<img height="1" width="1" style="display:none" src="https://www.facebook.com/tr?id=378526515676058&amp;ev=PageView&amp;noscript=1">
Síguenos en:
Cultura | PUBLICADO EL 27 mayo 2022

B o r e a l i s

Fragmento de la más reciente novela del periodista Juan Carlos Garay. Sucede en Akiralia, un lugar legendario, y la música es protagonista.

  • B o r e a l i s
  • B o r e a l i s
  • B o r e a l i s
  • B o r e a l i s
Por Juan Carlos Garay

El hidroplano descendió de forma abrupta. Tocó la superficie del agua y de inmediato se levantaron, a lado y lado, dos chorros poderosos que superaron la altura de la carrocería y agitaron las aguas de aquella bahía. Adentro todo se estremeció. Artur Bradley, desacostumbrado, se aferró a su asiento y apretó tanto que sintió que se retorcía un tendón del antebrazo derecho.

El contacto con el mar Dulce fue amainando la velocidad. A través del panorámico y las ventanillas pudo ver cómo el piloto, con pericia, dirigía la nave hacia un estrecho. Las partes de tierra casi se tocaban. Pasaron entre unas enramadas puntiagudas que de lejos parecían tallos secos, pero que afinando la vista lucían una negrura vigorosa: todo el poder de la naturaleza agreste en la estación cálida, succionando el agua y tupiéndose, oscureciendo de a poco el firmamento.

Con la cabina despresurizada, el piloto abrió las rendijas laterales y los invadió un olor nauseabundo. Sin voltear a mirarlo, le dijo a Artur Bradley que iniciaban el último tramo del viaje, el del corredor de esteros, y que en veinte minutos arribarían al puerto. El músico sintió que se le revolvía el estómago. Sacó el pañuelo que adornaba el bolsillo de su casaca blanca y se cubrió nariz y boca. Con la mano que le quedaba libre, revisó la carta de invitación que le había llegado meses atrás. Ahí estaba todo su itinerario de actividades para los nueve días de su visita. Varias sesiones de ensayo y tres tardes completas destinadas a la grabación; las reuniones sociales, según sus instrucciones, estarían restringidas al mínimo y únicamente habría un encuentro con periodistas.

El hidroplano llegó hasta el puerto 9 y el piloto apagó el motor. Los hidroflotadores se hicieron al meneo acompasado de las ondas del agua. Bradley se abotonó la casaca y descendió despacio, mirando sus pisadas. Revisó que siguiera impecable el lustre blanco que había dado a sus zapatos esa mañana. Sentía un mareo leve.

Cuando por fin alzó la vista, al otro extremo del muelle estaba un joven que lo miraba. Vestía de traje negro, llevaba el pelo engominado hacia atrás, y tendría la mitad de sus años, o menos. El joven se acercó, entre nervioso y ceremonial, le extendió la mano y saludó:

—Bienvenido a Akiralia, maestro Bradley. Soy Mathei, de Zenith Music.

—Ah, sí, Matheisen —respondió el músico, apretándole la mano—... Su nombre estaba en la carta, sí. Tanto gusto.

—El gusto es mío. Ya encargué a un asistente para que se ocupe de sus maletas. Usted y yo nos marchamos cuando guste, rumbo a su hotel.

—Entonces vamos —dijo Bradley con voz recia, y fue guiado en una caminata larga hacia donde los esperaba una limusina.

Casi llegando al estacionamiento, volteó a mirar la zona de muelles y tuvo un panorama completo del lugar en el que estaba. Extensiones enormes de mangle negro habían sido segadas para construir nueve puertos y, más al fondo, una zona de hangares. El hidropuerto se había incrustado con violencia en la bahía, pero la naturaleza se defendía: una hierba filosa rompía el concreto que pisaban. Había grietas larguísimas que se abrían en dos y cuatro brazos, como un ejército de diminutas lanzas verdes en avanzada hacia el edificio. Aquel paisaje, en el sofoco de la tarde, le hacía pensar que el mantenimiento de los puertos debía ser constante. De lo contrario, la vegetación terminaría devorándoselo todo.

Cuando subieron a la limusina, el aire acondicionado los recibió como un alivio. Artur Bradley pensó en quitarse la casaca, pero se contuvo. Sabía que le habían sudado las axilas y la espalda y no iba a darle a su anfitrión, ni a nadie, la bochornosa visión de su camisa ensopada. Se arregló el nudo del plastrón, se peinó las sienes con las yemas de los dedos y se acomodó muy erguido. Era delgado y alto y tenía las cejas pobladas, un poco alborotadas, lo cual acentuaba su aire de artista.

Mathei se acomodó al frente, se frotó las manos y lo miró, sonriente:

—¿Estuvo bien el viaje?

—Es bastante largo, pero ya venía preparado para eso.

Lo que me impactó fue otra cosa. Al entrar a la bahía... cómo decirle... las aguas tienen un olor muy particular.

