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¿Por qué el faraón de Urabá no será sepultado en su sarcófago?

  • En su habitación Ramsés mantenía el sarcófago en el que quería descansar eternamente, un sueño que frustró el coronavirus, pues los fallecidos por el virus deben ser cremados. FOTO ARCHIVO
    En su habitación Ramsés mantenía el sarcófago en el que quería descansar eternamente, un sueño que frustró el coronavirus, pues los fallecidos por el virus deben ser cremados. FOTO ARCHIVO
  • La familia, su penúltima esposa (hasta 2018) y sus cuatro hijos, eran la razón de vivir de Ramsés, y ellos compartían su sueño con todo orgullo y compromiso. FOTO ARCHIVO
    La familia, su penúltima esposa (hasta 2018) y sus cuatro hijos, eran la razón de vivir de Ramsés, y ellos compartían su sueño con todo orgullo y compromiso. FOTO ARCHIVO
  • Un diciembre, para una publicación del Día de los Inocentes de EL COLOMBIANO, Ramsés se vino a Medellín y tomó “posesión” de las pirámides de la avenida Oriental, ya derribadas. FOTO ARCHIVO
    Un diciembre, para una publicación del Día de los Inocentes de EL COLOMBIANO, Ramsés se vino a Medellín y tomó “posesión” de las pirámides de la avenida Oriental, ya derribadas. FOTO ARCHIVO
02 de julio de 2021
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Cuando el virus covid-19 se llevó esta semana de la vida a Ramsés Escobar Henao, notario de Chigorodó, no arrastró a la eternidad a un mortal cualquiera habitante de un pequeño municipio de Colombia en la región de Urabá, sino que se llevó a un “faraón”.

Esto, tal vez porque en la vida las personas no son lo que otros creen sino lo que ellas sienten. Ramsés, desde 2004, decidió que viviría como un faraón y la mejor forma de sentirlo fue mandar a construir un sarcófago egipcio en el que quería que descansara su cuerpo cuando muriera.

Era oriundo de Nariño, Antioquia, “un pueblo del Oriente al que la guerrilla se lo tomó las veces que le dio la gana”, dijo una vez Ramsés en un reportaje para EL COLOMBIANO. Pero un día dejó su pueblo natal y se fue a Chigorodó, donde llevaba más de veinte años como único notario y donde residía con su familia: una esposa y cuatro hijos, dos de ellos con nombres también egipcios: Mayet y Seti Keops.

La pasión por lo egipcio no fue para él una simple excentricidad, como seguramente mucha gente lo creía. Esta le llegó como herencia de su padre, quien era gomoso de esa cultura y por eso lo puso Ramsés y a su otro hijo Osiris (Dios de la redención de los muertos). Se llamaba Jorge Escobar Mesa, natural de Carolina del Príncipe, la misma tierra del cantante Juanes, y su oficio era transportar enfermos en ambulancias de un municipio a otro o hacia Medellín. Iba por carreteras muy malas y siempre decía que la muerte lo iba a sorprender en cualquier parte.

Ramsés se engomó tanto con la pasión de su progenitor, que hasta tenía atuendos de faraón en su casa: vestuario, efigies y enciclopedias. Y lo principal: su ataúd, un sarcófago fabricado por un artista local de nombre Leonardo Estrada, quien para conseguir la madera apropiada tuvo que irse a la selva chocoana a buscar un árbol caracolí que le costó $150.000, y luego lo llevó hasta Chigorodó para elaborar su obra.

Cuando esta estuvo lista y Ramsés quedó feliz, porque cabía perfecto en los 2 metros de alto por 80 cm de ancho que medía el cofre multicolor con cabeza de faraón, él hizo fabricar réplicas que repartía entre sus amigos más queridos.

En el reportaje publicado en EL COLOMBIANO titulado “El notario de Chigorodó es todo un faraón” (20017-12-16), confesó que no tenía tantas semejanzas con Ramsés II, faraón en honor a quien su padre le puso el nombre: este fue un rey aguerrido, cruel, temperamental y mujeriego, que ejerció el poder entre 1279 y 1213 antes de Cristo, mientras Escobar (a los 44 años que tenía en 2007) era una persona de buen semblante, humanitario y tal vez en lo único que se le acercó fue en que hasta su muerte tuvo seis esposas o compañeras, las dos últimas Mónica Taborda Gutiérrez, una artista plástica con quien tuvo su última hija, Mayet, y Ledys María Ramos, con quien compartió los últimos tres años.

En Chigorodó, además de notario, lo recuerdan por su bondad, por su espíritu humanitario, por estar siempre al servicio del pueblo con la mejor voluntad, e incluso por su personalidad. La oficina, en su decoración, era un espacio de culto a lo egipcio. Y en su casa, a orillas de la vía en la carretera a Urabá, tenía perros, aves y conejos, algunos con nombres egipcios como Thot, Imhotep y Renenutet.

Pero el covid-19, que arrastra en sus garras la vida de cualquiera y ya deja cerca de 4 millones de muertos en el mundo y más de 107.000 en Colombia, no iba a respetar la voluntad de un muerto. Y Ramsés, que soñó diecisiete años con ser sepultado como faraón, lo que menos pensó fue que moriría en mitad de una pandemia, atacado por un virus mortal, que entre las cosas más ignominiosas que deja es que obliga a que los muertos sean cremados y que sus familiares no tengan mucha oportunidad para hacer velaciones, actos fúnebres o despedidas pomposas.

El pasado martes 29 de junio, la enfermedad marcó el destino final de este antioqueño de quien aún, en su página de Facebook, quienes lo admiraban, le escriben mensajes de cariño y aprecio, como Juan Camilo Pérez Pérez, quien le expresó las condolencias a sus familiares y dejó un mensaje que dice: “nos deja un gran ser humano, leal, honesto y transparente”. En Twitter abundan mensajes similares.

Pese a todo, en Chigorodó le harán una despedida con honores este sábado. El acto será en el coliseo local, pero en la mesa principal no estará el sarcófago con su cuerpo adentro, como Ramsés lo soñó, sino su cofre con cenizas. Seti, uno de sus hijos, contó que su padre dejó muy triste no solo a su familia sino también a Chigorodó, donde pasó casi un tercio de su vida.

Tras este acto, la familia programó uno similar en Nariño, su pueblo natal, donde los habitantes también han pedido que les den la oportunidad de despedirlo. Luego, contó Seti, las cenizas serán llevadas al cementerio Campos de Paz, donde descansan los restos del padre, a cuyo lado se ubicará el cofre de Ramsés y se construirá una lápida o un elemento simbólico alusivo a lo egipcio.

El sarcófago, entre tanto, seguirá en la casa de Chigorodó, como un monumento al hombre que se hizo querer de un pueblo por su don de gentes y su espíritu humanitario. Estará como una pieza de museo para recordar siempre que Chigorodó fue el único pueblo del mundo que tuvo un faraón en pleno siglo XXI.

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