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Cultura | PUBLICADO EL 30 enero 2022

Sonia Martínez, el legado de una compositora antioqueña a la música andina colombiana

Aunque empezó a componer a los 66 años, Sonia creó más de 400 obras. Murió este 25 de enero en Medellín.

  • Comenzó a componer en 1996, cuando tenía 66 años. FOTO TWITTER ANDRÉS AGUIRRE
    Comenzó a componer en 1996, cuando tenía 66 años. FOTO TWITTER ANDRÉS AGUIRRE
  • Comenzó a componer en 1996, cuando tenía 66 años. FOTO TWITTER ANDRÉS AGUIRRE
    Comenzó a componer en 1996, cuando tenía 66 años. FOTO TWITTER ANDRÉS AGUIRRE
LUISA MARÍA VALENCIA

La niña Sonia –pelirroja, tímida, de ojos saltones– sabía que la música iba a acompañarla hasta el último de sus días. Así lo sintió cuando fue elegida por su abuelo para ver juntos al guitarrista Andrés Segovia en el Teatro Junín, en la década de los treinta, o cuando pasaba horas escuchando los discos que sus padres hacían sonar en la vitrola.

Sonia Martínez aprendió rápidamente a tocar guitarra y a declamar. Su habilidad para la música y el castellano estuvo con ella desde la temprana infancia, pero su decisión de crear melodías y rimas –de convertirse en compositora– solo llegó a sus 66 años.

“Coclí coclí” fue el nombre que otorgó a un juego de coqueteo y seducción entre el bambuco y la guabina, obra con la que obtuvo su primer triunfo en el Festival Mono Núñez, en 1996. Para ese momento, Sonia tenía un miedo que se fue esfumando: el de escribir canciones tontas, cuya lírica no fuese acorde con la madurez que, según ella, debía tener una mujer de su edad.

Pero aquel triunfo, y el que vino dos años después con el pasillo “Contradicciones”, también en el Mono Núñez, le sirvieron para convencerse de ser lo que fue hasta el día en que murió: una compositora. No solo de música andina, aunque se destacó principalmente en estos ritmos, sino de tangos, boleros, sones cubanos y otros tantos que exploró cada vez que quiso.

Sonia se convirtió en una compositora tardía para el mundo, pero la música estuvo con ella en cada momento. Por ejemplo, cuando quería hacer dormir a sus hijos o para acompañar las puestas en escena que su hermano Gilberto dirigía en la Casa del Teatro de Medellín. También le gustaba rendir homenaje a sus amigas con algunas coplas que creaba para ellas cuando iban sumando décadas de vida.

Y no era solo la música. Era su guitarra. Su compañera de vida, como ella misma la nombró. Aunque a los 66 años fue públicamente una cantautora, Sonia cargaba con este instrumento desde los 7 años y no concebía el hogar sin dos, tres o hasta cuatro de ellas.

Fue una promesa para la época, pero también una mujer que se consideraba romántica, soñadora. Por eso, aunque los diarios anunciaban sus conciertos siendo tan solo una niña, Sonia eligió una vida familiar, acompañando a sus cinco hijos hasta el momento en que se descubrió compositora.

Al crear una canción, Sonia escribía primero la letra y era ahí, en sus palabras, cuando encontraba la melodía precisa para acompañar la lírica. Sentía una gran afición por la rima, la poesía; estudiaba y se divertía escribiendo décimas e incluso, algunas de sus letras nunca fueron musicalizadas porque no hubo ritmo digno de acompañarlas.

La inspiraba todo: el robo de los bigotes del gato de Fernando Botero, el tráfico del Valle de Aburrá, el tintico “para zanjar desacuerdos” o los dichos que se repiten una vez tras otra y a los que ella les encontró melodía, como “se me fue la paloma” o “farolito de la calle, oscuridad en la casa”.

Sonia tenía una apuesta para que sus conciertos se convirtieran en tertulias. Espacios en los que ella podía olvidarse de aquella niña Sonia, tímida, y recordar a la mujer de historias, coplas y parodias en la que se convirtió con el pasar del tiempo.

Una mujer teatral, que resguardaba máscaras y artículos de disfraces para cuando pudieran ser necesarios. Una artista dedicada a sus hijos y nietos, pero siempre con la guitarra cerca, para cantar o componer alguna canción.

Sonia fue una mujer de voz imponente y una cadencia tan singular como las letras que le componía a todo lo que la inspiraba. Una de las últimas fue escrita en agosto del 2021, en una suerte de presagio: “si nos dieron la vida hay que vivir. Y con ella llorar y sonreír”.

En noviembre del 2019, Sonia concedió esta entrevista sobre su historia como una de las compositoras de música andina más importantes del departamento. Aquí sus palabras:

¿Cómo fueron sus primeros acercamientos a la música?

Yo he sido música de siempre. Tuve la fortuna de nacer con el don musical, tal vez por el lado paterno que tenía con sus hermanos un conjunto de aficionados que tocaban tiples y guitarras. Éramos seis en la casa, seis hermanos, entre ellos Gilberto que fue director de la Casa del Teatro de Medellín. La casa era en el centro y la recuerdo mucho porque había una vitrola y una pianola. La Vitrola, con aquellos discos de 75 revoluciones que yo me deleitaba escuchando... Entré al colegio desde muy pequeñita y yo era la artista de los actos públicos.