—¡Sí, señor! Sé a qué se refiere. Ha de saber usted que aquí, en el sur, están ubicadas las trilladoras de cardamomo.

Luego de que se separa la semilla, la cáscara es mezclada con agua y estiércol de avestruz y se deja para que haga su proceso de descomposición. Como la producción es descomunal, lo que usted sintió es el aroma natural de toneladas y toneladas de cáscaras pudriéndose. En esta época del mes las recogen y las llevan a los campos del norte.

—¿Y para qué?

—Para abonar las nuevas cosechas de cardamomo. Y allá, créame, el aroma es otro, porque están los hórreos donde se pone a secar la semilla. Son, haga usted de cuenta, unos campos enormes de despensas altas, y hay un viento de la tarde que pasa justo entre las rendijas. Es un perfume agradabilísimo, una cosa que lo transporta a uno a otros mundos. Nos preciamos de tener el mejor cardamomo del planeta, maestro. Va usted a probarlo en nuestros platos típicos.

La limusina partió. «Los platos típicos de Akiralia», pensó Bradley, y vinieron a su memoria varias alusiones a estos en tratados de estética y en libros de historia. Tantas veces aparecían mencionadas esas recetas, y con tanto fervor, que parecían un mito. Como la misma Akiralia, construida como apoteosis de la arquitectura urbana para asombro de todas las futuras generaciones, con sus aguas canalizadas, sus parques extensos de plantas aromáticas, sus calles exuberantes, sus grandiosos observatorios cosmológicos. Akiralia, la que siglos atrás vio florecer en sus esquinas las artes: el teatro, que celebraba como una fiesta las ocurrencias más fantásticas; la gastronomía, que era el

paraíso de los paladares; la pintura, que inventaba nuevos colores; y, entre todas las artes, la música, que se elevó a su cima más alta gracias a ese genio prodigioso de la armonía que se llamó Apogeo Borealis.

Habían pasado décadas desde que Artur Bradley se hiciera famoso por sus interpretaciones de la música de Borealis. Sus grabaciones, publicadas por el sello Lewis Records, fueron recibidas por la crítica con algo de polémica, pero con el veredicto unánime de la excelencia. De la Suite heliotrópica escribieron que estaba «interpretada con total dominio rítmico, recordándonos lo apasionada y cercana a la danza que debía ser esta música en su origen».

Y a su versión del Espectro número 3 la llamaron «original, casi tocando el límite de lo excéntrico, pero ante todo descubriendo aspectos nuevos».

Vinieron entonces invitaciones para tocar esas obras en conciertos por todo el planeta. Excepto en Akiralia, que se mantuvo muda, como si le cobrara el atrevimiento de haber emprendido interpretaciones demasiado modernas. Akiralia la imponente, la orgullosa, ignoró todos los aplausos que Bradley recibía bajo las otras cúpulas de grandes salones del espectáculo. Akiralia la intocable, la ejemplar, mantuvo su prestigio de ciudad-museo con una vida cultural selecta y, sobre todo, conservadora. Luego vinieron noticias confusas acerca de una revolución. Un velo borroso se tendió sobre ese territorio para el resto del planeta, y fueron cada vez más pocos los que salían y los que entraban. En esas circunstancias le llegó la carta de invitación a Artur Bradley, que ya tenía setenta años y una contextura frágil. La gran ironía.

Casi pegado a la ventana de la limusina, ansiaba ver por fin las edificaciones coloridas y rimbombantes que solo conocía a través de postales. Pero el vehículo parecía ir trazando la menos turística de las rutas. Todo el tiempo pasaba por callejones traseros, patios de basuras y puertas de servidumbre. La roca sólida de esas construcciones sugería unos frontispicios imponentes, pero era como pasear tras las bambalinas de un gran teatro sin asomarse a ver el lujo de su platea. De pronto la limusina cruzaba una avenida vistosa, pero lo hacía a tal velocidad que los ojos de Bradley no alcanzaban a saborear la famosa arquitectura, y volvían a hundirse otra vez en esas callejuelas estrechas cubiertas de una pátina gris.

Entre tanto, el joven Mathei intentaba atrapar su atención con una serie de detalles sobre las sesiones de grabación:

—Nuestro ingeniero de sonido ha sugerido ubicar dos micrófonos directamente frente al instrumento y tres omnidireccionales que pendan del techo. Dice él que es una manera de registrar no solo los detalles de su interpretación, sino también la acústica del lugar. Claro, todo esto si usted está de acuerdo, maestro.

—¿Qué le puedo decir? —preguntó el músico sin mirarlo—. Puede funcionar para las obras tardías, pero en las obras tempranas buscaría algo más cercano, sin mucho eco. Esas cosas las podemos resolver rápidamente con el ingeniero. Yo me quiero concentrar en la interpretación.

