El mundo es un conjunto de conversaciones privadas entre miles de especies que ocurren en espacios que les pertenecen solo a ellas. Canciones que tienen lugar en frecuencias indómitas para el oído humano, consecuencia de un sistema sensorial que, en palabras de la bióloga y analista en paisajes sonoros, Sofía Medellín Becerra, es “bastante aburrido”.
Sin embargo, existe la posibilidad de escuchar detrás de la puerta, colarse en mundos íntimos y ser testigos de dichas conversaciones a través de la bioacústica —una rama de la biología que estudia los organismos que producen o perciben sonidos. Sofía se dedica a escuchar a la naturaleza, desde el canto de los pájaros hasta melodías imposibles de percibir para el oído humano como la de algunos grillos, o incluso peces.
Un día decidió escuchar a escondidas entre una nube de ruido de cosas audibles para su tesis de pregrado. Lo hizo con un detector de ultrasonido que le dio Jorge Molina —el profesor a quien más atención le ha puesto en la vida y una gran influencia en su trabajo—, cuya función es traducir frecuencias inaudibles en tiempo real. “Si un murciélago chilla, el aparato hace tac tac tac tac tac, pero tú solo lo notas ahí, porque en realidad no escuchas esa frecuencia”.
Sentada en su casa, habitaba el silencio engañoso de una noche seca cuando encendió el detector. De repente, el bosque que conservaron sus abuelos se hizo orquesta. La ausencia de sonido fue reemplazada por una multitud de canciones que se presentaban ante ella por primera vez, aunque realmente llevaran siglos siendo heredadas.
Pensó que estaba loca o que el aparato estaba roto. Prendía y aparecía un recital. Apagaba y el mundo se callaba. Se trataba de un coro, resultado de millones de años de evolución que existía en un rango superior a los 20.000 hercios que el ser humano es capaz de escuchar.
Con el tiempo aprendió a identificar el espacio que ocupaba cada pieza en la sinfonía. Así como en una orquesta los violines tienen un lugar diferente a las violas, los cornos, las flautas y los contrabajos, en la naturaleza sucede igual. “Se trata de la hipótesis del nicho acústico —propuesta por Bernie Krauze en 1987— en la que, de alguna forma, las especies nos distribuimos en el espacio acústico. Por eso no todas estamos concentradas en la misma frecuencia, sino que hay unas que están arriba, otras abajo y algunas en el medio. Cada una tiene un espacio, un momento y una frecuencia en el espectro de sonidos”.
Se concentró en una melodía que destacaba entre las demás; una serie de señales acústicas que dejaban un rastro mínimo: “Estaba segura de que era un ortóptero; saltamontes longicornios, saltamontes hoja o esperanza. Es decir, de la familia Tettigoniidae —que comprende más de 6500 especies de grandes grillos o saltamontes—. Le envié los espectrogramas y audios a varios expertos y me confirmaron que se podía tratar de un tettigónido”. Una vez confirmado el indicio, restaba encontrar a qué grillo pertenecía el canto.
Al ejercicio de escucha le siguieron dos años de expediciones al monte para capturar insectos que tuvieran las antenas más largas que el cuerpo. “Como no podía escuchar y decir: ‘¡Ah, es este!’, entonces cogía todo lo que encontraba”.
Los baños, armarios y rincones de su casa se convirtieron en hogar de acuarios de cristal en donde ponía cada insecto para ser monitoreado y descubrir quién, de todos, era el cantante desconocido. Luego de días, semanas y meses de atender conciertos inaudibles, finalmente lo identificó. “Cuando lo encontré, andaba con un acuario en el 18-3 —un bus articulado de Transmilenio— del centro al norte y del norte al centro con el intérprete rodeado de lechuga”.
Siguiendo las indicaciones del profesor Jorge Molina, le envió un ejemplar a un taxónomo. La respuesta no se hizo esperar, les confirmó que se trataba de un nuevo género para Bogotá. “Tuvimos la fortuna de poder nombrar una especie nueva. Un grillo que no podemos escuchar”, dice en medio de una sonrisa generosa.
Fascinada por el paisaje sonoro, Sofía decidió hacer un magister en Ecología en la Universidad de Bohemia del Sur, en Chequia. Quería trabajar en la estación biológica en Papúa Nueva Guinea, y aunque por diversas razones no le fue posible viajar, sí lo hicieron sus grabadoras, que regresaron con suficiente información sobre el coro del amanecer.
