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El Cambio

Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. El cambio es el tema de este mes, el hilo conductor para celebrar que regresamos renovados.

  • Título ilustración: Deja que gane el amor, no el resentimiento / Amalia Restrepo Aguirre / @amalia.restrepo / Técnica: Digital / 2023
    Título ilustración: Deja que gane el amor, no el resentimiento / Amalia Restrepo Aguirre / @amalia.restrepo / Técnica: Digital / 2023
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    Título ilustración: Deja que gane el amor, no el resentimiento / Amalia Restrepo Aguirre / @amalia.restrepo / Técnica: Digital / 2023
Edición del mes | PUBLICADO EL 02 septiembre 2023

Cometer divorcio después de los sesenta

Algunos le dicen “divorcio gris” y sucede cada vez más a menudo. En la plenitud de su madurez, muchas mujeres deciden que el matrimonio no era para toda la vida.

Argelia Londoño*

Soy una fanática del transporte público intermunicipal, allí palpitan muchas voces y se encuentran claves del cambio cultural que protagonizamos las mujeres. Escucho atenta las conversaciones libres que flotan, de aquí para allá, por el pasillo. En la silla contigua escuché una vez a una mujer, de sesenta y pucha, que con la contundencia de una plomada en caída libre decía, como persuadiendo a una joven: “Hace cinco años vivo sola, a mí nadie me molesta, me cansé de que me manden y me griten. A esta edad no quiero que me hagan pucheros por cualquier cosa. Lo dejé, tenía, cincuenta y ocho y me dije: ‘Voy a vivir tranquila el tiempo que me queda, mucho o poquito, no quiero más cantaleta y más pelotera por todo y por nada’. Me largué antes de que me botaran como un trasto viejo. Le salí adelante” y sonrió maliciosa... Me pareció una revelación: una actitud desafiante. Algo nos dicen las mujeres sabias que resuelven caminar en soledad –de pareja– cuando la tarde se torna de color lila.

Un fin de semana almorcé con Tere, profesional exitosa, ejecutiva jubilada, para compartir el duelo de su separación. Es sabido que hay un tono de escucha empática entre amigas y nos dispusimos a la charla íntima. Tere se divorció hace dos años y su vida en pareja le dejó una historia clínica que aumentaba de folios, prescripciones médicas y tranquilizantes, con ocasión de un diagnóstico de estrés postraumático.

“Viví una relación tóxica de veinte ocho años”, dijo y se lo creo. “Me costó lágrimas, culpas y plata”. Pensé: “¿Por qué le decimos pareja (de par, de igualdad) a la vivencia de una relación de desigualdad, de malestar doloso, con un avaro afectivo, sexual –porque suelen ser polvos vencidos–, que cuenta las palabras o se las traga y las devuelve en bilis?”. La historia se me hizo conocida, en realidad se trata de historias, en plural, compartidas por muchas mujeres grandes, mayores, envejecientes. Cómo se quiera que nos llamen. ¿Cuántas? No sé, hay que preguntarle al Dane. Usted y yo conocemos algunas.

“Estoy al otro lado, reprogramando mi cerebro, como si hubiera regresado de la guerra”, dijo Tere. “Me demoré para cruzar el puente y con miedo y todo lo hice”. ¡Al fin, al fin!, dijimos y en gesto de triunfo golpeamos las copas. Al fin estaba libre de comentarios crueles disfrazados de chistes, de esa agresividad pasiva, de ese silencio tormenta que desgaja la piel, de las pullas al viento. Al fin estaba libre de cargar –literalmente– sarcasmos, de un erotismo cansado, por no decir muerto, de ese hombre indiferente de mirada oscura, de ser perfecta sin lograrlo, de ser enfermera, ama de casa, recreacionista y banquetera... “Estuve con la psicóloga, la abogada, el círculo de mujeres, la terapia neuronal para encontrar, al fin, una ventana abierta, es un camino difícil”, dijo. Creo que miraba al futuro.

A los sesenta hemos cumplido muchas tareas, personales, familiares y colectivas, quizá demasiadas: madres, esposas, amantes, abuelas, hijas, profesionales, ciudadanas, cuidadoras de otros. Hemos sido las mujeres biónicas de la modernidad. A los sesenta, incluso antes, ya no se cree en cuentos de hadas, en redenciones tardías, en una reconciliación más y vuelta a lo mismo. Con rayos de amor propio, las mujeres somos un relato permanente y mutante: las divorciadas de la llamada edad gris son retadoras: nos lanzan preguntas atropelladas y fundamentales: ¿y a esta edad, como voy yo?

Quizá a los sesenta estas mujeres, luego de atravesar el tiempo de la rabia y librar batallas en su cuerpo, como el primer y único territorio de emociones; de saltar arenas movedizas y de naufragar sin alcanzar la playa; después de treguas nocturnas y mientras sienten la derrota del deseo y esperan la muerte lenta de la piel, del tiempo consumido sin arder; se dan la oportunidad del encuentro consigo mismas y con otras, descubren que el placer tiene numerosos rostros: una tarde de lluvia, una caminata, un café con amigas, un libro, un poema, una tertulia, una piyamada, una lectura compartida, una conversación aguda sobre el presente, un trago, una vuelta al parque, un helado, un motel, una mandarina y otras mil maneras de echarse una cana al aire.

*Mujer, mayor de 70 años, socióloga feminista. Acompaña proyectos para la autonomía económica de organizaciones de mujeres emprendedoras y empresarias.

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