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  • Arcoíris, urna, arca
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Edición del mes | PUBLICADO EL 06 marzo 2022

Arcoíris, urna, arca

Carolina Sanín

Votar me parecía cursi, y durante mucho tiempo no lo hice. Cierto estado de ánimo que yo había elegido y cultivaba en mi juventud —un ritmo, un modo de hablar y de sentir la electricidad— excluía de mi vida las actividades de la participación política y las abstracciones de la representación política. Mi voluntad de individuación era feroz y dolorida. Yo creía en la conveniencia —como todavía creo, pero ya desanimadamente— de excluirme de cuanto pudiera suscitarme el deseo de pertenecer. He dicho que votar me parecía cursi, y aunque dudo de la precisión de esa palabra en este párrafo, debe de haber una razón para que la haya acariciado en la boca durante varios minutos antes de escribirla. Votar no me parecía cursi como el melodrama Qo la sobreactuación desgarrada o algunas declaraciones o algunas líricas sentimentales, sino como los musicales —que hoy me gustan, aunque todavía votar, no—. En votar y en oír cantar parlamentos sobre un escenario percibía una exaltación aturdidora y un entusiasmo enajenado. Si trato de revivir la sensación que las elecciones y los musicales me provocaban, me parece que era, primero, de vergüenza —la amenaza de que se revele de uno algo que uno cree que no está realmente o propiamente en uno— y, luego, de miedo —el peligro de confundirme y de perderme; de estar en un lugar cuyas leyes no conozco—. La vergüenza particular a la que me refiero es el sentimiento de inseguridad de la desnudez, que no corresponde tanto a la sospecha de que se te pueda ver algo que quieres ocultar como a la certeza de que la mirada del otro te vestirá con una prenda que no quieres tener encima. El miedo particular del que hablo es el que provoca la idea de embriaguez: de hacer o decir algo por lo que no quieres verte representada. De modo que las elecciones son adyacentes, dentro de mí, a la posibilidad de cantar borracha y desnuda, un acto que me da vergüenza y miedo, pero que, precisamente —contradictoriamente— podría implicar la pérdida del miedo y la vergüenza.

El ejercicio del voto —debido al anonimato y el secreto, a la indistinción entre las papeletas de los votantes, y al reemplazo, en el escrutinio, de la compleja personalidad individual por una unidad que suma— estaba asociado en mí con la posibilidad terrorífica de perder el límite y el contorno y de transformarme súbitamente en otra persona: en cualquier otra ciudadana, o en el candidato al que le confiriera el poder de representarme, es decir, de obrar por mí. Yo intuía que en el cubículo de votación tenía lugar una suplantación o una metamorfosis, y que, aunque el acto de votar se consideraba un cumplimiento del deber y una toma de consciencia con respecto a la construcción de la comunidad y al bien común, su altruismo solo era posible gracias a una embriaguez ambiciosa cuya consecuencia tenía que ser la traición.

Las elecciones están asociadas en mi imaginación con una alegría artificial que no es placer presente, deleite o júbilo, sino proyección hacia el futuro; con la alegría de la esperanza, que me parece más arrogancia que alegría, y que depende de la creencia, contraria a la evidencia, de que las cosas tienden a mejorar y lo hacen gracias al esfuerzo humano y al poder de la decisión sensata. Detrás de los ojos, cuando pienso en la alegría electoral, se me aparece la imagen del arcoíris: las banderas de todos los colores, la distribución de los colores de acuerdo con las posiciones, la figura del totalizante «espectro ideológico», que se formula a partir del espectro de la luz, etc. También aparece el arcoíris cuando pienso en los musicales, quizá por la inevitable evocación de «Over the Rainbow» cantada por Judy Garland en El Mago de Oz.

Si hablo de desnudez y embriaguez, me viene enseguida a la imaginación el patriarca Noé —el segundo Adán; el segundo primer hombre—. En el Génesis se dice que, después de haber sido elegido por Dios para construir el arca y sobreaguar el diluvio, y de haber llevado a cabo la salvación de la especie humana y las otras especies animales, Noé cultivó vides. Un día se emborrachó, y uno de sus hijos lo sorprendió desnudo en su carpa. Les informó de la escena a sus hermanos, que cubrieron la desnudez del padre con un manto, sin mirarlo. Puesto que hasta aquí me ha traído la imaginación al rastrear mi incomodidad frente a la ebriedad de la participación electoral, supongo que estoy invitándome a pensar en las elecciones en relación con el episodio del diluvio y el arca; con la elección de un salvador.

En otros textos que he escrito sobre la elección democrática de gobernantes, he contemplado las mecánicas del teatro y el cortejo —que seguro son instrumentos muy recurridos entre los teóricos de este tema, pero no lo sé, pues soy francamente iletrada—. Por una parte, he concebido las elecciones como una obra dramática reversible, cuyos espectadores tienen la experiencia o la ilusión —o la ilusión de la experiencia— de ser también autores o actores del personaje que contemplan —el gobernante y el padre común de la fraternidad electora, que es a la vez el autor y espectador de sus hijos, el pueblo que lo mira y lo elige—. Por otra parte, he pensado las elecciones como un drama matrimonial. Los candidatos son los pretendientes entre los que la nación feminizada —que puede ser Penélope, expectante del pasado desaparecido, o Turandot, vengadora heredera de traumas, o una princesa dócil— elige al compañero con el que quiere emprender una nueva vida.

En la medida en que el voto —que es una declaración de fe en el cumplimiento de una promesa— depende de la ilusión de un mundo siguiente —de un lapso de cuatro años diferentes, de un futuro que nos deje en un lugar nuevo, como si fuésemos otros—, los comicios, a la vez que bodas, son funerales —ritos de paso a la orilla ulterior—. El cubículo electoral es cámara nupcial, y la urna donde se depositan los votos es urna funeraria. Junto con el consabido vínculo histórico entre el surgimiento de la democracia participativa y el invento de la tragedia en Grecia, existe otro vínculo, más mórbido, entre la democracia representativa y el romanticismo.

Pero estaba hablando de la posibilidad de que el candidato por quien votamos sea Noé: un patriarca elegido por Dios para salvar y repoblar el mundo tras la destrucción. Quizás la analogía resulte especialmente sonora en medio del exaltado ánimo apocalíptico de estos días. Podemos imaginar que la temporada de campañas electorales es la construcción del arca, y se espera que el cuatrenio en la embarcación del gobernante sea la navegación durante el diluvio. Luego vendrá el arcoíris (como el de las banderas ideológicas y el de los musicales), que es el puente en las nubes con el que Dios promete que no volverá a haber diluvios, y después quedará el borracho desnudo y solo en su carpa.

Si seguimos con la analogía, recordaremos que, en el arca, los humanos que se salvan son los miembros de la familia del elegido. Los otros animales salvados, en cambio, no se eligen de acuerdo con su filiación; se mete en el arca una pareja de cada especie, sin que conste ningún otro criterio de selección. Y aquí venía una conexión argumental que podría haber sido ingeniosa o forzada, y en la que no vale la pena que me gaste porque sería mentira en todo caso, y por último iba a contar —y cuento— que en las próximas elecciones sí votaré, y elegiré a candidatas animalistas, pues tras su prioridad subyace una noción de igualdad radical y más salvífica que aquella otra, subsidiaria de la fraternidad entre los hombres, que conlleva la obligación de cubrir la desnudez del patriarca borracho.

Y no es verdad que yo crea que, en este momento, queramos el arca y el arcoíris, e imaginemos al gobernante como Noé. Creo que queremos del diluvio el rayo.

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