Se trataba de otro ejercicio de atención plena al mundo que habitamos y en el que existe, como reza un poema de Mary Oliver, “... un umbral / a la gratitud, y un silencio en el que / otra voz pueda hablar”. Sofía dedicó meses de investigación a la partitura que marca el nacimiento de los días, y que se repite religiosamente cada mañana. Un pico de actividad acústica que se hace canción cuando el sol asoma por el horizonte.
No le interesaba saber por qué cantaban los pájaros, sino la razón detrás del orden. “En mis grabaciones escuché que primero va uno, luego otro, y así sucesivamente. No se turnan, es una secuencia que se repite a diario. El primero siempre es el primero y el último siempre es el último”. La orquesta se repetía. Una estrofa daba paso a la siguiente y la melodía se incrustaba lentamente en su memoria.
Fue un trabajo extenso. “Esto fue antes de trabajar con machine learning — comúnmente conocida como inteligencia artificial—, lo que quiere decir que me tuve que sentar a escuchar todas las grabaciones del coro del amanecer durante dos meses”.
Después de graduarse, Sofía entendió que la secuencia musical se podía fisurar; entre más se alterara el bosque, más se perdía el ritmo. “Todo esto se puede correlacionar con más variables: cobertura vegetal, cambio climático, una variación en las estaciones de lluvia que hace que los árboles ya no florezcan cuando deberían, por lo que ya no hay frutas y las aves no llegan”.
La colombiana estaba frente a lo que Bernie Krause explicó en su libro La Gran Orquesta Animal de la siguiente manera: “Cuando ese equilibrio se rompe... el sonido también se distorsiona... No se trata sólo de contaminación acústica. Se trata de la desaparición de un lenguaje”. Escuchar con intención aparecía entonces como una forma de diagnosticar un ecosistema a través de las conversaciones que acontecían, las que agonizaban y aquellas que se desvanecían por completo.
Siguiendo la idea del músico, científico y naturalista estadounidense, Sofía y otros profesionales decidieron utilizar índices acústicos y modelos matemáticos para medir la composición de los paisajes sonoros desde Biodiversity Analytics; una empresa compuesta por un equipo internacional de científicos expertos en diferentes áreas de las ciencias ambientales, programación y análisis de datos que nació en 2025.
Por ejemplo, la ecoacústica puede evaluar el estado ecológico de un bosque midiendo su complejidad sonora. “Es decir, cómo se ven afectados los patrones por la presencia de una carretera o un proyecto de explotación de hidrocarburos”.
El interés en hacer proyectos que combinen biodiversidad, ciencia de datos y programación apareció en medio de una conversación con el fundador de Biodiversity Analytics, Diego Alejandro Gómez. “Hablamos sobre el estado de la bioacústica en el país, del potencial que tienen los insectos para mostrar la salud ecosistémica a través de los sonidos —y de su presencia— ya que son súper sensibles a cambios ambientales y de temperatura y dije: yo quiero ser parte de esto”.
Impulsados por la visión conjunta de descentralizar la ciencia, y haciendo uso de su conocimiento en programación, estadística, matemática, así como en física, química y bioquímica, el equipo busca contribuir a la toma de decisiones alejándose de la academia; crear nuevos empleos para recién egresados y evitar que se dediquen a escuchar la sinfonía burocrática de un call center; y hacer divulgación científica a través de redes sociales (bio.analytics en Instagram), donde se pueden escuchar varios ejemplos de bioacústica y aprender al respecto.
Después de años de escuchar la orquesta, Sofía y Diego desarrollaron un superpoder. Se trata de la capacidad de percibir frecuencias ultrasónicas. No como un ruido. Más bien como una especie de vibración proveniente del mundo de las especies que se comunican en frecuencias desconocidas para el ser humano.
Quizás es una recompensa, el susurro de un ecosistema que abandona su naturaleza privada para contar un secreto y existir a través del sonido. Una muestra privada de una canción que nadie más escucha.
Mientras los días en los que la humanidad entendía el mundo a través del canto de la naturaleza parecen lejanos, este grupo de científicos opta por escuchar. Lo hace alejado del ruido de avenidas y metrópolis que no conocen fronteras y que devoran una orquesta que, lentamente, se convierte en un rumor de tiempos pasados. Lo hace a partir de una premisa en apariencia sencilla: si el mundo siempre ha cantado, solo resta habitar el silencio hasta que se haga la orquesta.
Así como Mary Oliver escribió que “cada día / veo o escucho / algo / que más o menos / me mata / de alegría... para esto nací / para ver, para escuchar”, Sofía y sus compañeros habitan el mismo sentimiento. Quizás esa sea la tarea, prestar atención a la melodía que resiste y a la que se desvanece en un mundo que, a pesar del ruido, nunca deja de cantar.