A los siete años entré a una academia musical que había por ese entonces en Medellín, la Academia Musical de Gabriel Mejía. Yo tenía siete años y don Gabriel, a quien recuerdo con mucho cariño, llegaba a mi casa y me daba clases de solfeo y de guitarra y hacíamos actos finales en el Teatro Bolívar de Medellín. Eso tal vez es una parte importante, porque la guitarra llegó a mí desde ese momento y siempre ha sido mi compañera. Yo no concibo esta casa sin una, dos, tres o cuatro guitarras.

¿Y por qué no se dedicó a la guitarra?

Fui demasiado soñadora y romántica como para dedicarme siempre a practicar y practicar. No sé si me pesa o no. Puede ser, pero yo tuve una vida ya en otro nivel, familiar, muy, muy enriquecedora. Me casé, tuve mis hijos y a ellos les ayudaba con canciones y con todo. Entonces, en medio de lo familiar, la música siempre ahí conmigo, siempre ahí conmigo y yo en el fondo, sintiendo que podía dar más. Que yo podía hacer más. Podía ser más.

Yo pienso honradamente que si hubiera tenido la disciplina para estudiar lo que se necesita para llegar a ser concertista, habría sido una gran concertista. Porque yo desde los siete años tocaba con partitura y trémolo en la guitarra. Era, entre comillas, una promesa. Pero como yo era con ese romanticismo de chiquita, para mí lo importante era que disfrutaba con la guitarra y las canciones.

Sonia, ¿entonces cómo empezó a componer?

Yo tuve un grupo, el grupo Cántaro, que nació porque gente muy joven me contactaba y me pedía que les enseñara a cantar boleros y otras canciones. Con ellas grabé unos discos y recuerdo que alguien comentó “qué lástima que en ninguno de los dos haya una composición de alguien del grupo”. Y pues finalmente yo dije “bueno, voy a componer”. Esto fue en 1996, en enero.

Recuerdo perfectamente todo el entorno de ese momento... Estaba en una finca y yo me llevé un cuaderno y me senté ahí tranquilamente a escribir cosas, a escribir cosas... Y ahí nacieron algunas de las composiciones, entre ellas la que ha sido más importante para mí. Increíblemente, porque nunca lo pensé.

Es un bambuquito. Yo decía “ese es un bambuquito”, como decimos nosotros, y ese “bambuquito” que se llama Coclí Coclí fue el que me dio mi primer premio en el Festival Mono Núñez. Yo lo compuse en enero y el premio lo recibí en junio.

El Festival Mono Núñez tiene bastante tradición en el país... Hábleme de ese primer reconocimiento

Yo recibí ese primer premio a obra inédita. Por supuesto, allá la gente se sorprendía mucho, pues nadie me conocía a mí como compositora. Yo estaba empezando a componer hacía cuatro meses. Había compuesto algunas cosas y ya entonces, como alguien me dijo, fue entrar por la puerta grande de la composición.

Tal vez la música me estaba dando a mí ese gusto de poder entender que yo sí sabía, que yo tenía la capacidad de decir muchas cosas, pero me daba un poco de temor que ya a esas alturas yo fuera a decir tonterías, cosas reiterativas.

Y resulta que empecé a componer y a partir de ahí eso ha sido lo mío, componer. Eso me ha llevado a muchas partes, me ha dado muchas alegrías. A mí me inspira cualquier cosa. Una frase que dicen por ahí, algo que leo...

¿Y luego de ganar ese primer Mono Núñez usted se empezó a considerar compositora?

Claro que sí. Claro que sí. Yo soy compositora definitivamente. Y agradezco mucho que la vida y Dios me hayan dado tiempo para serlo. Yo hasta el 96 era compositora entre comillas, de coplas, de parodias... Pero ya a un nivel más grande, donde yo participara en competencia con otros, nunca. Yo ya lo imaginaba y lo ambicionaba seguramente, pero la vida mía era también mucho de familia con mis hijos.

Esto es muy gratificante. Sorprendente que la vida me haya dado tiempo para verdaderamente ser lo que yo en el fondo era: una compositora. Que haya mejores, maravilloso. Que haya peores, no me interesa ni me interesa tampoco emular ni nada. Me interesa disfrutar mucho. Agradecer, disfrutar y compartir con la gente.

¿Cree que habría diferencia si hubiera empezado a componer más joven?

La verdad es que probablemente no hubiera dicho cosas tan bien dichas. Yo creo que uno madura y se da cuenta de si eso está bien o eso está mal, está bien dicho o no está bien dicho. Empieza uno a darse cuenta y a tener cierta madurez en la composición. A veces da mucho trabajo. Otras veces salen las cosas muy fáciles. A lo mejor no estaba lista.

Luisa María Valencia

Sueño con un mundo que dimensione el valor de la palabra de los niños y las niñas. Creo en el periodismo que apuesta por un enfoque diferencial.

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