—Claro, maestro Bradley, por supuesto. Ahora bien, en cuanto al repertorio, ¿ya ha pensado sobre el orden en que se grabarán las obras? Zenith Music quisiera sugerirle una primera sesión para los Circulares eternos, si bien sabemos que su intención no es grabar el ciclo completo. Y luego, el segundo día, podría usted concentrarse en las piezas de madurez.

—¿Ah? Sí, puede ser —contestó de manera automática, esforzando la vista por atisbar alguna plaza, algún monumento—... Eso lo podemos decidir mañana.

Por fin, el vehículo salió a una plaza. Ahí quedaron frente a su mirada, bajo el sol naranja de la tarde, una fuente de mármol y la famosa estatua de la Orgía de los Centauros. Si bien la había apreciado muchas veces en ilustraciones, tardó en reconocerla: la plaza era tan amplia que el monumento, situado en el centro, se veía pequeño y menos majestuoso. Bradley empezaba a admirarla, la nariz pegada al vidrio de la limusina, cuando Mathei lo llamó con cierta prisa:

—Maestro, debemos entrar al hotel. Por acá, por favor.

Y lo guio con paso veloz. El músico alcanzó a alzar los ojos y ver el letrero a la entrada: Hotel Kuiper. Empezaba a apreciar la arquitectura de la fachada cuando los asustó un ruido fuerte, como un petardo, a una cuadra de distancia. Entonces corrieron. En medio de la carrera, Bradley vio que la plaza estaba cerrada para ellos, y que en cada esquina había unas vallas protectoras y cientos de personas detrás. Incluso pudo escuchar los cánticos de aquel gentío, pero en ese momento no les encontró significado alguno y los olvidó pronto.

El interior del hotel Kuiper era lujoso. Saludaba en el corredor de entrada una lámpara colgante de cristal, y luego se llegaba al lobby de paredes de mármol. Sin embargo, el espacio era pequeño. De una sola mirada se abarcaban la escalera espiral de barandas de plata, los helechos colgantes y el ascensor transparente. Bradley pidió revisar el itinerario antes de subir a su habitación, así que se dirigieron al comedor. No había mesas ocupadas. Se sentaron al fondo, en una mesa pequeña cerca de la barra.

—El día de mañana está destinado a su práctica, maestro —decía Mathei, señalando la página—. Puede hacerse en el lugar donde se llevará a cabo la grabación. Pero también, según sus instrucciones, se ha instalado un armonio en su habitación. Así que si usted quiere...

Mathei no había terminado la frase cuando un mesero se acercó con cara de urgencia y le susurró algo al oído.

—Me disculpa, por favor —dijo Mathei, levantándose—. Me dicen que tengo una llamada telefónica muy importante. Regreso en cuanto pueda.

Cuando se quedó solo, Artur Bradley suspiró. Se echó hacia atrás y apreció las cornisas del techo. Y ya su mirada paseaba por el cortinaje y buscaba enfocarse en un cuadro, cuando otro mesero se acercó con pisadas lentas. Era regordete, cincuentón, y usaba unas gafas pequeñas de marco metálico que descansaban sobre sus mejillas rojas. Bajo

el brazo llevaba uno viejos discos de acetato de vinilo.

—Maestro Bradley, disculpe mi intromisión. Quiero decirle que soy un seguidor suyo y me siento honrado de serle útil en este hotel. Mi esposa y yo lo admiramos y, quisiera, si no es molestia, pedirle su autógrafo en nuestra colección de discos.

—Sí, por supuesto —respondió Bradley, y por un instante se sintió alegre de romper cierto protocolo—. ¿Cuál es su nombre, amigo?

—Iván, señor. He seguido su carrera y nunca imaginé llegar a conocerlo. Esto que estoy haciendo no me lo permiten en el hotel, pero, bueno, usted sabe cómo somos los fanáticos.

Entonces le puso sobre la mesa los ocho, nueve, diez discos, todos de la época del éxito temprano con Lewis Records. Llevaba muchos años sin repasar esas carátulas. Ahí estaba él, joven y con esa actitud arrolladora que ya no se reconocía: en varias de las fotos aparecía con chaqueta de cuero; en una incluso llevaba gafas oscuras. Todas eran grabaciones de la obra de Borealis. Los Circulares eternos esparcidos aquí y allá, grabados en desorden según algún concepto arbitrario que él impuso a los productores en su momento, y luego los discos más comprometedores dedicados a obras mayores como la Suite heliotrópica o los Espectros. También estaba el álbum doble que incluía la Cosmodessia. De aquella interpretación en particular pensó

que le había hecho más daño que favor a la obra, por un maldito ímpetu juvenil de acentuar varias partes con trucos de ingeniería de sonido. No se sentía particularmente orgulloso de aquellos discos, pero no quiso contárselo al mesero. Simplemente le recibió la pluma y empezó a firmar las carátulas

$!B o r e a l i s
.