este ser con muchas máscaras y muchas capas que es un adulto. Supongo que esa decisión tiene varias consecuencias. Fue primero una decisión técnica, una decisión literaria. La voz que habla es la de una mujer adulta que puede viajar internamente a varios lugares de su pasado y que puede también acudir a recursos que ha forjado a lo largo de una vida dedicada al estudio de las formas de narrar. A veces hablo de la niña que fui y nos acercamos un poco a ella, nos acercamos tanto que en algunos momentos parece que el relato nos lleva a los lugares de mi infancia. Pero no nos quedamos allí. Nos acercamos y nos alejamos. Eso crea una distancia emocional no sólo para mí pero sobre todo para la persona que lee”.

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Has dicho que antes veías el testimonio como algo impuro y pantanoso. Después de atravesar la escritura de este libro, ¿has descubierto en esa impureza una nueva forma de belleza?

“Sí, claramente. Y también me demostré a mí misma que la forma testimonial tiene sus desafíos estéticos y artísticos que no son menores a los de otras formas literarias más prestigiosas. No existe arte sin artificios. Lo que pasa es que los artificios, las construcciones formales que se usan para diseccionar a algo real tienen que ser fieles al pacto tácito que se firma con el lector desde el principio que es de no salirse de cierta búsqueda de verdad, cierta fidelidad con lo que una ha visto. Te comprometes en no embellecer (no estetizar o no hacer más feo, o más interesante o trágico o lo que sea – es decir, no usar recursos literarios que podrías usar para escribir una “mejor” historia), y entonces la “belleza” resultante reside en otros criterios”.

En Triste tigre, la honestidad no parece una confesión, sino una forma de rigor, una exigencia de la historia y una manera de señalar: esto también es humano, aunque sea feo. ¿Por qué elegir ese camino?

“Se trataba de resistir a la imposición de una resiliencia a toda costa. No sólo que hay personas más o menos resilientes, más o menos funcionales, más o menos dispuestas a perdonar y volverse a integrar en el sistema. Pero también no siempre es deseable la resiliencia. No todas las personas tenemos las mismas necesidades y deseos. Quería reflexionar sobre esta doble condena que se impone a las víctimas de violencia : primero son abusadas y luego tienen que seguir un camino bueno (denunciar, levantarse, salir adelante) y si no lo siguen no cumplen con lo que la sociedad se espera de ellas y son excluidas otra vez. Quería rebelarme en contra de esta forma muy reductora e injusta de considerar el lugar de las víctimas en la sociedad”.

“No lo sé. No creo que haya mucha diferencia entre testimonial y ficción en ese sentido. La literatura escrita por mujeres, sea o no testimonial, es un ejercicio de nombrar con palabras propias. Pero bueno, de todas maneras, qué sería realmente una “palabra propia”. El lenguaje es impuro, es herencia de siglos de historia de dominación patriarcal, colonial, capitalista. Es algo que me gusta explorar en mis libros, los límites de las palabras para nombrar las cosas, y ese extraño deseo de nombrar que tenemos. Por ejemplo, “abuso” si lo piensan bien, quiere decir que hay un umbral hasta donde es aceptable y que si lo pasas abusas. Pero en realidad ¿hay una dosis de sexualidad, de maltrato, de violencia en contra de un niño, una niña que sea tolerable? La palabra es tramposa, cuenta una historia de la cual me gustaría deshacerme, pero no puedo, porque no tengo otra (o si tengo otras son igual de complejas y ambivalentes). No hay palabra adecuada para hablar de la realidad de la violencia ( y quizá de ninguna realidad)”.

En el libro hablas de la maternidad desde una conciencia muy aguda de la vulnerabilidad. ¿Cómo ha condicionado tu propia historia la forma en que narras, escribes y vives la maternidad?

“Haber pasado por eso me hace muy consciente de la posición de vulnerabilidad absoluta que tiene la niñez en nuestras sociedades. ¿Qué significan realmente los derechos de los niños si son considerados propiedad de sus familias, cosificados, sexualizados, silenciados en todas partes?”

La escena en la que estás con tu hija y confiesas ese miedo a hacerle daño causa un impacto tremendo. ¿Crees que el poder del arte reside en convertir lo que vivimos como un secreto vergonzoso en una herida compartida?

“No lo diría así, pero quizá es lo mismo si digo que el poder del arte es hacernos ver lo que siempre había estado allí pero no podíamos ver. Suena rimbombante. Digamos que es uno de los poderes del arte, porque tiene otros. Esta escena de la que hablas no se puede resumir, la tienes que leer para que te pase algo, y lo que te pasa en ese momento, para mí es una experiencia literaria. Es una experiencia vital, la vives en tu cuerpo, en tu ser, es única, es tuya, y a la vez la compartes con una persona desconocida que ha escrito el libro en una soledad absoluta, eso es una experiencia literaria”.

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